[Material] Imperialismo y ruptura revolucionaria

La comprensión de un fenómeno social como el imperialismo no puede darse en términos de reexposición y recopilación del material empírico existente, como acostumbran a hacer los congresos de las organizaciones revisionistas. Precisa de unas coordenadas sobre las que asentar los vínculos internos de las cosas -tanto lógica como históricamente-, que se condensan en una plataforma teórica que encontramos en la ley del valor.

Marx, en las Glosas marginales al tratado de economía política de A. Wagner, nos dice: «yo no arranco nunca de los conceptos, ni por tanto tampoco del “concepto del valor” (…) De lo que parto es de la forma social más simple en que toma el cuerpo el producto del trabajo en la sociedad actual, y ésta es la mercancía» (MEW, t. 19, p. 368-369). Una forma social de la cual parte para alcanzar el objetivo último de El capital, que es, en esencia,sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna. Con esta finalidad Marx realiza una división de su proyecto teórico. En una carta del 1858 a Lasalle se propone dividir su investigación de la siguiente manera:

«1) El capital. 2) De la propiedad de la tierra. 3) Del trabajo asalariado. 4) Del Estado. 5) Comercio internacional. 6) Mercado mundial».

De la misma forma, en la introducción a los Grundrisse vuelve a subdividir sus estudios, cuyos últimos dos puntos son, «4) Relaciones internacionales de la producción. División internacional del trabajo. Cambio internacional. Exportación e importación. Curso del cambio. 5) El mercado mundial y las crisis». (1) 

Vemos que, en el proyecto de Crítica de la economía política, Marx contempla la comprensión crítica de toda la sociedad burguesa y sus categorías, no se limita al análisis de sus categorías básicas como la mercancía, el valor o el capital. Ahora, si bien es cierto que una parte del marxismo se ha dado por satisfecho con estas categorías fundamentales para explicar toda la vida social (disposición solidaria del economicismo), no lo es menos que la izquierda modernizadora las ha dejado intactas en su crítica, limitándose a efectos de superficie (el problema es el mercado, no la producción mercantil-capitalista; todo se tuerce cuando la mercancía inunda la esfera política, etc.).

Sin embargo, para completar aquél proyecto hasta hacerlo extensivo a la comprensión de todo el entramado imperialista, encontramos tanto las bases como limitaciones en Lenin y en Marx:

a. Lenin reconoce el inicio de un nuevo estadio del desarrollo capitalista e identifica sus características esenciales. Sin embargo, no incluye una concepción de cómo el valor es producido en el proceso de producción globalizado, principalmente porque este fenómeno solo emerge más tardíamente. 

b. El nivel de abstracción en el que se mueve El capital hace intratables problemáticas de importancia central para explicar el imperialismo. Por ejemplo, Marx nos dice en el capítulo Concepto de plusvalor relativo de El capital que es posible aumentar el plustrabajo mediante la reducción del salario por debajo de su valor (social medio). Y matiza, «En este caso, el plustrabajo sólo lograría prolongarse a costa de sobrepasar sus límites normales, sólo extendería sus dominios invadiendo usurpatoriamente los reservados al tiempo de trabajo necesario. Y, aunque no negamos que este método desempeña un importante papel en el movimiento real de los salarios, queda descartado aquí, puesto que partimos de la premisa de que las mercancías, entre ellas la fuerza de trabajo, se compran y se venden por todo su valor». Además, en las causas contrarrestantes de la ley decreciente de la tasa de ganancia nos dice los siguiente sobre la reducción del salario por debajo de su valor, «Aquí sólo citaremos esto empíricamente, puesto que en realidad como tantas otras cosas que podrían aducirse en relación a esto, nada tiene que ver con el análisis general del capital, sino que se relaciona con el problema de la concurrencia, que no se estudia en esta obra. Es, sin embargo, una de las causas más importantes que contribuyen a contrarrestar la ley decreciente de la tasa de ganancia». Si llamamos a este fenómeno superexplotación, y lo situamos como central en la exportación de capital («una de las bases económicas más importantes del imperialismo», Lenin) y entre las causas de la globalización de la producción, vemos que se equivocan quienes afirman que en El capital están desarrollados todos los elementos para su extensión al comercio internacional. (2) 

Lo cual ha llevado a la desconexión entre la teoría del imperialismo de Lenin y la teoría del valor de Marx.

Existe además un consenso entre los nuevos teóricos del imperialismo, entre economistas burgueses y críticos pequeñoburgueses (Harvey, Ellen Woods…), sobre la inoperancia de la teoría de Lenin para la explicación del mundo actual. Además, la lista de subinterpretaciones es interminable. El marxismo occidental ha pasado por alto la centralidad económica y política de la división del mundo en naciones dominantes y dominadas. Por otro lado, Ellen Wood defiende que para la teoría de Lenin la existencia de formaciones no capitalistas e instrumentos pre-capitalistas de fuerza extraeconómica son esenciales. El reproche a Lenin sobre la esencialidad de formaciones no capitalistas es en realidad un reproche a Rosa Luxemburg, que en La acumulación del capital sitúa en ello el centro de su teoría del derrumbe. Sin embargo, son una circunstancia, y no un predicado, de la teoría de Lenin.

En cualquier caso, no podemos esperar encontrar en Marx y Lenin una teoría del imperialismo capaz de explicar su forma moderna completamente desarrollada, precisamente porque una teoría no anticipa fenómenos no acaecidos, sino que comprende sus relaciones internas y sus tendencias, que suponen su existencia. Sin embargo, es estrictamente necesario usar el conocimiento de la trayectoria imperialista del capitalismo de Lenin para vincular el análisis del movimiento interno del capital de Marx con la superficie de la sociedad burguesa, sus componentes y contradicciones dominantes.

Por lo tanto, para explicar el imperialismo hay que partir de leyes que son propias al del capitalismo. Están implicadas dos tendencias:

a. Los procesos de concentración (más plusvalía capitalizada) y centralización de capital (agrupación de masas crecientes de capital bajo una propiedad o control único).

b. El proceso de internacionalización del capital (a escala mundial), no solo en el ámbito comercial sino también financiero (a día de hoy productivo).

Lo cual no significa, desde luego, que se explique solo por la persecución del plusvalor (algo que se daba ya en el capitalismo clásico). Es preciso comprender el imperialismo moderno de los estados capitalistas como esfuerzo necesario, a través de la expansión económica -con su inserción en áreas extranjeras como última etapa-, para hacer frente a las dificultades de valorizar una masa de plusvalor cada vez menor, cuya reposición se obtiene asegurando la afluencia de plusvalor adicional del exterior. (3)

La participación del capital bancario incrementa estas tendencias de la formación social capitalista, siendo el capital financiero la fusión del industrial y bancario. Posibilita un extra de financiación crucial para la pugna competitiva. Sin embargo, es preciso evitar la postura que entiende la situación actual como resultado de la especulación, de un capital financiero sin base en la acumulación real que ha distorsionado un capitalismo más o menos armónico en el terreno de la producción. El no rehuir -y combatir- esa posición lleva a posturas pequeñoburguesas que enfrentan únicamente a una aristocracia financiera pretendiendo restaurar la armonía en el sector industrial (véase EH Bildu, Podemos o las CUP). (4) El imperialismo no es, ni mucho menos, una forma distinta de producción o apropiación social, sino una misma totalidad orgánica, fundada sobre la producción burguesa, en la que el capital aparece como límite para el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo humano, conduciendo a guerras, crisis y revoluciones.

Estos procesos llevan aparejados la formación de monopolio, en el sentido de conglomerados de empresas interpenetradas con bancos que abarcan la posesión de la mayoría de determinadas ramas de la producción y que llegan a extenderse a otras. Marx apuntó hacia su configuración: el capital, «no bien se siente robusto, arroja las muletas y se desplaza con arreglo a sus propias leyes. Tan pronto como comienza a sentirse a sí mismo como barrera al desarrollo, recurre a formas que, aunque parecen dar los últimos toques al dominio del capital moderando la libre competencia, al propio tiempo anuncian la disolución de aquél y del modo de producción en él fundado» (Grundrisse II, p. 168). De esta moderación de la libre competencia, y no de otra cosa, es de lo que se habla. Desde luego, las leyes internas de la producción capitalista se siguen manifestando a través de la libre competencia, y ésta no se suprime por completo en beneficio de grandes parásitos bancarios y monopolistas, que podrían fijar precios a su antojo (y variar así la forma de apropiación).

Es por eso que la centralización no acaba con la competencia, la lleva a otro nivel. La configuración de este capital, que le otorga un carácter internacionalizado, no anula su origen nacional y, por tanto, su vínculo con el Estado correspondiente. Además, la internacionalización del capital, bajo el capital monopolista y resultado de su exportación, «acentúa todavía más este divorcio completo del sector rentista respecto a la producción, imprime un sello de parasitismo a todo el país, que vive de la explotación del trabajo de varios países y colonias ultraoceánicos». (5)

Esta mundialización lleva al reparto del control y explotación de todo el territorio mundial por las potencias, lo cual implica que, la expansión exterior como recurso frente a las crisis, solo puede asumir la forma de guerra. La división del mundo por asociaciones de capitalistas y las potencias configura la base económica sobre la que éste se divide entre países dominantes y dominados, cuya omisión es un pilar del social-chovinismo de la izquierda patria.

Por tanto, cabe descartar la caracterización de Hobson en El imperialismo: un estudio (también un amplio sector del PCE/IU), que lo entendía como una opción (política) en cuanto a la forma que estaba conduciéndose el proceso de acumulación. No una fase o grado de la economía, sino una política (la preferida del capital financiero), es decir, una operación reversible. En definitiva, capital financiero, economía mundial y tensiones sobre las fuerzas productivas justifican caracterizar la situación como un nuevo estadio del capitalismo: el imperialista. (6)

Lenin, que en el original ruso utiliza el superlativo «fase suprema», recapitula y condensa todos sus rasgos definitorios: «El imperialismo surgió como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general […] cinco rasgos fundamentales siguientes, a saber: 1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este ‘capital financiero’, de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo y 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes». (7) 

La Aristocracia Obrera

Un amplio sector de la clase obrera doméstica es beneficiada por el papel parasitario de su país imperialista, así como de su posición en el interior de las diversas clases del mismo. Además, funciona como correa de transmisión de la influencia política burguesa sobre las más hondas masas obreras y proletarias. Así pues, la aristocracia obrera es la sección de la propia clase obrera que se beneficia materialmente del expolio imperialista y la superexplotación de los obreros de las naciones oprimidas y del proletariado doméstico, y no de Estados o burguesías subdesarrolladas (sí de sus materias primas y estructuras), pues la explotación económica se da únicamente en la relación capital-trabajo. (8) Todo ello sobre un conjunto de relaciones, instituciones y acuerdos que se han vuelto funcionales a la dinámica de acumulación a escala del capital global total. Y el hecho de que la burguesía, para sustentar su dominación de clase, haga concurrir a un sector de la clase obrera al reparto del pastel imperialista es significativo de la descomposición del régimen burgués, de los crecientes escollos para garantizar su recurrencia, y del papel que efectivamente ha de asumir la nueva clase revolucionaria. Sin embargo, debe matizarse que no puede identificarse con la pequeña burguesía, aunque sus condiciones de vida converjan en buena medida, precisamente por tener la aristocracia obrera en ella a una de sus clases precedentes (proletariado, vieja burocracia, pequeña burguesía y “profesión liberal”). Respecto a la génesis histórica del fenómeno y la función económica precisa en el seno de la clase, así como su relevancia actual, nos proponemos estudiarlas en próximos materiales.

El aburguesamiento del proletariado, la creación de una aristocracia de la clase obrera, posee también una dimensión política. La opresión nacional imperialista es uno de los «elementos históricos y morales» (Marx) de las diferencias salariales globales y un sine qua non del conservadurismo de la clase obrera. Este estrato de la clase tiene su expresión política, al actuar como lugartenientes de la clase burguesa en el movimiento obrero, en diferentes partidos «comunistas nacionales» después de la segunda guerra mundial (como el PCE, el PCF, el PCI, etc.), posteriormente canalizada en la izquierda parlamentaria, y en los múltiples vínculos (sindicales, funcionariales, etc.) que ha conformado para la cogestión del Estado burgués. Es la base social del oportunismo y del reformismo, que se da a expensas del resto de la clase. No puede reducirse, claro está, a una simple maquinación burguesa, a un soborno, por constituir en las metrópolis un fenómeno de masas. Es precisamente su carácter de fracción social arribista lo que constituye, atendiendo a su efectiva influencia social, la principal división en la clase obrera. Su comprensión recta es esencial para la política comunista:

«Sin haber comprendido las raíces económicas de ese fenómeno [la “aristocracia obrera”], sin haber alcanzado a ver su importancia política y social, es imposible dar el menor paso hacia la solución de las tareas prácticas del movimiento comunista y de la revolución social que se avecina». (9)

Los treinta años dorados del capitalismo (10)

Con el propósito de elaborar, en líneas generales, la comprensión de las tendencias principales del imperialismo contemporáneo nos retrotraemos a la reconstrucción europea de posguerra.

El período desde 1945 al 1970 gozó de un carácter excepcional, con un alcance limitado del bienestar, que es relativo a las posibilidades materiales absolutas, ya que debe ser compatibilizado con las exigencias de rentabilidad. El progresivo el aumento del bienestar material fue correspondiente al empeoramiento relativo de la clase obrera: relativo a las condiciones de vida de la burguesía (salario relativo) y a las posibilidades productivas ofrecidas por el desarrollo científico y técnico.

El estudio de esta coyuntura nos permite constatar que el estadio imperialista no es cíclico, encuadrándose en el marco de una tendencia de fondo: la agudización de las contradicciones del capitalismo. Se caracterizó por el recurso masivo al crédito y la economía de armamento (también estabilidad monetaria internacional), que harán posible que la reconstrucción se tome la forma de crecimiento. La guerra resolvió la cuestión de la hegemonía en favor de Estados Unidos (sin suprimir las contradicciones consustanciales a la acumulación) y la hegemonía estadounidense se plasmó institucionalmente en los acuerdos impuestos en la Conferencia de Bretton Woods de julio de 1944, con la instauración de un sistema monetario internacional subordinado al dólar, mediante el patrón dólar-oro, y un entramado intergubernamental tutelado por EEUU: FMI y su alter ego, el Banco Mundial.

Así pues, EEUU se desarrolló como la única potencia capaz de imponer el orden internacional, véase ilusoriedad del derecho internacional (a lo sumo privado). Entre 1938 y 1944 el PIB de EEUU aumentó más del doble, mientras que en Alemania (-66,3 %), Francia (-53,1 %) y Japón (-52,2 %) bajó. EEUU disponía de dos tercios de las reservas mundiales de oro. Por eso Bretton Woods impone no solo reglas sino instituciones impositivas.

Se realizaron dos propuestas para organizar el sistema monetario:

a. Plan Keynes: moneda internacional, cuyo valor determinara el oro y unos tipos de cambio fijos, gestionada por un autoridad supranacional (EEUU y Reino Unido) con competencias como las de los bancos centrales de cada país. Se dota de un mecanismo de equilibrio internacional, que instaría a controlar el movimiento internacional de capitales, precios y reservas de materias primas.

b. Plan White: dólar como moneda de referencia internacional a través de su convertibilidad al oro (tasa fija) y a las demás monedas nacionales. Todas tendrían un cambio fijo a oro a través del dólar. No ya una autoridad emisora supranacional, sino un fondo común de reservas que apoyase la estabilidad de los tipos de cambio. La reconstrucción posbélica no impondría límites a transacciones internacionales y subordinaría las políticas económicas a las pautas del fondo.

Ambos reflejan los intereses de las burguesías de Reino unido y EEUU respectivamente. Sin embargo, el plan Keynes es contrario a la lógica capitalista misma, pretendiendo «decretar» estabilidad internacional suprimiendo las pugnas interimperialistas. Fue entonces el Plan White la base de Bretton Woods.

Los acuerdos de Bretton Woods establecen:

1. La creación del FMI con los objetivos de «fomentar la cooperación monetaria internacional», «facilitar la expansión y el crecimiento equilibrado del comercio internacional», «fomentar la estabilidad cambiaria», «coadyuvar a establecer un sistema multilateral de pagos»,«infundir confianza a los países miembros poniendo a su disposición temporalmente y con las garantías adecuadas los recursos generales del fondo» (Estatutos del FMI).

2. La asignación de cuotas de acuerdo al reparto: EEUU 2.740 millones de dólares (31,25%), Reino Unido 1.300 millones de dólares (14,77%), URSS 1.200 millones de dólares (13,64%), China 550 millones de dólares (6,25%), Francia 450 millones de dólares (5,1%), etc. El poder de voto en el FMI depende directamente del reparto.

3. Instituir el dólar estadounidense como medio de pago internacional junto al oro. Se impone la libre convertibilidad de monedas para garantizar plena movilidad de capitales.

4. La Paridad fija en relación al dólar, y por tanto al oro, para el resto de monedas nacionales.

5. Función financiera del FMI, además de monetaria, de modo que pueda conceder recursos a los países en función de la cuota que hayan aportado, para que alivien sus desequilibrios en la balanza de pagos.

6. La creación del Banco Mundial de Reconstrucción y Fomento, fomentando la inversión de capital (estatutos). Este banco tendrá poca influencia en la reconstrucción de post-guerra, pues EEUU asume directamente la responsabilidad. Reorientará su actividad hacia economías subdesarrolladas, tomando relevancia en los 80 por su papel de imposición de políticas de ajuste.

Por tanto, el FMI y BM más que como reguladores son formados como instrumentos de dominación estadounidense. Por otra parte, la idea misma de una sistema monetario internacional choca directamente con la competencia interimperialista que caracteriza la economía capitalista mundial.

Reconstrucción europea

A causa de la necesidad económica (reanudar el proceso de acumulación fuente de la ganancia) y política (mitigar la conflictividad social) se constituye, en abril de 1948, la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) como «organización permanente para garantizar la aplicación de un programa de recuperación común y, en particular, para supervisar la distribución de ayuda». Ésta consiguió que el 60% del comercio intraeuropeo fuese del sector privado, elevándose al 84% en 1955 y al 89% en 1959. Por tanto, la OECE no era tanto una ayuda para la reconstrucción sino un medio de disciplinamiento de los estados europeos.

Un año después, en abril del 1949, se constituye la OTAN como instrumento para poner los ejércitos europeos bajo control americano, con su llave, el establecimiento de bases americanas permanente en Europa. La OTAN funciona así de la mano de la OECE, adquiriendo sin embargo la OTAN un protagonismo creciente y declinando la OECE, porque llegó a fijarse la OTAN como vehículo de las ayudas económicas.

En definitiva, se caracteriza por la recuperación económica y el crecimiento generalizado del conjunto de las economías desarrolladas (aunque con diferencias entre ellas). Este período se ha querido presentar como prueba de la capacidad ilimitada del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el régimen del capital. Sin embargo, las condiciones para esta huida hacia delante son extremadamente singulares. Antes de nada, fue precisa relativa estabilidad social y política interna, además de la estabilidad monetaria internacional impuesta por EEUU. Se precisaron de condiciones excepcionales de posguerra (enormes posibilidades de negocio en la reconstrucción y altas tasas de plusvalía). A lo cual se le añaden medios artificiales de crecimiento (sobreexpansión del crédito y economía de armamento).

Tendencias actuales (11)

El outsourcing durante las tres pasadas décadas es una continuación, a una vasta escala, de la eterna búsqueda del capital de nuevas fuentes de fuerza de trabajo barata dispuesta a explotación. Lo que empieza a cuenta gotas en el siglo XIX acaba por ser una marea.

La externalización global de producción manufacturada empieza en los 60-70 con el éxodo de producción de zapatos, ropa, juguetes, electrónica, etc. en países con bajos salarios, generando capitalistas comerciales como Tesco, Walmart o Carrefour. El desplazamiento de cotas de poder hacia el capital comercial incrementa la presión a los monopolios productores para recortar los acuerdos con los sindicatos y flexibilizar su fuerza de trabajo doméstica. Implica la redistribución de beneficios del capital industrial al comercial y la distribución de la recompensa de la externalización a secciones crecientemente amplias de la clase obrera mediante el abaratamiento de los precios de los bienes de consumo. Lo cual acaba por tener implicaciones en las migraciones posteriores.

La globalización “neoliberal” ha modificado la producción de todas las mercancías, incluida la fuerza de trabajo, puesto que los bienes de consumo manufacturado que reproducen la fuerza de trabajo en países imperialistas son producidos por trabajadores superexplotados en naciones de bajos salarios. La externalización permite a los capitalistas reemplazar la mejor pagada fuerza de trabajo doméstica con trabajo del Sur peor pagado, mientras baja el precio de los medios de consumo, protegiendo la bajada de salarios. Es un imperativo económico y una estrategia de la clase poseedora y sus representantes políticos para mantener la estabilidad social en sus propios países.

La globalización de la producción de insumos intermediarios y bienes finales y la globalización de la producción de fuerza de trabajo son dos dimensiones de la externalización. El carácter crecientemente global de la relación social de producción y la creciente interdependencia de trabajadores de diferentes países y continentes lleva a la unificación económica de la clase. Los imperialistas emplean el divide y vencerás, no siempre conscientemente: fuerzan a los trabajadores de países imperialistas a una competencia directa con trabajadores de países con bajos salarios, mientras usan los importes baratos producidos por el trabajo del sur para alentar el individualismo y socavar la solidaridad, encuadrado en el entramado funcional de la división esencial entre países dominantes y dominados, siendo dificultado el salto al campo de la acción política.

La globalización del capital extiende los vínculos en la cadena de producción y la creación de valor más allá de las fronteras nacionales. Sin embargo, en los datos oficiales, no contabilizar el comercio intraempresarial lleva a dificultades a la hora de contabilizar el papel de las empresas transnacionales y a subestimar la exportación de países en desarrollo. Los países en desarrollo comparten importes manufacturados con naciones imperialistas desde 1980, disparándose cuadruplicándose en tres décadas. Mientras tanto, el 67% de porcentaje total de valor añadido generado en las cadenas de valor globales son capturadas por empresas basadas en países ricos.

Las corporaciones transnacionales, la mayoría de las cuales están asentadas en países imperialistas y son poseídas por capitalistas residentes en estos países, son los conductores de la globalización de la producción. El 80% del comercio global está vinculados a las redes de producción de las empresas transnacionales. La exportación de bienes manufacturados de Sur a Norte como un todo debe entenderse no como simple comercio sino como expresión de la globalización de la producción, y ésta no como una reestructuración técnica de maquinaria y otros insumos, sino como la evolución de una relación social, aquella de explotación entre capital y trabajo. Los empleadores tienen la opción de hacer a sus empleados redundantes, cortando costes de producción, externalizando tareas individuales, esto es, movilizando funciones laborales a donde los salarios son significativamente más bajos. La compañía transnacional exitosa es la que externaliza la producción y hace ella misma lo menos posible.

Lo cual ha llevado a la formación de un proletariado global. Nos encontramos con 3,1 billones de población económicamente activa en 2006, un aumento del 63% desde 1980 (coincidiendo con la externalización masiva y reflejando el papel y peso de los asalariados del sur global). A día de hoy, el 76% de la clase obrera industrial mundial vive en países en desarrollo (el 34% en 1950 y el 53% en 1980).

Industrialización orientada a la exportación

El crecimiento del proletariado industrial del sur está altamente concentrado en un pequeño número de naciones. Lo que parece ser un cambio en el comercio entre Norte y Sur es en realidad un cambio de patrón entre los países industrializados y 24 países en desarrollo. El resto de países sigue siendo dependiente de la exportación de materias primas. Estos 24 países que han movido su base de exportación de mercancías a manufacturas incluye 8 de los diez países más poblados, 76% de la población total del sur global.

En países imperialistas como Japón las importaciones manufacturadas de países con bajos salarios pasó del 10 al 60% y en Estados Unidos del 10 al 45%. En los países en desarrollo, desde 1980, el porcentaje de exportación manufacturada como parte de la exportación total pasa en 10 años del 20% al 70%. Según el FMI, la clase obrera empleada en la manufactura orientada a la exportación en países en desarrollo se ha cuadruplicado entre 1980 y 2003.

Zonas de procesamiento de exportaciones

Las características de ZPE son la importación sin impuestos de materia prima e inputs y bienes de capital, leyes laborales flexibles, infraestructura avanzada y subsidios. Donde la mayor parte del salariado, hasta llegar al 80%, son mujeres. En 2006 empleaban a 53 millones de trabajadores en 132 países. El FMI y el BM promovieron la estrategia de la industrialización orientada a exportar porque las ZPE proveen gobiernos serviles en países con bajos salarios como medio de atraer la inversión extranjera directa y conectarlo al la cadena de valor global.

Debido a que el imperialismo está ligado a las crecientes dificultades de valorización, consecuencia de la misma acumulación del capital, cuanto más avance ésta mayores serán aquéllas dificultades y la tendencia imperialista. Por tanto, como expresa Lenin (Cap. VII),

«[…] el capitalismo solamente se convirtió en imperialismo capitalista cuando su desarrollo alcanzó un grado muy alto, cuando algunos de los rasgos fundamentales del capitalismo comenzaron a convertirse en su contrario, cuando tomaron forma y se revelaron las características de la época de transición del capitalismo a un sistema económico y social más elevado».

Y es precisamente la elaboración política consciente de aquella transición lo que se esboza en la segunda parte del material, el apartado de la ruptura revolucionaria. Mayormente esta parte gira en la crítica hacia lo viejo, ya que para la construcción de lo nuevo es necesario destruir lo viejo. Hacemos nuestra la consigna, «Es luchando contra el revisionismo como principalmente se reconstituye el Partido Comunista». (12)

Politicismo y antimonopolismo

Es preciso partir de la crítica contra las caracterizaciones erróneas, que se mueven en el plano descriptivo, del imperialismo:

La primera concepción es la politicista, que entiende al imperialismo como únicamente una política. Es decir, el capital financiero de un determinado estado puede decidir si adquiere o no una dimensión imperialista. Por lo tanto, acaba comprendiendo el imperialismo tan solo como una actitud agresiva

Realizaremos una breve ejemplificación de esta concepción y sus implicaciones. La reproducción de esta concepción politicista por Kautsky le condujo directamente a la teoría del ultraimperialismo, a saber, la vana ilusión de que con la desaparición de la competencia lo harán también los conflictos y las guerras imperialistas. Otro caso lo podemos encontrar inmediatamente después de la II Guerra Mundial con la figura del secretario general del Partido Comunista de Estados Unidos, Browder, que argumentaba que Estados Unidos no era un país imperialista debido a su naturaleza de potencia democrática que amparaba a los pueblos de la verdadera política imperialista alemana. Por tanto, partiendo de que se concibe al imperialismo como una simple política en un momento determinado se acabó negando, como así hizo Browder, la necesidad de la toma del poder por parte del proletariado y con la institución que lo hace posible, el Partido Comunista. Como último ejemplo, este reciente, podemos hablar de la posición del PCV en relación al imperialismo. (13) Se concibe -como hemos podido escuchar en repetidas ocasiones de boca de los dirigentes- que el imperialismo estadounidense es tal por su política de violencia y sometimiento. Así pues, nos encontramos con que un partido que se dice comunista dispone del mismo argumentario que aquellos que conciliaron, o concilian, con la burguesía. Cuanto menos, en relación a este último -el PCV-, Browder fue sincero asumiendo la renuncia total del marxismo-leninismo, al igual que el eurocomunismo. En síntesis, el hecho de no comprender -en su totalidad- al imperialismo significa entrar, de facto, en el terreno propio de la claudicación ante el enemigo de clase en todos los aspectos de la política.

La segunda concepción es la antimonopolista, que postula que la concentración económica hasta su conformación en monopolio puede solucionarse en el capitalismo retornando de alguna manera al capitalismo de la libre concurrencia, sin entender que la fase imperialista es irreversible y que la única dicotomía actual es: revolución socialista o barbarie imperialista. Sus versiones más sofisticadas juegan con la ambigüedad a este respecto, oponiendo al capital monopolista la nacionalización y la república (sin carácter definido de clase) como programa político.

Para clarificar esta segunda concepción nos situamos en la Francia e Italia de la posguerra. Podemos observar, mediante el estudio de las mismas, hasta donde llegan (y llegaron) las limitaciones del discurso antimonopolista. La situación en ambos países era la de un Estado -tanto el francés como el italiano- en extrema debilidad. El Partido Comunista Francés (PCF) y el Partido Comunista Italiano (PCI), ante la posición minoritaria de las diferentes fuerzas política burguesas respecto a la «comunista», no abordaron la toma de poder y la destrucción de la maquinaria del Estado burgués, sino que aplicaron una política de frente nacional con todas las fuerzas políticas existentes en los respectivos países para poder reconstruir el nuevo Estado burgués bajo un fuerte intervencionismo estatal. Es preciso sacar a colación, además, lo que dijo en su momento Maurice Thorez, secretario general del PCF: «La política que queremos imponer es la política económica en contra de los trust», invitando al proletariado a aumentar su productividad en contra de los grandes empresarios y en beneficio nacional. Aramos, dijo la mosca al buey. El final de ambos partidos no podría haber sido otro, tanto el PCF como el PCI fueron expulsados del gobierno para que pudieran ser receptores, los dos países, de la ayuda facilitada por el Plan Marshall. Por lo tanto, los dos partidos prefirieron, debido a todo el discurso antimonopolista asentado en la época de los Frentes Populares y los interés de clase que defendían, participar activamente en la recuperación del Estado burgués e intentar abarcar unas cuantas nacionalizaciones por parte de éste, beneficiando a las capas no monopolistas de la burguesía y a la conservación de su dominación.

Otro ejemplo de esta segunda concepción es el socialismo del Siglo XXI en América Latina, una zona dominada históricamente por el imperialismo y que fue, y aún continúa siendo, sacudida por el movimiento que reivindica el antiimperialismo como programa político. La labor de Chávez fue la de arrebatar a las compañías extranjeras y a la burguesía compradora (aquel sector de la burguesía vendida al imperialismo) la extracción y producción del petróleo, además del freno a los planes de estabilización económica del FMI. El significado histórico de este antiimperialismo (14) es el de dar mayores cotas de poder a sectores de la burguesía nacional para ascender y consolidarse, ganándose el apoyo de clase obrera y de los campesinos a través de su incorporación al programa de la pequeña burguesía radicalizada. La posición del marxismo, encabezada por Mariátegui, no deja lugar a dudas, «El asalto del poder por el anti-imperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuese posible, no representaría nunca la conquista del poder, por las masas proletarias, por el socialismo. La revolución socialista encontraría su más encarnizado y peligroso enemigo, -peligroso por su confusionismo, por la demagogia-, en la pequeña burguesía afirmada en el poder, ganado mediante sus voces de orden». 

¿Hace política la aristocracia obrera?

Es momento de abordar la base social de estas concepciones, es decir, la aristocracia obrera, en su aspecto político. (15)

La aristocracia obrera es una fracción de clase, imbuida por la ideología burguesa, que toma recurrentemente el envoltorio político socialdemócrata y que forma, cuando puede, tándem con los elementos defensores de los intereses pequeñoburgueses en el seno de los distintos bloques políticos, encauzando al proletariado por los senderos del seguidismo. La aparición del revisionismo a finales del siglo XIX nos da pistas acerca de que su base social se encuentra asociada, directamente, a la aristocracia obrera -y sus intereses-, encuadrada en el nuevo armazón de las relaciones económicas internacionales. Por lo tanto, que en 1914 los partidos socialistas europeos decidieran, en un acto de socialchovinismo, apoyar a sus respectivos estados en la «Gran Guerra» no fue un desvarío, sino que debe entenderse como la exigencia, el precio a pagar, por acceder a una parte -mayor o menor- del pastel imperialista. 

Los instrumentos clásicos de la aristocracia obrera son el sindicato (16) y el partido obrero burgués de viejo tipo. Lenin advertía que los sindicatos habían sido un gran paso para el proletariado, parte del movimiento de masas, pero que, por sí mismos, se estaban transformando en un elemento reaccionario. El aspecto principal de la contradicción entre organismo con carácter de masas y dirección reaccionaria era el primero; es por eso que quedaba justificada la labor comunista en su interior. A día de hoy no son organismos de masas, sino medios de encuadramiento y disciplinamiento del proletariado como clase asalariada. Algo que adquiere una mayor nitidez en el contexto posterior a la II Guerra Mundial, cuando los sindicatos, en los centros imperialistas, participan directamente en la gestión del capital, en tanto que interlocutor, agente social reconocido por la patronal y el Estado, y por tanto, como parte integral de la explotación imperialista. La definición de los sindicatos como primera escuela de lucha del proletariado, como germen de conciencia de clase y lucha de resistencia contra el capital queda ya desfasada. Una caducidad producto no solo de su gestión del capital durante décadas, sino también de su papel como socio capitalista, con unos intereses económicos corporativos definidos, que sirven como correa de transmisión de la ideología burguesa al proletariado y administración de la fuerza de trabajo -véase la cantidad de expedientes de regulación pactados con sindicatos-. El clásico partido obrero burgués de viejo tipo era, y sigue siendo, la concreción del proyecto político, en tanto que organismo, que vertebraba a las aristocracia obrera y a su movimiento de masas (con el proletariado como carne de cañón). Este, tenía el fin de gestionar -y participar- en las instancias político institucionales más elevadas (parlamento y ministerios, como por ejemplo en la Italia de Berlinguer) los interés de la aristocracia obrera. Un ejemplo notorio de su auspicio político en la actualidad es la actividad en el parlamento europeo de Podemos reivindicando la necesidad de un reparto de la riqueza justo, que España no debe ser la colonia de Alemania y un largo etc. (17) En definitiva, reivindicando que el Estado español tenga más beneficios provenientes del imperialismo y la restitución de una posición equitativa en relación a las demás potencias, más acomodada, y garantizando los beneficios tanto del sector aristocrático obrero como pequeñoburgués. 

Conclusión: el eslabón más débil

La consecuencia política más notable de este fenómeno de masas (y no de élites) y del sindicalismo moderno es que la actividad revolucionaria sólo puede darse desde la forma de conciencia proletaria, de la cual es depositaria el Partido Comunista. El principio de la revolución es revolucionario, no le cabe ser punto de llegada de procesos naturales (desde algo externo a ella). El epicentro de construcción política es la teoría revolucionaria. Así pues, la omisión de este punto de partida para el MCEe, mediante la negación del papel o la existencia de la aristocracia obrera implica, como hemos extraído a través del estudio tanto de experiencias pasadas como de la realidad existente actual, no entender la totalidad de la política -y sus entramados- burguesa e impide allanar el camino a una política verdaderamente revolucionaria, de carácter proletaria y clasista, que acabe con las clases y la expresión moderna de su antagonismo. Es más, la propia negación de la aristocracia obrera supone rechazar, o impedir, el estudio y la comprensión del imperialismo. 

Famosa es la cita de Lenin donde llama a golpear el eslabón más débil de la cadena imperialista, pero la amplia mayoría del movimiento, tanto internacional como del Estado español, no ha entendido, o extraído, sus lecciones y su núcleo revolucionario. La principal losa es la interpretación economicista de la misma, y por ende, del imperialismo en su totalidad, especialmente visible en la tergiversación con fines oportunistas del folleto de Lenin, a pesar de sus advertencias sobre el carácter insuficiente del material. (18) A causa de la represión zarista, para que el documento pudiera ver la luz, solo pudo -expresándose en un lenguaje servil- aludir oblicuamente a sus implicaciones políticas. Estas líneas del propio Lenin se perdieron en el olvido y la III Internacional acabó aceptando el punto de vista economicista. (19) Así pues, es necesario señalar que la figura del revisionismo ejemplificado en Kautsky y la II Internacional han sido fundamentales como ejes de influencia en el movimiento comunista internacional. Si bien es cierto que se realizó una ruptura orgánica a todos los niveles -muchos de ellos ideológicos-, fue insuficiente por el propio contexto en el cual se desarrolló el leninismo, ante la incapacidad por desarrollar la teoría en todos los frentes a causa de las acuciantes necesidades militantes. Y, más importante, porque el combate de estas desviaciones no es una particularidad de una de las etapas de la revolución, sino que subyace a todas y cada una de ellas.

Esta reducción económica del eslabón más débil condujo a invertir la letanía que veía en los países industrializados la cuna de la revolución, a saber, que las revoluciones serán necesariamente primero en los países más atrasados económicamente. La situación de Rusia como estado autocrático feudal, con un capitalismo y burguesía incipientes, con un alto movimiento espontáneo de las masas y la guerra que clarificó, aún más si cabe, las contradicciones existentes como parte de las condiciones objetivas, tuvieron un gran peso. Pero estos elementos no hubiesen hecho entrar, por sí mismos y de forma independiente, en juego al antagonismo político entre el proletariado y la burguesía sin el elemento subjetivo. Es decir, el eslabón más débil es aquél donde el proletariado es más fuerte, en términos ideológicos y políticos. Detrás de la Revolución de Octubre está la praxis revolucionaria el Partido Bolchevique, el primer partido comunista de nuevo tipo que es forjado como tal. Para designar lo que es un Partido Comunista no nos ceñimos a un asunto de siglas. Se trata de una realidad objetiva, esto es, la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero. Este Partido Bolchevique, formado en la ideología comunista a través de la lucha contra toda teoría burguesa hegemónica en el movimiento obrero (una lucha en todos los aspectos), que emergió como parte integral de sus combates políticos, fue solo de esta forma capaz de asentarse sobre unos fuertes y profundos vínculos con las amplias masas obreras, encaminándolas a la superación del viejo mundo mediante la construcción de un nuevo régimen social, el comunismo, haciendo cavar y avanzar obstinadamente al viejo topo de la revolución.

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(1) Para la reconstrucción de la elaboración del programa teórico de Marx son de especial interés La modificación del plan original de El capital y sus causas, de Henryk Grossmann, y Génesis y estructura de El Capital de Marx, de Roman Rosdolsky, dos autores que no por casualidad han sido relegados al olvido por la economía moderna, incluso de tradición marxista, que carece hace ya mucho tiempo del desinterés por la verdad que en esta sociedad asume consecuentemente solo el proletariado.

(2) John Smith, Imperialism in the Twenty-First Century: Globalization, Super-Exploitation, and Capitalism’s Final Crisis, Monthly Review Press, New York, 2016.

(3) Henryk Grossmann, La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI editores, México, 1979, p. 195.  

(4) Esta deriva fue fuertemente señalada ya en Conflicto de Arcelor y políticas de las clases: https://blog.frml.es/index.php/conflicto-de-arcelor-y-politicas-de-las-clases/                 

(5) Lenin, El  imperialismo, fase superior del capitalismo, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1968, p. 128.

(6) Xabier Arrizabalo, Capitalismo y economía mundial, IME, Madrid, 2014, p. 169.  Posteriormente vuelve a redefinirlo así: “definimos como imperialismo el nuevo estadio en el que entra el capitalismo desde  finales del siglo XIX, caracterizado por la constitución del capital financiero que, a través de la exportación de capitales, configura una economía mundial como tal, plasmada territorialmente en el reparto del control de las distintas regiones y países por las principales potencias capitalistas” (p. 176). Prueba de la caracterización politicista tenemos a Karl Kautsky: “El imperialismo no constituye de ninguna manera una condición económica necesaria de la acumulación capitalista”, el cuál reduce a “conquista de territorios agrarios por estados industrializados” (Die materialistische Geschichtsauffassung, 1927, t. II, p. 554, https://archive.org/stream/DieMaterialistischeGeschichtsauffassung/MaterGesch1927#page/n1465/mode/2up).

(7) Lenin, Ibid., p. 111-113.

(8) Las repercusiones de ésta en el ámbito sindical son inmensas: «la implantación social no la extrae el sindicato de su poderío ideológico, sino que sus ramificaciones funcionales en tanto que guardián del orden a través de su influencia sobre el proletariado (por lo demás, muy relativa y mermada hoy), las acopia y ejerce el sindicato a partir de su centralidad en el seno de las relaciones materiales dominantes, como fragmento social que es, más o menos amplio, de esa matriz compleja y contradictoria, donde interseccionan y coinciden dos realidades. 1ª: el fondo social de clase (la “Aristocracia” obrera) que encuentra en el sindicato su artefacto de interés, y 2ª: el polo dominante mismo de la matriz (el Capital monopolista de Estado), quien encuentra en el sindicato a su artefacto porque éste es un interlocutor reconocible para él. Y lo es, no fundamentalmente porque lo ablande o lo manipule, y ni mucho menos porque lo tomara “a su servicio” (aunque, puestos, el polo dominante en una relación siempre está en disposición de exigir sus contra-prestaciones). Sino porque el germen de clase configurador del fenómeno sindical en la época del Imperialismo -la “Aristocracia” obrera- está realmente interesada -y no por engaño o mistificación- en entenderse siempre con la abducción estatal-capitalista del producto social a escala planetaria y pelear, sobre esas bases, en la lucha por su distribución, apropiación e inversión contra Estado y Patronal. ¡Pues la infraestructura económica de su nacimiento y existencia en calidad de función profesional y administrativa de Estado y de los monopolios empresariales, y, correlativamente, en calidad de posición social, no es otra que el Imperialismo!» (Tamer Sarkis Fernández, Primero de Mayo manchado de sangre del Pueblo libio, o Sociología de la vergüenza. Vergüenza para la socialdemocracia, para los sindicatos, para su revisionista comparsa de seguidistas llena-plazas).

(9) Lenin, Ibid., p. 10.

(10) Este apartado y el que sigue está basado en Arrizabalo, Ibid., Cap. 7.

(11) Este apartado y los dos siguientes están inspirados en John Smith, Imperialism in the Twenty-First Century: Globalization, Super-Explotation, and Capitalism’s Final Crisis, Monthly Review Press, New York, 2016 y enImperialism & the Globalisation of Production (https://thenextrecession.files.wordpress.com/2012/12/imperialism-the-globalisation-of-production.pdf), del mismo autor.

(12) PCR, Octubre  y las tareas actuales de los comunistas , La Forja Nº 3, Octubre 1994.

(13)  Pedro Eusse; 1º de mayo de 2015: ampliar, fortalecer y profundizar la lucha de la clase trabajadora, Tribuna Popular, 2015: https://prensapcv.wordpress.com/2015/04/30/1o-de-mayo-de-2015-ampliar-fortalecer-y-profundizar-la-lucha-de-la-clase-trabajadora/

(13) Jose Carlos Mariategui, El punto de vista Antiimperialista, Tesis presentada a la Primera Conferencia Comunista de Latinoamericana, Montevideo,1929. Mariátegui nos advierte: «El anti-imperialismo, para nosotros, no constituye ni puede constituir, por sí solo, un programa político, un movimiento de masas apto para la conquista del poder. El anti-imperialismo, admitido que pudiese movilizar al lado de las masas obreras y campesinas, a la burguesía y pequeña burguesía nacionalistas (ya hemos negado terminantemente esta posibilidad) no anula el antagonismo entre las clases, no suprime su diferencia de intereses».

(15) Tamer Sarkis, La aristocracia obrera: génesis y bases históricas materiales de su hegemonía ideológica sobre el proletariado, Aporrea, 2012: https://www.aporrea.org/trabajadores/a137114.html

(16) PCR, El sindicalismo que viene, La Forja Nº 35, Octubre 2006

(17) Hay multiples declaraciones de este charlatán arribista como por ejemplo: Antonio Fernández Nays, No queremos ser una colonia de Alemania, BBC, 2014:http://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/05/140527_espana_entrevista_pablo_iglesias_az

(18)  Lenin, Obras escogidas en tres tomos, t. I, p. 691. 

(19) Nicos Poulantzas, Fascismo y Dictadura, la Tercera Internacional frente al fascismo, Siglo XXI, Madrid, 1986.

(20) Sobre la cuestión de la herencia del Paradigma de la Segunda Internacional: Charles Bettelheim, Lucha de Clases en la Unión Soviética, Tomo I y II, Siglo XXI, Madrid,1976. También: Colectivo Fénix, Stalin. Del marxismo al revisionismo, primera citación en el Martinete Nº18, Balance de una trayectoria , Septiembre 2004: 

http://www.nodo50.org/mai/Martinete/EM-18/Editorial18_balance.htm

El estudio al cual hacemos referencia: 

https://www.nodo50.org/mai/Documentos/Fenix/Stalin%20Del%20Marx%20al%20Revis/IndiceStalin.htm

Un pensamiento en “[Material] Imperialismo y ruptura revolucionaria”

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