[Editorial] Hilo Rojo – nº1

El Estado español ha transitado ya por las dinámicas de inserción en el régimen común de la burguesía occidental. Etapa que se vistió con el PSOE en el poder y la internacionalización de las multinacionales que antes restringían su actividad al ámbito del Estado (prácticamente todo el sector público y buena parte de las privadas). Todo ello con el complemento del apacible consenso post-Bretton Woods y el retroceso político-ideológico del comunismo. Con la generalización y consumación de la dinámica internacional de la globalización del capital monopolista español bajo el auspicio de Aznar, se coronan los intentos de la burguesía española por engrosar las filas en el concierto económico internacional imperialista.

Paralelamente a la globalización se origina un ascenso de movimientos de rechazo y de protesta en países occidentales-capitalistas, con eco en y como eco de movimiento de insubordinación en prácticamente el conjunto de territorios. Posteriormente, bajo la condensación de ciertos elementos programáticos más o menos sistematizados, entra en escena el 15M. En su forma de rechazo (al bipartidismo, sistema de financiación de partidos, corrupción, paro juvenil, etc.), quisiéralo o no, se incluía una vertiente propositiva respecto al funcionamiento estatal o al ordenamiento económico y jurídico (reforma  electoral, lucha contra la  corrupción, separación efectiva de los poderes públicos, creación de mecanismos de control ciudadano, etc.). Su carácter interclasista envuelto en el cariz generalista de sus proposiciones, su amplitud comunicativa y el protagonismo de la variable generacional hicieron concurrir a amplios estratos de la población. Pero, debido a la ausencia de porfía entre el programa del Comunismo (abanderado por un Partido Comunista) y el orden existente, el referente y el resultante de cualquier movimiento de masas ha de ser un programa burgués. En la actualidad, a pesar de la puesta en evidencia que supuso tal movimiento para las instituciones de representatividad burguesa, incluso bajo el inevitable carácter clasista de su programa, presenciamos el cierre de una ventana de oportunidad como movimiento de masas.

Podemos supo coagular muchos de los elementos programáticos y dotarlos de una plataforma político-organizativa. No hay traición, pero tampoco continuidad. La burguesía se ha desecho de una mecánica de alternancia: dos partidos y un movimiento social que no habla de política. Pero ha conseguido algo más importante para su recomposición y el afianzamiento de la estabilidad del campo social: la política ha pasado a transitar sus cauces naturales -el Estado burgués- y las masas tras ella -las correas políticas que las vinculan a los cauces naturales de la política-. A condición, eso sí, de cortar el hilo conductor de la protesta real para anudarlo fuera del espacio de influencia de la disidencia proletaria.

Es preciso retomar una máxima que ha de ser, aun viciada como lo estuvo por la herencia espontaneísta y movimentista del maoísmo, también el punto de partida de una nueva acometida proletaria: la confianza en las masas. No porque las masas, por sí mismas, vayan a ser sujeto de transformación social. Ante todo, confianza en la capacidad de la concepción del mundo proletaria para su desarrollo político como movimiento comunista, como Partido. Y, desde él, en la incorporación de las masas revolucionarias, de vanguardia, en la dimensión histórica de la lucha política por el Comunismo.

El escenario político burgués transita una situación excepcional. La calma en el mar del movimiento de masas y en la lucha económica -solo rota por eventos particulares como la lucha de los estibadores-, así como la confrontación interburguesa encuadrada en el ámbito programático, parecen anunciar una atmósfera sosegada.

¡Y una vez más… el sindicato!

Dentro de la situación política general del Estado español se encuadran también las actividades de los agentes sociales sindicales. Pero no nos centraremos en su papel de mediación obrera de la relación del capital, sino en la posición del MCEe en relación al mismo y a sus horizontes.

El sindicato pudo ser en otra época, la del movimiento obrero en ascenso, aquello que está en juego en la lucha entre burguesía y proletariado en el proceso de desencadenamiento de la revolución social.

Para la burguesía el sindicato era y debía mantenerse siendo un órgano integrado al capitalismo, un instrumento de presión sobre las masas obreras dentro del sistema existente. Reivindicaciones, presiones, negociación, todo ello participa perfectamente del orden capitalista y es utilizado por él para la regulación de la tasa de explotación y la pacificación de la conflictividad social.

Para el proletariado se trataba de transformar el sindicato, de hacerlo un instrumento de la voluntad de las masas obreras y de elaboración de su programa: un instrumento para tomar conciencia de la oposición antagónica entre esta voluntad y el estado capitalista. A su vez, para integrarlo en el proceso revolucionario bajo el todo único del partido.

En la actualidad el movimiento obrero está dividido. El sindicato no es ya un dispositivo del capital en abstracto, una vez ha vencido al proletariado en su seno y ha mitigado sus contradicciones internas. Los sindicatos han pasado a ser aparatos de encuadramiento en manos y al servicio de la aristocracia obrera. Y, debido a que la tarea principal de los comunistas en la actualidad pasa por hacer avanzar la lucha ideológica entre quienes se proponen la superación del régimen social actual frente al dominio burgués en el terreno de las ideas, el sindicato no puede ser un lugar para ello.

En tanto que la tarea histórica del proletariado es el comunismo, acabar con las clases y el estado, el sindicato no puede ser su epicentro. En el interior del sindicato no cabe lucha entre marxismo y otras corrientes del movimiento obrero. El desplazamiento del proletariado a posiciones ideológicas y políticas comunistas, y la consiguiente obtención de una magnitud social de su movimiento revolucionario, exigen que se desencadene desde lo que la clase del comunismo tiene hoy como medio para la continuidad organizada de la lucha comunista, su destacamento de vanguardia.

El sindicato es un instrumento en beneficio de unos “intereses inmediatos” que falsamente se hacen pasar por los del proletariado raso, que concurre en el sindicato únicamente como afiliado nominal, formal, sin participación efectiva en la vida sindical. Es precisamente el segmento y estrato social aristobrero el que dota de la poca vitalidad, impregnada hasta los pulmones de conservadurismo y celo corporativo, de la que goza hoy el sindicalismo.

Imponer el sindicato como la organización “natural”, la organización de “base” de los trabajadores, eso que va de soi, es la vía directa para hacer pasar por el rasero del proceso de reproducción de la fisionomía pactista y socialreformista del sindicato, vanguardia en apresar a la lucha de resistencia bajo el armazón estatal en tanto que agente social de derecho y grupo de interés, todo movimiento social. A esto se reduce el significado del nuevo descubrimiento, en materia de movilización, que creen haber realizado los sindicatos “alternativos” al buscar unirse con los movimientos sociales.

Marx señaló que “la burguesía no ve en el proletario más que al obrero”. El sindicalismo, que reproduce a su escala el pensar burgués, no ve en la clase obrera sino una categoría económica, una función del capital, capital variable y fuerza de trabajo. Cuando al sindicalista se le pregunta “¿puede ser la clase obrera hoy sujeto revolucionario?” la respuesta es: definamos primero a la clase obrera. No es, nos dirá, el clásico hombre blanco y trabajador industrial. La clase obrera es todo aquel que vende se fuerza de trabajo para sobrevivir. Y, como sobreañadido, se agregará que sí, que podría ser revolucionaria. Ni rastro del proletario, de la clase del comunismo, constituida por su lucha política. En Miseria de la filosofía leemos: “Mientras el proletariado no está aún lo suficientemente desarrollado para constituirse como clase; mientras, por consiguiente, la lucha misma del proletariado contra la burguesía no reviste todavía carácter político…”. Es decir, su constitución como clase y el carácter político de su lucha convergen.

A día de hoy, “cuando las fuerzas productivas se han desarrollado en el seno de la propia burguesía hasta el grado de dejar entrever las condiciones materiales necesarias para la emancipación del proletariado y para la edificación de una sociedad nueva”, cuando estalla el conflicto entre el desarrollo material de la producción y su forma social, las condiciones de su constitución son la existencia de su movimiento revolucionario organizado, del Partido Comunista, que dirija su actividad contra el metabolismo social del capital y, por tanto, contra sí misma como capital. El sociólogo nos hablará de las similitudes y diferencias de los obreros, de sus hábitos y costumbres. Pero no sabe nada de dos o más obreras, reunidas, discutiendo en torno al comunismo y haciendo de su política una realidad. La clase obrera como realidad política es una tarea más que un hecho.

El sindicalismo supone la abdicación política a dos niveles.

No se interesa por preguntar por los amigos y los enemigos de la revolución. Para el sindicalismo el enemigo es el patrón. No como resultado de una reflexión profunda. De hecho, en el terreno de las ideas no tiene por qué serlo. Buena parte del sindicalismo se reclama enemigo del capitalismo, lo que sea que eso signifique. Su enemigo es el patrón individual por el estrecho margen de actividad que le impone su estructuración práctica. Aunque se lo propusiera, no podría tener por enemigo al estado burgués y el sistema social moderno. Y si lo consiguiese habría dejado de ser sindicato. En la medida en que mantiene al proletariado, ya constituido tiempo ha en clase, en los confines de la lucha económica vuelta corporativa, eterniza el dominio de las condiciones de producción sobre los productores.

Como llegó a expresar genialmente el maoísmo francés, el sindicalismo no recoge el balance del fracaso de la Comuna de París, sus límites y exigencias, sino su fracaso mismo. La Comuna no atacó Versalles, no habló de desarrollar la guerra prolongada contra la burguesía. El sindicalismo, y los comunistas de retaguardia que lo avalan como medio de construcción de movimiento revolucionario, excluyen la discusión y solución, la elaboración de respuestas consecuentemente revolucionarias a los interrogantes de la revolución en nuestros días.

Para el marxismo el enemigo es la formación económico-social capitalista y todos sus baluartes de los que se vale en los distintos espacios de lucha. Para su combate requiere análisis, tareas y mediaciones propias. Pero… ¿cuál es su estado actual?

Los comunistas en nuestra realidad contemporánea

Merece la pena comprobar cuál es la situación política actual del movimiento obrero en el Estado. La lucha de clases comprende una contradicción entre los diferentes proyectos sociales de las clases que conforman la sociedad. Uno de los aspectos que debe evidenciarse en esta contradicción es el grado de afianzamiento de esta lucha por parte del proletariado y por parte de la burguesía, en otras palabras; qué clase está ganando esta guerra. La realidad desde hace bastantes años atrás se nos presenta como una derrota constante en las luchas obreras. Nuestra clase en la actualidad se está viendo despojada de una práctica ligada a una teoría revolucionaria, desde el fracaso de la conclusa ola revolucionaria el marxismo es para las grandes masas algo acabado, algo que no merece la pena recuperar y que no tiene nada que decir sobre política y transformación social.

Esta situación hace que la lucha económica y a corto plazo frente al burgués individual ponga la zancadilla a su lucha política como clase, para lo que requiere la realidad de su Partido con la toma de poder mediante el ejercicio de su dictadura revolucionaria como eje constitutivo. Y las razones del tropiezo son principalmente que las autodenominadas organizaciones comunistas están ahogadas en el seguidismo de este tipo práctica gremial. Lo que se traduce en: derrotas, derrotas y más derrotas.Y, más importante, ¡el derrota tras derrota no es seguido de un “hasta la victoria final”!

Teniendo en consideración la situación de conjunto nos preguntamos: ¿realmente, tenemos algo que celebrar? Cuando nos encontramos en el seno de una ininterrumpida guerra social, de una confrontación estratégica entre intereses históricos, debido a la forma antagónica que reviste la relación entre las clases poseedoras, la parte ociosa de la sociedad, y los desposeídos, todas nuestras acciones deben estar ligadas a la superación de esta división social clasista, es decir, a la conquista de la sociedad sin clases. No podemos caer en el error clásico del revisionismo de ver el 1º de mayo como un día de celebración, como si dispusiésemos de una tradición en la que un día cada 365 nos toque salir en bloque (¿bloque con quién? ¿para qué?) a reivindicar las prosaicas consignas de siempre. Tenemos que ensayar el 1º de mayo como un día, al igual que el resto, de lucha, y no de lucha sindical, sino de lucha revolucionaria, no de una lucha para mejorar parcialmente nuestra situación como clase, sino de lucha para acabar con las clases. Es por eso que publicamos hoy el primer número de nuestro órgano ideológico.

A fin de cuentas, camaradas, la mejor forma de recordar y continuar la lucha de todos aquellos caídos, a todas aquellas victorias y derrotas, es luchando en el presente por la abolición de la explotación en cualquiera de sus formas. ¡Ahí reside la genialidad histórica del proletariado! ¡Su lucha se encamina a acabar con todas las clases, incluso consigo mismo en tanto clase! ¡Ahí reside su potencial revolucionario! ¡Nada que perder, ni que celebrar, en el mundo creado a imagen y semejanza de la burguesía! ¡Todo por ganar en las filas de la revolución!

En la situación deplorable que nos encontramos las comunistas es palpable, y cualquier comunista sabe en mayor o menor medida que el comunismo pasa por sus horas bajas, que los casi 10 años de crisis no han provocado ningún tipo de incorporación masiva por parte del proletariado a la causa comunista. La ecuación clásica “crisis” igual a “revolución” queda superada por la fuerza de los hechos.Ante nuestra derrota no existe por parte del Movimiento Comunista una voluntad sincera de hacer autocrítica, es decir, de analizar el porqué de nuestro fracaso, histórico (en el pasado ciclo) y político (hoy).

Desde el movimiento solo vemos distintas formas de delegar responsabilidad. Se aniquila uno de los grandes principios del marxismo, el que establece que son las contradicciones internas las que hacen que entren en funcionamiento las contradicciones externas. Es decir, el principal problema no reside en que el proletariado no se incorpore, por h o por b, en masa al Movimiento Comunista, sino en que las comunistas no somos capaces de conquistarlo.

La línea que siguen la gran mayoría de las organizaciones comunistas está estrechamente ligada con las cuestiones por las que más se preocupan, con cómo jerarquizan sus prioridades. Salvo la honrosa excepción de alguna organizacion descaradamente revisionista, todas suelen coincidir, grosso modo, en que sus inquietudes pasan por la llegada al comunismo y por la revolución proletaria. No obstante, si a falta de pan, buenas son tortas, ¿cuáles son las tortas que le son buenas al revisionismo a falta de pan?

El ábanico de destacamentos comunistas que se proponen de manera inmediata la conquista de amplias masas es especialmente variopinto. De forma totalmente desesperada se observa la pretensión de lanzarse directamente a hegemonizar toda huelga o conflicto laboral, desde la premisa de que las comunistas han de estar siempre con las masas en lucha. La lógica subyacente es simple: la dirección táctica de la lucha dada es la única forma de hacer avanzar la posición estratégica del comunismo. Este es otro indicativo de la lógica desesperada, desnortada, que lleva a desestimar el análisis de la composición de clase y las posibilidades subjetivas de determinada lucha espontánea. Abjura de la exigencia de revolucionarizar a las masas, lo que exige que no sean las amplias masas y que tal proceso no se dé desde la dirección táctica sino desde la ideología.

Por otra parte, nos encontramos en 2017, bajo el signo del centenario de la histórica -una de las raras excepciones en las que la política deviene histórica- Revolución de Octubre. En mayor o menor medida, todas las organizaciones se apuntan en masa a la celebración de este acto, pero no bajo una voluntad de extraer las lecciones de la Revolución con sus existos y limitaciones, sino con el afán de aplaudir de forma acrítica y romántica, algo que no contribuye en absoluto a avanzar en la superación de la experiencia anterior. Al contrario, la oscurece en una fiesta de color rojo que reafirma el tropiezo comunista con la misma piedra. Por parte del polo más reformista del movimiento asisitmos a viejas cantinelas, al ensimismamiento por la política parlamentaria, es decir, a la búsqueda de una forma mejor, más efectiva, de gestión del estado del capital. Este sector, a pesar de que existen militantes honestos en su seno, está imbuido del oportunismo más procaz. Su falta de vergüenza es tal que llegan llamarse a sí mismos “representantes de la clase obrera en las instituciones”. Precisamente el que la proclama de “representante” de la clase se realice sin formar parte de su movimiento revolucionario, ¡sin que éste exista!, es la prueba fehaciente de la poca seriedad con la que afrontan la construcción consciente del comunismo.

Perspectivas: las verdaderas tareas de los comunistas hoy

El abanico de perspectivas es variado y diverso en función de cada organización. Hoy en día, debido a la completa dispersión del movimiento obrero, podemos encontrarnos a muchos sectores que hablan de unidad, unidad y unidad de los movimientos de luchas parciales, de movimientos comunistas y de movimientos populares en general. Esto hace que gran parte de la militancia comunista se dedique a ir tras ellos, a su retaguardia, pregonando sus proclamas sin mayor horizonte. Debemos preguntarnos: ¿es positiva o negativa esa unión?

La revolución proletaria es un movimiento del conjunto de las amplias masas populares, bajo dirección obrera, en favor de su propia liberación y de la de toda la humanidad. Es un proceso histórico que aglutina a toda una clase en contra de otra, para lo que efectivamente la unidad proletaria es necesaria. El meollo reside en que no basta con reivindicar la unidad, como si ésta fuese la fórmula secreta, por fin descubierta, de los alquimistas para transformar el plomo de la lucha espontánea en el oro de la Revolución. Debemos tener meridiano que, cuando sea posible, será una unidad bajo unos principios firmes y con unos objetivos definidos, dando por supuesta la unión del movimiento y el punto de vista de clase, el desarrollo orgánico de la acción de Partido, una vez reconstituido.

Por otro lado, la crisis política burguesa siempre hace que dentro de sectores del movimiento vean en ésta una posibilidad de alinear al proletariado bajo su línea. Estos sectores abrazan la teoria de la desestabilización. Esta teoría establece que cuanta mayor incertidumbre política más alta es la probabilidad de intervención comunista, de unificación efectiva del movimiento. En definitiva, se regala la iniciativa política al enemigo de clase, definiendo la política comunista por su relación subalterna a las contradicciones interburguesas.

Entre comunistas debe incrementarse la producción y discusión de crítica revolucionaria. A día de hoy, el único discurso aceptable sobre la clase obrera es la autocrítica de la historia y del presente del movimiento obrero organizado. Solo cabe revolucionarizarlas desde los parámetros del Partido y para servir a su movimiento político.

Quienes consideramos la Reconstitución la tarea política principal que tenemos hoy los comunistas por delante, no hacemos referencia sino al hecho de elevar la conciencia del proletariado, pero elevarla al nivel del Partido Comunista, pues es el instrumento de su propia liberación: a la altura de la nueva situación histórica y las nuevas tareas de la lucha de clases.

El Partido Comunista no se debe entender como una sigla, ni como un mero grupo de comunistas que sostienen que quieren hacer la Revolución, ni si quiera como un grupo de comunistas que está supuestamente ligado a las masas.

El Partido no es una sigla, porque eso lo reduce a una mera denominación, a un simple nombre, en el mejor caso a simple organización, cuando lo que lo caracteriza es ante todo lo que bajo dicho nombre se construye. Siglas hay hoy decenas y muchas de ellas incluyen las palabras “partido comunista”. Pero a la vista está que la relación entre el proletariado y la Revolución dista de ser aquella en la que se podría pensar si el Partido proletario de nuevo tipo fuera hoy una realidad actuante. Las masas obreras están huérfanas de un horizonte al que caminar y de una herramienta que se lo permita. No reconocer hoy esto es errar de todo punto en el análisis más básico de la realidad social. Reconocerlo, es reconocer la inexistencia del Partido.

El Partido no es un grupo de comunistas, porque los comunistas lo son ante todo en relación al cumplimiento de su papel histórico como vanguardia, y si la realidad de las masas es la horfandad a la que antes hemos hecho referencia, huelga señalar que la vanguardia no está cumpliendo con su papel, no está actuando como tal. No reconocer hoy esto es errar de todo punto en el análisis del estado actual de los comunistas. Reconocerlo, es reconocer la inexistencia del Partido.

Pero el Partido tampoco es un grupo de comunistas “ligado” orgánicamente a las masas, pues dicha ligazon no se puede reducir a “defender sus intereses sindicales” (escribiendo un comunicado de apoyo a tal o cual lucha, acompañándolas en sus huelgas o manifestaciones o incluso creando sindicatos desde las supuestas siglas comunistas). Los comunistas que hoy están ligados a las masas lo están o bien en relación al sindicalismo o bien en relación al parlamentarismo (o a ambas). Es decir, que la relación que se da entre las masas y los comunistas no es una relación revolucionaria, esto es, que dicha ligazon no se da con una perspectiva comunista constatable en el pensar, el hacer y el organizarse de las masas -sus vínculos ideológicos y políticos en movimiento hacia el comunismo-. Sino que simplemente se limitan a secundar las luchas de las masas desde el  marco que el propio capitalismo ofrece. Una lucha para la cual las masas no necesitan comunistas (1), ¡elaboran jefes de barricada y estructuras organizativas nada desdeñables por sí mismas! Sin embargo… para su lucha comunista, revolucionaria, ¡son como agua de mayo, nadie más apropiado ni más imprescindible! ¡Y es para asumir esta impostergable tarea precisamente para la que las comunistas no están dispuestas a dejarse la piel! Esto es así y décadas de práctica reiterativa en esta dirección confirman que la relación que de facto se desarrolla entre tales comunistas y las masas no tiene nada que ver con aquella en la que cabría pensar si el Partido Comunista estuviera vertebrando la acción de la clase en relación al resto de clases.

Porque… ¿cuáles son los resultados que ha dado esta política? ¿Acaso las masas hoy están más cerca que hace, por ejemplo, 20 años, de la Revolución? Desde luego, nadie en su sano juicio podría afirmar esto. De hecho, las masas se encuentran hoy más atrasadas, más descactivadas, más ligadas a las posiciones de la burguesía, más atomizadas y más enfrentadas que hace 20 años. Entonces, ¿de qué sirve esa línea que algunos supuestos comunistas se empeñan en mantener fracaso tras fracaso? ¿hasta cuándo nuestra clase va a seguir sufriendo la impotencia de aquellos que en nombre de “ligarse a las masas” se dedican a denfender el reformismo más abierto? Ligarse a las masas es una necesidad, la cuestión es que en lo que a día de hoy se ha concretado, bajo la línea del conjunto del revisionismo, no ha conducido a las mismas más que al estrepitoso fracaso y a los comunistas al más oscuro olvido. No reconocer hoy esto es errar de todo punto en el análisis actual de la relación entre los comunistas y las masas. Reconocerlo, es reconocer la inexistencia del Partido.

Entonces, ¿qué es el Partido Comunista?

Nosotras, entendemos que el Partido Comunista es el vínculo ideológico, político y organizativo indisoluble  del proletariado con sus tareas históricas como clase revolucionaria. Hace entrar a la política en el curso de la historia.

Y es en esa relación donde juegan un papel determinante las comunistas, la vanguardia. Pues son ellas quienes posibilitan la existencia y desarrollo de dicha ligazón a modo de relación social que construye efectivamente un proceso revolucionario encaminado hacia una sociedad comunista.

Las masas por sí solas no caminan hacia el comunismo, aunque sea su aspiración más profunda. Precisan de la dirección de aquellas que son conscientes de que la tarea del proletariado es la Revolución. Y dicha consciencia se concreta en que la vanguardia se ponga al servicio más absoluto del proletariado, esto es, que entregue todos sus esfuerzos a la toma de consciencia de la clase obrera de su papel histórico. Ante todo de las dificultades para desempeñarlo: es preciso poner sobre la mesa que la ideología no viene dada, que la política es inexistente y la organización artesanal.

El revisionismo de todo tipo ha reducido el marxismo a un método de análisis. Marx desentrañó los secretos de la sociedad moderna, ¡nada que ver con los communards, los bolcheviques, los guardias rojos…! A lo sumo, hacen de la política comunista algo que se reduce a y se agota en el antagonismo. Pero el punto de vista de clase que dirige la política no es una herramienta táctica en la lucha de clases, un instrumento que se extenúe en el combate contra el poder estatal burgués en todas sus formas. La política marxista es la materialidad del proceso de emancipación humana.Y se define no por un contra, sino por su relación positiva de edificación, del lado de la clase obrera revolucionaria y de las amplias masas, de las formas proletarias de ejercicio la dictadura de clase, como avance del modo de vida comunista, embrión y base de apoyo de la sociedad sin clases.

Para ello, lo cual es hoy tarea y no realidad, deben establecerse los ejes definitorios de la identidad política del proletariado. Estos ejes son orgánicamente correlativos, y avanzan de la mano cuando la contradicción proletariado / burguesía es asumida conscientemente por el primero. En primer término, la relación de la clase consigo misma, su unidad como movimiento revolucionario en la lucha de clases bajo la forma partido de nuevo tipo. Relación, asimismo, con las masas populares de las que el partido es núcleo dirigente desde la movilización política que posibilita el Programa. Y, en último término, relación política antagonista con su enemigo de clase, la burguesía y su viejo estado, la cual es una realidad desde el momento mismo de reconstitución del partido.

El camino es largo, pero conocerlo y comenzar a andar en la dirección correcta no es simplemente el primer paso en el escarpado camino de la Revolución, sino que nos sitúa en un punto de partida radicalmente distinto al que llevamos anclados los comunistas desde hace varias décadas, supone avanzar el grueso del recorrido del mismo.

¡Hacer de los interrogantes de la revolución el orden del día de las comunistas!
¡Viva la política marxista!
¡Por la reconstitución del Partido Comunista!

(1) No debe extraerse de aquí la errada idea de que los cuadros comunistas solo deben capacitarse en labores ajenas al funcionar de la esponteneidad de las masas. Muy al contrario, para nosotras solo merece el calificativo de cuadro de vanguardia el camarada que se ha capacitado omnímodamente para ejercer cualquier tarea que la revolución requiera. Las masas ciertamente no precisan comunistas en su espontaneidad, pero los comunistas sí precisan tener la capacidad de mediar en dicha espontaneidad: elevarla, dirigirla, transformarla.

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