Acomodarse a lo que hay para no hacer nada

Banderas, cánticos y consignas abrían el acto de lo que prometía ser una demostración de fuerza del “Partido Comunista”, aquel cuya militancia se despierta junto al trabajador en la fábrica, en las frías mañanas para estar a pie del cañón y luchar para resistir los envites de los patrones (!) contra la clase obrera en sus puestos de trabajo… sin advertir que, simplemente, sin plantear un verdadero proyecto revolucionario, activo y consciente, no están haciendo absolutamente nada, más allá de lanzar y quemar a su militancia a lo que ha habido siempre en este Estado en el ámbito de lucha y que se ha mostrado agotado. La lucha sindical espontánea, para la reproducción de sus condiciones de miseria.

El pasado día 24 de enero tuvo lugar en Madrid un mitin organizado por el Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) y los Colectivos de Jóvenes Comunistas (CJC), su órgano juvenil. El evento se desarrolló bajo la consigna “unificar luchas para conquistar victorias” y contó con la participación de varias personalidades que ofrecieron una “puesta al día” de los diferentes conflictos laborales y sindicales a nivel estatal.

Entre el público, era notable la numerosa presencia de jóvenes y adultas que en su mayoría provenían de la propia organización o de los CUO (Comités de Unidad Obrera) y FOPS (Frente Obrero Por el Socialismo). Sin embargo, como bien pudimos comprobar personalmente, algunas de ellas con nula o escasa idea previa del contenido y mensaje del evento al que iban a asistir.

Como no era de extrañar, lejos de dar un discurso revolucionario, por mucho “pique a quien le pique partido bolchevique” que se grite, las intervenciones de las distintas personalidades que tomaron parte en el acto estuvieron centradas en el mero sindicalismo, haciendo alardes de las supuestas “victorias” que habían obtenido tras meses y meses de lucha. Incluso, se han llegado a oír llamativas peroratas contra los políticos y sólo los políticos por parte de sus ponentes de las luchas parciales (lo cual apunta más a un discurso 15M que a un discurso propio de unas masas formadas al calor del que pretende ser el “PC”), y otras afirmando que sólo el sindicalismo y “la asamblea como órgano soberano de lucha” les llevará a la victoria… para poder mantener sus puestos de trabajo y sus salarios, sin ninguna trascendencia política en el enfrentamiento contra el Estado burgués más allá de lo inmediato. Evidentemente, cuando ese mismo ponente no se cansaba en afirmar que su lucha adquirió un carácter político, no estaba mintiendo. Las luchas económicas también pueden adquirir ese carácter, pero no un carácter político revolucionario de enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía, asumiendo éste su deber histórico. Sólo tendrán carácter reformista en los marcos estrictamente económicos (digna de mención resulta su dicotomía economicista obrero-patrón, frente a la contradicción política proletariado-burguesía), bajo una conciencia obrera aburguesada y alienada (propia de la aristocracia obrera, que ellos no reconocen como existente, o de la pequeña burguesía), y que no aspira a destruir ni superar los marcos que producen y reproducen su miseria. ¡Incluso en medio de manifestaciones corrigen que se lucha contra el patrón mientras otros cantan contra la burguesía! Sin embargo, estamos de nuevo frente al común problema de una mala concepción de lo que significa ser comunista y desarrollar la revolución. Y es que las mejoras salariales, la paralización de los ERE, etc, no constituyen un logro para la emancipación proletaria. Las luchas parciales no nos llevan a destruir la condición de la explotación, si no a dar vueltas y vueltas sobre la misma sin saltar a un plano superior a través de la destrucción del capitalismo para poder crear un nuevo mundo bajo un nuevo modo de producción, el comunismo, en el que la explotación no sea posible. Evidentemente, esto es mejor que nada… si hablamos en abstracto y para lo más inmediato. Pero si lo que pretendemos es realizar la revolución y subvertir lo que hay, hablar de ella no puede quedar más que en palabrería. Esto puede terminar por quemar a las masas y hacer que terminen aceptando discursos muy peligrosos, como el discurso de los sectores fascistas de la sociedad.

Sin embargo, si se hubiese quedado en eso, en una mera reunión de líderes sindicales, el acto hubiese sido cuanto menos correcto. Sin embargo, hacia el final del mitin, Sócrates Fernández y Carmelo Suárez dieron la tonada con un discurso completamente alejado de lo que los líderes sindicales reflejaban (… o quizá no del todo). Para empezar, Sócrates Fernández, secretario general de los CJC, afirmó que estaban planteando un “ambicioso plan de formación de cuadros”. Teniendo en cuenta que ellos esperan a una crisis revolucionaria a raíz de la crisis económica, y que el Estado español está en plena salida de la misma, ¿no es un poco tarde para empezar a generar cuadros dirigentes? La cuestión de la formación de cuadros no es una cuestión táctica, ni puede ser supeditada a la táctica, es una cuestión de estrategia que se debe mantener de un modo permanente en función de las condiciones del momento (es decir, los contenidos de formación varían en función del desarrollo revolucionario, y hoy, en condiciones de reconstitución del PC y sin guerras a la vista, debe primar lo teórico frente a lo práctico, y hablamos de práctica revolucionaria). Diría Lenin: “¡Estudiar, estudiar, estudiar! Y asegurarse de que lo estudiado no quede en letra muerta”. Luego nos encontramos con un encendido discurso de Carmelo Suárez, el secretario general del PCPE, que pese a toda la palabrería revolucionaria, sobre lo subjetivo y la lucha ideológica contra la burguesía, no plantea (lo que resulta desesperante) absolutamente nada que no sea la eterna táctica de la acumulación de fuerzas pacífica en sus órganos sindicales en el marco del capitalismo. Como diría Rosa Luxemburgo contra Kautsky, y Lenin espiritualmente lo asumiría en la realización de Octubre, si van a esperar a que se produzcan las condiciones objetivas, esperarán siempre. Han salido de la “estrategia” frentepopulista para desarrollar otra igual de inoperante. Por tanto, hay que plantear una táctica-plan frente a la táctica-proceso, y trabajar las condiciones subjetivas, un PC que no existe. La acumulación de fuerzas (e incluso las luchas parciales de modo circunstancial y secundario) deben realizarse, claro está, pero entendida dentro de un proceso revolucionario activo en base a una práctica consciente que se enfrente al Estado por el poder político en base al Nuevo Poder, y no fuera del proceso, esperando a que una insurrección surja de la nada. Además, el propio partido llegó a autodenominarse “el Partido de la clase obrera”. Aquí, salta a la vista la errónea visión que tiene el PCPE sobre la noción del Partido Leninista de Nuevo Tipo, ya que éste es una relación social contradictoria entre la vanguardia y las masas en base a muy diversas mediaciones entre ellas. El PC es la fusión de la teoría revolucionaria y la práctica revolucionaria. Y si un partido (u organización) de vanguardia no es capaz de hacerse valer con su propia teoría sobre las masas para la realización de la revolución e ir más allá de una práctica sindical y promesas propias del cretinismo parlamentario que ya han sido ampliamente tratadas, no puede ser el PC por mucho que lo cante. Esta clase de errores es habitual en una organización que entiende el socialismo como un desarrollo sistemático de las fuerzas productivas, y no como una necesidad histórica que tiene la clase trabajadora para hacer frente al capitalismo.

Por si esto no fuera poco, el PCPE y los CJC no dejan de sorprendernos con su más que chocante folklorismo soviético. Lejos de concebir las manifestaciones de cultura como algo temporal, inherentes a la propia transformación dialéctica de la Historia, no faltaron ni las canciones populares ni los ya ampliamente conocidos desfiles de banderas. Su forma de entender nuestro pasado revolucionario se reduce a verlo como algo muerto que recordar, y no como algo vivo de lo que hay que estudiar y criticar para hallar lo mejor de él, y crear una nueva ofensiva revolucionaria.

Somos conscientes de los casos denunciados de machismo dentro de las CJC, y de la cantidad de militantes que han salido o están descontentas con la organización debido a este problema endémico. Uno de nuestros camaradas denunció la actitud machista de algunos de los militantes de las CJC que estaban en el acto, y sabemos que no es un caso aislado. Tenemos que reconocer que la vanguardia también es un aspecto que contiene contradicciones dentro de sí, y puede cometer errores. El problema es que no podemos separar mecánicamente el problema de la cuestión de la mujer y relegarlo a la llegada del socialismo, como el socialismo soviético clásico ha pretendido históricamente, que mágicamente todo eso desaparezca con la transformación económica. La vanguardia somos el sector avanzado de la clase obrera, su forma potencial futura, y si pretendemos serlo tenemos que combatir estos errores en nosotros mismos incluso ahora en los marcos del capitalismo, pues si no, podemos caer en el campo de la reacción. Resulta cuanto menos grave escuchar algunas de las denuncias, en las que se muestra claramente como las CJC y el PCPE no pretenden luchar contra los problemas de machismo en el seno de su organización.

Como conclusión, cabe señalar el gran homenaje que le rindieron a la tergiversación de la táctica revolucionaria marxista-leninista al enarbolar la bandera del unionismo abstracto sin crítica y autocrítica. Y es que el proletariado avanzado debe unirse, sí, pero bajo la lucha interna en torno a un Partido Revolucionario dirigido por la teoría de vanguardia, algo a lo que el PCPE no es capaz de responder. Esperamos lo mejor de su militancia de base, pero sus burócratas superiores demuestran cada vez más que no están por la labor de realizar la revolución.

[ÍNDICE] La Cuña Roja, Enero 2015

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ÍNDICE

Post Scriptum

Reformemos, ¿Así se puede?

Hace más de un siglo, en el seno que los primeros continuadores de la obra que Marx y Engels habían iniciado se abrió la polémica. ¿No era posible llegar al socialismo poco a poco? ¿No era posible llegar a resolver el conflicto de clases ganando una mayoría en el parlamento?

A los defensores de que no era necesario subvertir todo el orden social existente de manera violenta se les llamó revisionistas, siendo Eduard Bernstein la personalidad mas destacada. La etiqueta aún hoy sigue confundiendo a muchos comunistas, que no terminan de entender su significado.

¿Acaso los comunistas no pueden revisar las ideas sobre las que se basa su praxis? ¿Acaso Marx era un profeta y nosotros somos simplemente fieles? Engels fue muy claro hace ya más de un siglo, cuando respondiendo a una carta del revolucionario ruso Plejánov dijo “Ante todo le ruego que deje de llamarme ´maestro´. Yo me llamo simplemente Engels”.

El revisionismo no es pernicioso por cuestionar las bases sobre las que se alza nuestro análisis de la realidad, es pernicioso porque precisamente no analiza esa realidad de manera materialista. Porque responde a otros intereses distintos a los de la transformación revolucionaria de la realidad.

En aquellos tiempos la pugna, que era entre revisionistas y socialdemócratas, hoy se traduce entre reformistas y comunistas. Aún hoy seguimos empleando el término revisionista, pero solemos emplearlo para los que se reclaman falsamente comunistas. Los que eran revisionistas en aquel momento dejaron mayormente de reclamarse comunistas gracias al triunfo de los bolcheviques, gracias al desarrollo de la III Internacional tras la bancarrota socialchovinista de la II Internacional.

El reformismo hoy aún tiene momentos en los que vuelve al pasado, en los que se acuerda de Marx, de Lenin, de Gramsci… pero no se trata de ningún interés revolucionario. No se trata de “adaptarse a las condiciones concretas” para la lucha revolucionaria del proletariado. Sino al contrario, de adoptar del marxismo lo que pueda servir a los intereses de la aristocracia obrera en su lucha por conseguir tener mayor peso en el Estado burgués.

Debemos desterrar ya algunas ideas que continuamente se repiten, por parte de algunos que han perdido la memoria (siendo generosos). No deja de ser sorprendente que algunos de los mayores defensores a capa y espada de Podemos sean antiguos comunistas (incluso algunos siguen creyendo compatible una cosa y la otra).

El hambre y la lucha contra el hambre

El año pasado la Fundación FOESSA, relacionada con Cáritas, publicó un informe de cerca de 700 páginas sobre la situación social en el Estado. El informe concluye de su análisis y más en concreto sobre los sectores peor parados en la realidad del capitalismo lo siguiente:

De la extensión de la precariedad social que trajo consigo en un primer momento la destrucción de empleo hemos pasado a la intensificación de los procesos de exclusión: la exclusión severa se ha incrementado en un 82,6% y afecta ya a 5 millones de personas en España.

El informe muestra una situación social no simplemente crítica para un sector cada vez más amplio de la sociedad, sino también una tendencia al empeoramiento que continúa en la actualidad.

No se trata del único informe social existente, igualmente en 2014 se presentó un informe de Save the Children, en el que se afirma lo siguiente:

En España, el 29,9% de los niños y niñas viven bajo el umbral de pobreza relativa.

Y además se añadía:

En España, el 33,8% de los niños y niñas viven en riesgo de pobreza o exclusión social.

Con ello el Eurostat nos situaba en segundo lugar, solo superados por Rumanía, entre los estados en los que más niños viven bajo el umbral de la pobreza relativa.

Nadie puede dudar del empeoramiento de las condiciones generales de vida, especialmente en algunos sectores sociales. Mucha gente precisa ayuda para poder tener algo que llevarse a la boca a diario. Pero ante esta situación social, no podemos dejarnos llevar por la simple empatía espontánea, no podemos caer en pensar que lo único en lo que debemos pensar es en dar de comer a esa gente que pasa hambre.

La caridad es parte integrante del problema de la pobreza, no es solución. El hambre existirá siempre en un mundo donde impera el capitalismo, donde impera el imperialismo. La caridad jamás podrá solucionar el problema, porque el problema no es realmente el hambre, sino el sistema social que la causa. Y es el mismo sistema social que causa el hambre el que también fomenta la caridad. Cada cierto tiempo se nos presenta una noticia del estilo “millonario dona XX millones a una organización benéfica”. ¿Nadie se ha planteado que en ese titular lo negativo supera a lo positivo? ¿Nadie se ha planteado que la existencia de millonarios es la causa de la pobreza?

Frente al horizonte de una renovación de los partidos burgueses en el parlamento suenan muchas voces que dicen “pero por lo menos la gente que pasa hambre…”. Esperando que bueno, quizá no nos traiga Podemos un régimen con banderas rojas, hoces y martillos, pero ¡la gente dejará de pasar hambre! Como si los que no apoyamos el reformismo en realidad solo nos importe revivir ese sentimiento de romanticismo soviético, de volver atrás a tiempos que no vivimos en lugar de construir los tiempos que debemos vivir.

A los comunistas no nos valen las reformas, no por un sentimiento romántico, no por pensar que las reformas no son posibles, sino porque tenemos muy claro que lo que hoy se otorga como concesión, mañana se retira en forma de recortes. Porque las concesiones de la burguesía tienen fecha de caducidad, porque como decía el pueblo ruso revolucionario, “salvo el Poder todo es ilusión” (y no se confunda Poder con ganar elecciones).

Pero por otra parte, los comunistas no nos negamos a las reformas, no estamos a priori en contra de ellas por “principios”. Los comunistas valoramos en cada momento la utilidad táctica que podría tener una reforma, y en base a ello decidimos si la apoyamos o no.

Hoy en día los comunistas pintamos bien poco en la sociedad, cuanto antes nos demos cuenta de ello antes podremos ponerle solución. Debemos hacernos a nosotros mismos la primera crítica despiadada.

¿Qué sentido tiene valorar por nuestra parte las supuestas reformas que podría hacer Podemos, si a todas luces van a servir para calmar la situación social? ¿Acaso es posible en la situación actual que una lucha por alguna reforma sea encabezada por los comunistas? ¿Acaso es posible que la influencia de los comunistas hoy transforme una lucha por cambiar algo dentro del sistema capitalista en una lucha revolucionaria, refuerce el espíritu de lucha y la organización de la clase?

Lo único que los comunistas estamos haciendo hoy en día respecto al reformismo es apoyarlo, creyendonos que nuestras ideas significan algo cuando realmente son una anécdota y defendiendo las ilusiones ingenuas de que con ello se está germinando la semilla de alguna revolución futura.

Reforma o revolución

Aquellos que antes eran comunistas y ahora aún no saben lo que son, suelen referirse a su apoyo de Podemos desde el punto de vista de que quizá no sea revolucionario Podemos, pero que servirá en un futuro para crear las condiciones necesarias para la revolución.

Desde luego, tonto el que no se consuela. Arriba hemos dicho que los comunistas no nos negamos tajantemente a defender las reformas. Sino que analizamos en cada momento lo que significan dentro de un plan revolucionario definido. Igualmente que no nos negamos dogmáticamente, tampoco podemos caer en defender cualquier reforma a cualquier precio.

Nadie duda de que todas las reformas podrían traer mejoras en las condiciones de vida de la clase obrera de manera inmediata. Pero tampoco se debería dudar de que las mejoras inmediatas y la limitación a ellas es también el camino a perpetuar la dictadura de la burguesía como clase.

La lucha reformista es el camino más sencillo para sofocar el espíritu de lucha espontáneo, es la vía a reintegrar cualquier conflicto social en el marco político del propio sistema. Ahí sin duda deberíamos felicitar a la dirección de Podemos, por haber sabido analizar tan bien la realidad a la hora de conseguir la reintegración del estallido de espontaneidad iniciado con el 15M. Indignaos, pero dentro de estos límites.

La lucha reformista, incluso suponiendo que la burguesía no va a ceder ni la más mísera reforma, no va a llevar mágicamente a la lucha revolucionaria del proletariado. Faltan las condiciones subjetivas, falta la conciencia revolucionaria.

Aquí también merece la pena aclarar que esa cosa que todo el mundo repite, “hay que crear conciencia de clase”. ¿Qué es eso de conciencia de clase? No, darse cuenta de que el capitalismo es malo no es conciencia de clase. Rechazar las consecuencias del capitalismo tampoco es conciencia de clase. Y saber que el problema es el capitalismo, no, tampoco es conciencia de clase. La conciencia de clase es la comprensión de las condiciones para terminar con el capitalismo, para la emancipación de la humanidad. En resumen, no llega con rechazar el capitalismo, hay que comprender y abrazar la solución, hay que abrazar y defender la lucha por el socialismo, por la Revolución.

¿Quién está creando verdaderamente conciencia de clase?

Recordemos hoy a Rosa Luxemburgo

Quienes creen hoy que Podemos va a solucionar los problemas del trabajo de los comunistas y que nos van a facilitar el trabajo deberían recordar que fue bajo un gobierno socialdemócrata cuando se fusiló a Rosa Luxemburgo, a Karl Liebknecht y a muchísimos más comunistas anónimos.

Para bien Rosa nos dejó entre su legado una de las primeras críticas desarrolladas al reformismo burgués. Aunque hay cosas que en las palabras de Rosa deberían puntualizarse hoy, nos parece importante destacar brevemente algunos fragmentos de su obra archiconocida. Recordemos que debemos entender que a la hora de hablar de “revisionismo” es comparable hoy al reformismo y a la hora de hablar de “socialdemocracia” lo traducimos por comunismo.

Contradicciones capitalistas

El socialismo no surge automáticamente y bajo cualquier circunstancia de la lucha cotidiana de la clase obrera, sino que sólo puede ser consecuencia de las cada vez más agudas contradicciones de la economía capitalista y del convencimiento, por parte de la clase obrera, de la necesidad de superar tales contradicciones a través de una revolución social. Si se niega lo primero y se rechaza lo segundo, como hace el revisionismo, el movimiento obrero se ve reducido a mero sindicalismo y reformismo, lo que, por su propia dinámica, acaba en última instancia llevando al abandono del punto de vista de clase .

Esta consecuencia también es evidente si estudiamos el carácter general del revisionismo. Es obvio que el revisionismo no descansa sobre la misma base que las relaciones de producción capitalistas y no niega las contradicciones del capitalismo, como hacen los economistas burgueses; al contrario, al igual que la teoría marxista, parte de la existencia de esas contradicciones. Pero, sin embargo, el punto central de la concepción revisionista —y a la vez su diferencia fundamental con la concepción socialdemócrata hasta el momento— es que no basa su teoría en la superación de esas contradicciones como resultado del desarrollo inherente al capitalismo .
La teoría revisionista equidista de dos extremos: no pretende elevar las contradicciones del capitalismo al máximo para poder eliminarlas mediante la acción revolucionaria, sino que quiere atenuar esas contradicciones. Así, los cárteles empresariales y la desaparición de las crisis disminuirán la contradicción entre producción e intercambio, la mejora de la situación del proletariado y la preservación de las clases medias debilitará la contradicción entre capital y trabajo, y el aumento del control público y el progreso de la democracia suavizarán la contradicción entre el Estado de clase y la sociedad .

La táctica habitual de la socialdemocracia no consiste en esperar la agudización extrema de las contradicciones capitalistas hasta que se produzca un cambio, sino que la esencia de toda táctica revolucionaria consiste en, apoyándose en la dirección del desarrollo capitalista una vez ésta es conocida, extraer las orientaciones necesarias para la lucha política, a fin de llevarla a sus últimas consecuencias. Así, la socialdemocracia combate en todo momento el proteccionismo y el militarismo, sin esperar a que hayan demostrado de forma evidente su carácter reaccionario. Bernstein, en cambio, no basa su táctica en la perspectiva de agudización de las contradicciones a resultas del desarrollo del capitalismo, sino en la perspectiva de su dulcificación. Él mismo lo expresa del modo más acertado cuando habla de la “adaptación” de la economía capitalista.

Ahora bien, ¿cuándo sería correcta esta concepción? Todas las contradicciones de la sociedad actual son el resultado del modo de producción capitalista. Si el capitalismo se sigue desarrollando en la dirección en que lo ha hecho hasta ahora, sus contradicciones inherentes, lejos de atenuarse, se agravarán. Las contradicciones del capitalismo sólo se podrían atenuar si el propio modo de producción capitalista frenase su desarrollo. En una palabra, la premisa fundamental de la teoría de Bernstein es la interrupción del desarrollo capitalista.

Diferentes objetivos

Como se ha comprobado, la suerte de la democracia está ligada a la del movimiento obrero. ¿Quiere esto decir que, en el mejor de los casos, el desarrollo de la democracia hace innecesaria o imposible una revolución proletaria, en el sentido de apropiación del poder del Estado, de conquista del poder político?

Bernstein contesta a esta cuestión ponderando minuciosamente el lado bueno y el lado malo de la reforma y de la revolución, y lo hace con tal mimo y parsimonia que parece estar despachando especias en una de sus cooperativas de consumo. Para Bernstein, si el desarrollo histórico transcurre por el curso legal, será consecuencia de la “inteligencia”, y si transcurre por el revolucionario, del “sentimiento”. En la actividad política reformista ve un método lento de progreso histórico; en la revolucionaria, uno rápido. En la legislación ve una fuerza metódica; en la revolución, una fuerza espontánea.

Es sabido que el reformador pequeñoburgués ve en todo una parte “buena” y otra “mala” y que le gusta picar de todos los platos. Pero la marcha real de los acontecimientos no se ve afectada por tales combinaciones y, de un manotazo, manda a los cuatro vientos los montoncitos cuidadosamente hacinados de “lados buenos” de todas las cosas del mundo. Históricamente, la reforma legal o la revolución se producen por razones más profundas que las ventajas o los inconvenientes de un procedimiento u otro.

En la historia de la sociedad burguesa, la reforma legal sirvió para fortalecer progresivamente a la clase ascendente, hasta que ésta se sintió lo bastante fuerte como para conquistar el poder político, derribar la totalidad del sistema jurídico existente y crear uno nuevo. Bernstein truena contra la conquista del poder político, a la que considera como una violenta teoría blanquista, e incurre así en la desgracia de considerar como un error blanquista lo que no es más que la piedra angular y fuerza motriz de la historia humana durante siglos. Desde la aparición de la sociedad de clases, cuyo contenido esencial es la lucha entre esas clases, la conquista del poder político siempre es el objetivo de toda clase ascendente. Este es, al mismo tiempo, el principio y el final de cada período histórico. Así, en la antigua Roma vemos la prolongada lucha del campesinado contra los financieros y la nobleza; en las ciudades medievales, la lucha de los artesanos contra la nobleza; y en la Edad Moderna, la lucha de la burguesía contra el feudalismo.

La reforma legal y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado.
Todo ordenamiento jurídico no es más que un producto de la revolución. En la historia de las clases, la revolución es el acto político creador, mientras la legislación sólo expresa la pervivencia política de una sociedad. La reforma legal no posee impulso propio, independiente de la revolución, sino que en cada período histórico se mueve en la dirección marcada por el empujón de la última revolución y mientras ese impulso dure. O dicho más concretamente: sólo se mueve en el contexto del orden social establecido por la última revolución. Este es el punto crucial de la cuestión. Es absolutamente falso y completamente ahistórico considerar las reformas como una revolución ampliada y, a su vez, la revolución como una serie de reformas concentradas. La reforma y la revolución no se distinguen por su duración, sino por su esencia. Todo el secreto de los cambios históricos a través de la utilización del poder político reside precisamente en la transformación de cambios meramente cuantitativos en una cualidad nueva; dicho más concretamente, en la transición de un período histórico —un orden social— a otro.

Por lo tanto, quien se pronuncia por el camino reformista en lugar de y en contraposición a la conquista del poder político y a la revolución social no elige en realidad un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo objetivo, sino un objetivo diferente: en lugar de la implantación de una nueva sociedad, elige unas modificaciones insustanciales de la antigua. De este modo, siguiendo las concepciones políticas del revisionismo se llega a la misma conclusión que estudiando sus teorías económicas: no busca la realización del socialismo, sino la reforma del capitalismo, no busca la supresión del sistema de trabajo asalariado, sino la disminución de la explotación. En resumen, no busca la supresión del capitalismo, sino la atenuación de sus abusos.

¿Una nueva constitución bajo el viejo mundo o una nueva revolución por un nuevo mundo?

En la Alemania de hace dos siglos, que vivía en paralelo y con comedido júbilo la época de la revolución francesa, en plena efervescencia del idealismo alemán, Hegel decía que la esencia del Estado alemán, la sociedad industrial liberal, estaba escindida de su apariencia, la Constitución que regía el país. El Estado necesitaba la liberación de las fuerzas productivas, negando (y por tanto, doblenegando) un viejo Estado fragmentado y enfrentado consigo mismo para transformarlo en un Estado monárquico centralizado.

En el día de hoy, 6 de diciembre, estamos aparentemente en una situación parecida. Un Estado anclado en un pasado franquista y «antidemocrático» que no avanza y que incluso algunos afirman que se «fascistiza». Una constitución que está igual de anquilosada en las mismas raíces podridas que además impide la liberación y sojuzga a los pueblos oprimidos en el Estado español… Pero, ¿en serio nos encontramos en una situación histórica homóloga?

Hoy, el Estado español capitalista mismo, incluso la propia burguesía que rige el poder en connivencia con los sectores de la aristocracia obrera más reaccionaria, comienza a ver como un escollo para su imagen pública la existencia de una vieja corona que apenas tiene incidencia dentro del mismo, más allá de ser una representación cada vez más degradada del Estado español. Y todo ello pese al balón de oxígeno que ha supuesto la abdicación del viejo rey Juan Carlos I y la coronación del nuevo, Felipe de Borbón, en el mes de junio de este año que termina. No hace falta más que ver cómo incluso los sectores más avezados de la progresía humorística burguesa (1) (y el resto del sector progresista en general), en pro de la mercantilización del legítimo sentimiento republicano y del espectáculo, y, en clave puramente ideológica, deslegitima y humoriza de un modo ácido contra todas las figuras de la nobleza. Por tanto, muy probablemente, el cambio a una forma republicana burguesa, con una nueva constitución y un nuevo Estado fundamentados en lo económicamente existente, por muy popular y «trabajadora» (teniendo en cuenta la ambiguedad del término) que se pinte, sólo propicie el ya clásico «cambiarlo todo para que nada cambie». Transformar levemente el Estado para poder seguir defendiendo más eficientemente los derechos del capital, contando además con el consentimiento de los sectores proletarios que luchan sinceramente por la tercera república burguesa sin ni siquiera intuir esta problemática bajo el burdo chantaje de un doloroso pasado de guerra y derrota, la sufrida en el año 39 en la Guerra Civil, que todavía no ha sido posible enterrar.

Entonces, ¿cuál es el modo de proceder de los verdaderos revolucionarios frente al interrogante de una verdadera democracia para el proletariado, que salga de los marcos de la estrecha perspectiva que ofrece la democracia/dictadura burguesa? El único modo posible (o quizá precisamente el «imposible») hoy es el desarrollo de un proceso revolucionario que permita la construcción y desarrollo del Nuevo Poder y la destrucción del Estado burgués imponiendo la dictadura del proletariado para avanzar hacia el comunismo. Una forma completamente distinta de república, bajo un Estado-Comuna, que de verdad ponga en cuestión y destruya las bases económicas en que se fundamentan las contradicciones sociales de clase, género y raza revolucionarizándolas, frente a la que propone la burguesía. ¡Tenemos que construir una república que surja y esté dirigida a cumplir los objetivos históricos de «la parte sin parte» de la sociedad, del proletariado!

También los comunistas tenemos presente una disyuntiva íntimamente entrelazada con el objeto sometido a crítica en el día de hoy, la cuestión nacional. En estos momentos, en diversos puntos del Estado español, entre los que destacan Euskal Herria y Cataluña, diversos movimientos nacionales están en pugna con el Estado español opresor porque se les reconozca el derecho a la autodeterminación política de las naciones. En lo que respecta al caso catalán, ha alcanzado una situación avanzada tras la celebración de un referéndum en el día 9 del mes pasado, desoyendo las negativas a dar legitimidad legal a dicho proceso de autodeterminación por parte del Estado español y del gobierno reaccionario de Rajoy. Sin embargo, la democracia se desarrolló (si bien con una participación baja, del 33% de los llamados a votar, lo que tendría que suscitar un replanteamiento de los apoyos y la verdadera fuerza de ese movimiento nacional) y dio lugar a un apoyo del 80% de los votantes por el sí/sí. Así tenemos una clara victoria política, pero no es más que el comienzo, pues ahora se requiere del verdadero impulso revolucionario (dentro de lo que cabe dentro de esta clase de procesos) que es hacer valer frente al Estado español los resultados del referéndum e intentar conseguir la independencia, enfrentando así al proletariado de la nación oprimida contra la burguesía de la nación opresora.

Sin embargo, el «viejo» sector del MCE dio a aquella expresión de la democracia del pueblo catalán una respuesta bochornosa como leninistas. Pese al apoyo de la autodeterminación política, desde los boicots del PCPC y de RC hasta el apoyo claro de votar ‘NO’ del PTD, muestran cómo el revisionismo más sindicalista deja a merced de las políticas liberales al proletariado de la nación española haciéndole el juego a la burguesía, traicionando a su vez al proletariado de la nación catalana. Muestra, además, cómo es incapaz de realizar el trabajo político necesario para resolver, aunque fuese en los marcos imperialistas, el derecho a la autodeterminación de las naciones, dejando vía libre al proyecto democrático radical pequeño burgués CUP para que hegemonice el movimiento entre las capas populares.

¡Proclaman que el derecho de la autodeterminación política de todas las naciones sólo se puede cumplir en el socialismo(2)(3), cuando Lenin dejó claro que es una tarea histórica burguesa! Sin embargo, el proletariado debe entenderlo como tarea política, significada en el desarrollo de la lucha de clases y de la Revolución Proletaria Mundial. En nuestro caso, en tanto que continúan existiendo estas demandas en los territorios de España, pese a no ser la contradicción principal (debido a que en el territorio español el capitalismo ya se ha realizado), debemos defender la independencia de los pueblos oprimidos, denunciado cualquier pretensión de privilegio nacionalista, para enfrentar a los pueblos oprimidos contra la burguesía nacional española, y así liberar al proletariado del Estado español de la influencia ideológico-política liberal a la que esta última le somete.

Además, es llamativo cómo el PTD cae de lleno en el «practicismo» que refería Lenin, afirmando que la independencia «dividirá al movimiento obrero y popular y debilitará su fuerza, tanto en Cataluña como en el resto de España, y perjudicará sus intereses inmediatos y la lucha por el socialismo» (4). Los marxistas, como ya hemos dejado claro, no mediamos a través de esta política los intereses INMEDIATOS de las masas proletarias, si no que centramos su objetivo en la debilitación de los imperialismos, y en favor de la unión internacional proletaria en camino de la fusión de las naciones, verdadera tarea histórica proletaria con respecto a la cuestión de la nación. No en vano «una nación que oprime a otra no puede ser libre», como diría Marx en el contexto de la liberación irlandesa contra el imperio británico. Así, tan vigente como ayer es el principio leninista de que la realización de la democracia a través de la separación de las naciones es el camino hacia su fusión.

Aún así existe otra realidad todavía más acuciante en el interior mismo de nuestro propio movimiento. Una tarea que hay que cumplir previamente por parte de los revolucionarios de la que tenemos que ser plenamente conscientes. Y es la necesidad de un partido comunista que no existe en nuestro país. El movimiento comunista español hoy es un conglomerado disperso de «partidos» que no constituyen más que destacamentos de vanguardia aislados de las masas en los que el revisionismo, la influencia de las ideas burguesas en nuestra ideología y en los propios revolucionarios, que surgen de las desviaciones y contradicciones del marxismo mismo a falta de lucha de dos líneas en su interior, campa a sus anchas.

Por tanto hoy la tarea central es la de reconstituir el Partido, tanto en lo ideológico como en lo político, para poder ser capaces de elevar el actual movimiento de resistencia a su forma verdadera y revolucionaria, a la de Partido Leninista de Nuevo Tipo, y conferir al proletariado la independencia política con respecto a la burguesía que necesita para realizar su ofensiva final por sí mismo.

Un ejemplo que justifica esta necesidad está de plena actualidad. Podemos. Este proyecto liderado por la mesiánica figura de Pablo Iglesias, que aspira a denominarse «transformador» y que se ha reducido definitivamente a lo más apologético, ha realizado todo un ejercicio de venta ideológica en una de sus últimas comparecencias renunciando a los puntos más cruciales (y pese a todo mínimos) de su programa. La reestructuración de la deuda (que sustituye a la ya típica consigna de la izquierda reformista «no al pago de la deuda»), una clara apuesta por las PYME’s (que ya impulsaron silenciosamente en aquel programa medio impuesto para las elecciones europeas),… revelando el auténtico sello de clase del mismo de una vez por todas. ¡Incluso, los sectores más reaccionarios de la sociedad española afirman que ese programa es «plausible»!

Para poder reconstituir nuestro Partido necesitamos crear escuelas de formación revolucionaria que forjen cuadros proletarios de vanguardia en todos los ámbitos, tanto teóricos como prácticos, para así construir un proyecto revolucionario que nos haga ser capaces de enfrentarnos al poder burgués, arrebatárselo y crear un nuevo mundo. Pues, como diría Lenin: «Salvo el poder, todo es ilusión».

¡Por la reconstitución político-ideológica del Partido Comunista!

¡Por el derecho de la autodeterminación de las naciones en favor de la realización de la democracia!

¡Por una república revolucionaria bajo la bandera roja, que avance hacia el Comunismo!

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(1) Desde el infame programa de prime time «El hormiguero», pasando por payasos serviles como Buenafuente o el Gran Wyoming, hasta la publicación satírica en papel «El jueves». El ataque mediático sistemático de todo el campo humorístico burgués comenzó precisamente desde aquel número de «El jueves» censurado en el día 18 de julio del año 2007. En aquel número, los actuales reyes aparecen dibujados en portada fornicando, y eso pareció ser demasiado inmoral para las pías mentes monárquicas. Este llamativo suceso supuso uno de los choques político-judiciales más sonados entre la burguesía y la monarquía, que causó en su día un ruido mediático considerable.

(2) «…ya que la clase obrera debe tener claro que sólo en el socialismo, como bien dijo Lenin, puede darse la plena independencia de las naciones.» Reconstrucción Comunista.

Fuente: http://blog.reconstruccioncomunista.org/2014/09/sobre-el-9n-en-catalunya_16.html

(3) «El poble català té dret a decidir lliurement el seu futur, el poble català té dret a ser independent si així ho vol. Però els i les comunistes no podem demanar a la classe obrera que segueixi el projecte de la nostra classe antagònica. Per això treballem en l’acumulació de forces per la construcció del Front Obrer i Popular pel Socialisme, única forma d’assolir la llibertat i l’autodeterminació de Catalunya.(…)El Partit Comunista del Poble de Catalunya només pot senyalar que la única sortida és la conquesta del poder per part de la classe obrera i la construcció del Socialisme. L’única ruptura democràtica possible és la ruptura amb el Euro, l’UE i l’OTAN.» PCPC.

Fuente: http://pcpc.cat/el-9n-nova-mobilitzacio-massiva/

(4) Fuente: http://trabajodemocratico.es/content/ante-la-consulta-soberanista-de-catalu%C3%B1a

Un 25N por un mundo nuevo

Hoy 25N, día mundial contra la violencia de género las y los comunistas no sólo debemos denunciar la violencia a la cual el género oprimido se ve sometido por el sistema patriarcal. Debemos, no sólo denunciar a los diversos machistas que pululan en el seno de nuestras organizaciones así como en la sociedad en general. Debemos ante todo analizar cómo se reproduce esta violencia estructural para así poder combatirla y destruirla, pues el movimiento comunista no sólo se plantea entre sus objetivos el acabar con la contradicción capital-trabajo -por mucho que los más diversos liquidadores, tanto internos como externos, se esfuercen en presentarlo así- sino que tratándose de una visión totalizadora pretende acabar con cualquier forma de opresión: ya sea de género, nacional, clasista… o cualquier otra.

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Por ello, escribimos este comunicado con una doble intención: por un lado, para aportar algunos elementos sobre nuestra visión de la cuestión de género, y por otro lado, fomentar la lucha de dos líneas en el seno de la vanguardia.

Balance, negación y negación de la negación

Lejos de entrar en complejos debates antropológicos y sociológicos que arrojen luz sobre los orígenes del patriarcado como sistema social, nuestro análisis se va a centrar en la coyuntura actual respecto al feminismo, aunque para ello nos es indispensable tratar una serie de cuestiones básicas sobre el papel de la mujer dentro del sistema capitalista:

El sistema capitalista, que vio la luz en medio de una violenta transición entre el modo de producción tributario (concretamente el modelo feudal en el caso europeo), forjó a fuego en su historia por primera vez una clara división sexual del trabajo, relegando a la mujer a la esfera del hogar, reduciéndola a través de su papel social en el matrimonio a una ama de casa, a una criada y productora de la futura fuerza de trabajo. Como acuñó Lenin: esclavitud doméstica. Aun habiendo tenido un papel imprescindible en la acumulación original que daría luego lugar al capitalismo a través de diversas actividades económicas que se llevaban a cabo en la esfera doméstica (como la conversión y cardado de la lana, actividad mercantil básica en la Inglaterra del siglo XIII) y mercantil local junto con la trata de esclavos y el descubrimiento de América, la mujer siguió subyugada al hombre bajo el sistema capitalista, perdiendo incluso gran parte del prestigio social que el género femenino tuvo en importantes culturas europeas como la anglosajona en la etapa precapitalista.

Continuando con este hilo argumentativo, la irrupción del capitalismo en Europa vino acompañada de toda una serie de cambios legislativos e ideológicos que permitirían establecer una superestructura que rompiera con el parasitismo propio del sistema feudal europeo: la destrucción de la tenencia comunal de la tierra; el empobrecimiento masivo y la inanición y la creación en la población de un proletariado sin tierra, empezando por las mujeres más mayores que, al no poseer una tierra que cultivar, dependían de una ayuda estatal para subsistir. También se amplió el control del Estado sobre el cuerpo de las mujeres, al criminalizar el control que éstas ejercían sobre su capacidad reproductiva y su sexualidad. Tengamos en cuenta que bajo el capitalismo -y sobre todo en la fase superior de este, el imperialismo- el control de la natalidad se convierte en una herramienta de la lucha de clases: la burguesía debe controlar dónde se produce y para quién para mantener fijos los ritmos de mercado propios de un sistema basado en la explotación como lo es el capitalismo.

A través de la llamada “ideología de la feminidad”, (subproducto de la industrialización repetido hasta la saciedad a través de todos los aparatos productores de ideología del Estado), en aquella época las revistas femeninas y las novelas de ideal romántico, la mujer pasó a ser considerada una simple moradora de una esfera totalmente escindida del ámbito del trabajo productivo: el hogar.

La irrupción del socialismo científico -teniendo a Marx y Engels como iniciadores- y su método de análisis-transformación, fue lo que por primera vez arrojó al mundo la visión de que lo real concreto es toda una suma de contradicciones y que por tanto en las sociedades de clases lo real en general no puede existir, otorgándole así un carácter verdaderamente emancipador a la lucha de la liberación de la mujer, que vio por vez primera su horizonte libre de las limitaciones que hasta ahora el movimiento feminista había arrastrado a través de sus numerosas vertientes, tales como la lucha por el sufragio femenino. Sucesos tales como el incendio de la fábrica textil de Triangle Shirtwaist (donde 140 mujeres proletarias, la mayoría inmigrantes, perdieron la vida) no hicieron sino divorciar definitivamente aquello que desde su mismo nacimiento llevaba escrito su sello de fractura debido a su claro carácter interclasista: el feminismo burgués frente al feminismo proletario, que veía en el sistema capitalista como un límite en el cual la mujer no puede ser emancipada, ya que el capitalismo perpetúa  la condición de doblexplotación de las mujeres para mantener la tasa de salarios a la baja y así poder obtener mas beneficios.

La implantación del socialismo tras el triunfo de la Revolución de Octubre en 1917 en Rusia supuso enormes beneficios para las mujeres proletarias del país, que vieron como numerosas cadenas que hasta entonces les habían atado fueron rotas bajo el gobierno revolucionario de las masas obreras en armas, la dictadura del proletariado. Aun suponiendo un enorme hito en la historia de la liberación de la mujer, diversas limitaciones del régimen soviético a la hora de la construcción del socialismo (como la visión unilateral del desarrollo de las fuerzas productivas en descuido del ámbito de la superestructura) permitieron que la ideología patriarcal siguiera persistiendo y reproduciéndose en el seno de la nueva sociedad. Reflejo de esto son los diversos pasos atrás dados durante los años 30 en la Unión Soviética, tales como la penalización del aborto, la persecución de la homosexualidad o el fortalecimiento de la familia, ello impulsado desde el propio PCUS. La experiencia china, si bien supuso una superación de la experiencia soviética gracias en gran parte al importante papel que bajo la tutela de Mao Tse-tung tuvo la construcción del socialismo en China (importancia en crear nuevas conciencias sociales, comportamientos y actitudes a través de la Revolución Cultural), no supo tampoco acabar con las diversas limitaciones que un estado semifeudal como el chino arrastraba tras de sí.

Toda esta experiencia nos aporta un riquísimo campo de trabajo en el cual trabajar en una de las mayores limitaciones que lastró al movimiento comunista internacional durante el anterior ciclo junto con el triunfo de la línea revisionista en todos los países del llamado “socialismo real”.

Estando entre nuestros objetivos el análisis crítico del anterior ciclo para así, a través de la negación de la negación llegar a lo “nuevo”, a la producción de verdad ideológica tras pulir y eliminar lo viejo en un complejo proceso dialéctico,  superar el actual divorcio entre el feminismo y el marxismo en dos vertientes ideológicas diferentes e incluso opuestas se presenta para nosotros como un objetivo básico a la hora de desarrollar nuestra línea.

El comunismo, al ser una cosmovisión emancipadora asume como objetivo propio la liberación de la mujer como uno de sus objetivos, por lo tanto es cierto que sería absurdo hablar de feminismo y marxismo como dos corrientes distintas que se apoyan mutuamente a través de la ya famosa teoría de la interseccionalidad. Mas no caigamos en el simple juego de las conclusiones unilaterales y analizemos el actual paradigma en el Estado Español.

Es un hecho que sólo un necio podría negar que actualmente la línea de masas concreta de las/los comunistas respecto a las figuras de referencia del movimiento feminista es una batalla en la que vamos perdiendo y en la que llevamos las de perder a menos que establezcamos una nueva orientación en lo que a esta concierne. Junto con fallos serios causados, suponemos, por una ignorancia de los principios teóricos defendidos por la mayoría de corrientes feministas que a día de hoy “conviven” en el Estado español y gran parte del mundo (incluidas buena parte de las que podríamos calificar de “feminismo institucional” en tanto que forman parte directa, en calidad de asesoras, funcionarias y legisladoras, del aparato del Estado español), encontramos fragmentos de análisis necesarios y correctos, que nos pueden ayudar en nuestra tarea.

Es por tanto absurdo el tratar de encasquetar como contempladoras/es a quienes decimos que antes de hablar como charlatanas/es debemos estudiar la teoría feminista para así superarla, siguiendo el análisis dialéctico de la historia para poder hacer de nuestra teoría algo concreto. Hacer lo contrario sólo nos puede hacer caer en posiciones marxeológicas que, sin pensar con serenidad las implicaciones reales que tiene defenderlas, nos llevarán a posiciones que hace más de 100 años fueron superadas ya incluso por la propia burguesía.

Es muestra de nuestra propia debilidad tanto teórica como política el no haber conquistado todavía a todas esas feministas que siendo marxistas prefieren formar sus propios movimientos y organizaciones independientes de nuestro proyecto revolucionario debido sobretodo a que ven en nuestro proyecto la misma limitación que observan en las organizaciones revisionistas como CJC: defensa de líneas abiertamente reaccionarias respecto a la liberación social de la mujer, comportamientos liberales de camaradas que fuera del trabajo de militancia reproducen y perpetúan actitudes abiertamente reaccionarias y que son amparados en pos de la unidad del movimiento para que este se muestre al mundo sin fisuras, así como acosadores que no son vetados de nuestros espacios. Un error particularmente doloroso si viene de boca de quienes pretenden estar haciendo un balance superador de los errores históricos del marxismo durante el siglo XX, pues no hacen si no representar a través de ridículas teorías un corriente de pensamiento abiertamente machista, a consecuencia, creemos, de su falta de  formación teórica en lo que -en un claro ejemplo de unilateralidad- denominan feminismo, pareciendo querer obviar que incluso dentro del mismo movimiento feminista existen corrientes con contradicciones incluso antagónicas e irreconciliables entre sí.

De esa manera, como dijo Lenin, nuestra respuesta sólo puede ser una “Estudiar, estudiar, estudiar, estudiar y estudiar y una vez estudiado comprobar que todo ello no queda en letra muerta”. Sino, simplemente estaremos negando el feminismo, pero no superándolo. Haciendo una breve comparación con el ejemplo clásico de la negación de la negación que Hegel nos dio, no estaríamos negando la espiga para conseguir la semilla que daría lugar a una nueva espiga, sino que en su lugar simplemente estamos destrozándola.

Es por tanto tarea inmediata de todas/os las/os comunistas del Estado Español, analizar y superar todas las limitaciones que aún no hemos conseguido superar en nuestros métodos de trabajo para así poder desplegar todo nuestro potencial revolucionario.

¡Lenin ha muerto! ¡Viva Lenin!

A día de hoy el conjunto de MCE sigue vagando sin rumbo, dando vueltas sobre sí mismo, tropezando con su sombra y una vez más, sin ser capaz de ofrecer una alternativa revolucionaria real que rompa con los límites tanto del capitalismo como con el revisionismo conciliador. Ante esto, toda una serie de mujeres y hombres a lo largo del Estado español han dicho basta, se han rebelado para comenzar a organizarse en torno a un proyecto político que rompiera con las anteriores formas apolilladas y polvorientas de revisionismo que llevaron al así conocido fracaso del socialismo real, todavía tan presente en la mentalidad y la idiosincrasia de muchos autodenominados comunistas. Este proyecto, que abarca organizaciones de lo más dispares entre los que nosotros nos incluimos pretende, mediante el debate a través de la lucha de dos líneas y el principio maoísta de la unidad-lucha-unidad, servir como herramienta de reconstitución tanto política e ideológica de lo que en un futuro está llamado a ser el Partido Comunista del Estado español.

Es con esta intención y no otra que los camaradas de nuestro colectivo en Bilbao acudieron a la celebración del llamado Lenin Eguna, debido en parte a la rica experiencia que nos ha dado el debate con el ala izquierda del MLNV en nuestra breve historia y para ejercer la lucha de dos líneas, no de forma sistemática, con otros comunistas de Euskal Herria que sabíamos que acudirán a la cita.

Captura de pantalla de 2014-11-20 15:30:30

Nosotros partíamos con la firme posición de hacer entender a parte del público que acudió al evento que a día de hoy existen dos Lenin: un Lenin vivo (ese que criticó de la manera más severa al economicismo frente al modelo revolucionario del Partido de Nuevo Tipo, ese que se enfrentó sin miedo a todas esas corrientes revisionistas de su época: Kautsky, Rosa Luxemburgo, los izquierdistas de los años 20, etc…) y un Lenin muerto, que para desgracia del proletariado hace ya casi un siglo que dejó de existir.

Aun con todas las limitaciones de la experiencia soviética es imposible para el proletariado hacer la revolución sin Octubre, como es imposible para el mismo hacerla con éste. Debemos de una vez dejar de lado, si de verdad pretendemos buscar una alternativa revolucionaria, esa actitud idealista que pretende buscar en textos escritos hace 100 años las respuestas o las causas de ese pecado original que hizo que todo empezara a ir mal, a torcerse. Debemos en su lugar ofrecer toda nuestra capacidad para confrontar la realidad que nos rodea y de la que somos parte. Con la firme intención de revivir o, más concretamente, repetir al mejor Lenin, que los revisionistas no paran de acuchillar una y otra vez, acudimos al acto para llevar a cabo la lucha de dos líneas en torno al ala izquierda del MLNV, lo cual consideramos de vital importancia en la actual coyuntura política dentro del movimiento político de Euskal Herria, debido sobre todo al actual descontento general de gran parte de la militancia de base de SORTU, que ve cómo el potencial revolucionario que en su día pudo tener el Movimiento de Liberación Nacional Vasco se diluye en un proyecto claramente parlamentario.

Para nuestra enorme decepción y la de gran parte de los asistentes, los camaradas de Boltxe kolektiboa presentaron un proyecto contemplativo, que como quien mira un álbum de fotos se limita a observar el viraje del movimiento mientras se lamenta al acordarse de lo revolucionarios que fuimos en Euskal Herria durante los años 80. Entre otros muchos errores teóricos que ahora no procede analizar, los integrantes de Boltxe se negaban a confrontar abiertamente con SORTU ahora que las elecciones se hallan próximas. Además de negar o parecer obviar que lo que hizo que el proyecto revolucionario en Euskal Herria fracasara fue su heterogeneidad y priorizar el trabajo político más inmediato frente al análisis de la realidad y una dirección política independiente. Aunque muchos comunistas consecuentes tanto de Euskal Herria como del Estado Español conozcan ya esta pantomima, estos marxistas planteaban como causa, no única pero sí fundamental, la traición a un ideario original puro. Aquellos que traicionaron el legado de comunistas vascos consecuentes como lo fueron Txabi, Pertur o Argala, entre muchos otros, habrían dejado vía libre a la deriva reformista. Lo que los compañeros no ven, es que esta vía libre es constitutiva bajo el capitalismo, y que si se ha abierto camino, deberíamos mirar mejor qué pisamos, pues puede ser consecuencia, y afirmamos que lo es, de la falta de un proyecto político verdaderamente emancipatorio y comunista.

Si Lenin nos habló del poder en gran parte de su obra, sobre todo en el periodo de 1900 hasta 1907, nosotros defendimos el crear espacios de debate comunes para los comunistas y poder volver a constituir la única herramienta real que al proletariado le puede servir para tomar el poder, el Partido de Nuevo Tipo. Mas para ello va siendo hora de que dejemos de lado la marxología erudita ofuscada en hacer exégesis de textos sagrados y abogar por un marxismo militante, afirmativo. Debemos atacar tanto a quienes de los cuadros comunistas pretenden hacer tribunos de la plebe que señalen cada injusticia cometida contra las masas, reduciendo la tarea del transformador en la de sindicalista, como a quienes señalan la necesidad de cuadros teóricos y “políticos”, pero que en la práctica reducen toda su actividad al debate sobre puntualidades de una línea común. Esto conduce a reproducir esa conciencia de círculo que Lenin no se cansaría de criticar una y otra vez en su célebre “¿Qué hacer?”
Estableciendo un paralelismo con lo que está ocurriendo en el Estado Español, hace poco observamos cómo un elemento de esta línea se lamentaba diciendo que no puede romperse de momento con la limitación de seguir reproduciendo esa conciencia de círculo sin llevar la teoría revolucionaria a través de la lucha de dos líneas a múltiples elementos, debido al pequeño número de militantes con los que a día de hoy el ala izquierda comunista cuenta en el Estado español. Curioso paradigma, pues gente hay en abundancia, sobre todo ahora, tras la irrupción de PODEMOS en el panorama político actual. Pero no dejamos de lamentarnos porque nos falte gente para poder acometer nuestro proyecto en todo su potencial, evitando la tentación de reducir y empequeñecer cualquier política radical bajo las garras del historicismo más vulgar. ¿No será que con lo que los comunistas consecuentes a día de hoy no contamos es con cuadros capaces de llevar nuestra teoría, mediante la lucha de dos líneas, a esa vanguardia teórico-práctica que tanto se proclama en abstracto, como en ese suspiro de una criatura oprimida de la que Marx dijo ser la religión?

Si bien a día de hoy la principal desviación es la línea derechista en el conjunto del MCE, esto no supone de ninguna manera que esta desviación teoricista no deba ser combatida por nosotros, pues de no hacerlo solo estaríamos dando alas al liberalismo, a la vez que impedimos el avance de nuestro proyecto revolucionario a lo largo del panorama tanto nacional como internacional, frenando de la misma manera el empuje revolucionario de nuestro proyecto y dilatando de manera innecesaria la existencia del capitalismo como la hegemonía del derechismo más rancio, que a día de hoy en el Estado Español para todos tiene imagen y siglas.

Si queremos seguir avanzando en nuestras posiciones debemos en el presente fortalecer en el seno de nuestras organizaciones a nuestros camaradas, elevándolos a la categoría de auténticos revolucionarios, es decir, de cuadros. Haciendo de ellos no solo simples teóricos que gracias a su formación puedan ayudar a la reconstitución de la ideología revolucionaria, exprimiendo la mitad de su potencial. Tenemos que hacer de estos camaradas también auténticos guías políticos que puedan confrontar a la vanguardia teórica para así extender de esta manera mas y mas las redes e influencias de nuestro movimiento político y teórico.

«Marchamos en grupo compacto, asidos con fuerza de las manos, por un camino abrupto e intrincado. Estamos rodeados de enemigos por todas partes, y tenemos que marchar casi siempre bajo su fuego. Nos hemos unido en virtud de una decisión adoptada con toda libertad, precisamente para luchar contra los enemigos y no caer, dando un traspiés, en la contigua charca, cuyos moradores nos reprochan desde el primer momento el habernos separado en un grupo independiente y elegido el camino de la lucha y nos el de la conciliación. Y de pronto, algunos de los nuestros empiezan a gritar: «¡vamos a esa charca!» Y cuando se les pone en vergüenza, replican: ¡ah, sí, señores, ustedes son libres no sólo de invitarnos, sino de ir a donde mejor les plazca, incluso a la charca; hasta creemos que su sitio de verdad se encuentra precisamente en ella, y estamos dispuestos ayudarles en lo que podamos para que se trasladen ustedes allí! ¡Pero, en ese caso, suelten nuestras manos, no se agarren a nosotros, ni envilezcan la gran palabra libertad, porque también nosotros somos «libres» para ir adonde queramos, libres para luchar no sólo contra la charca, sino incluso contra los que se desvían hacia ella!»

Afirmaba Brecht que “la victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan”. Por ello, en una revolución, y más precisamente en la lucha por ella, no se participa. Ésta se organiza activamente o el significante Lenin no vale absolutamente nada.

Pinceladas sobre la táctica revolucionaria

Vivimos tiempos en los que la radicalización de las condiciones de vida de la clase obrera se reflejan también en la radicalización de las posturas por parte de los, lato sensu, revolucionarios.

Esta radicalización se refleja en todo tipo de actitudes, aventurismo de todo tipo, pero aquí lo que nos interesa analizar es la tendencia general al interés por la teoría revolucionaria.

Este interés tiene especial importancia entre los jóvenes, los nuevos militantes que se incorporan a ese dolor de cabeza que podemos llamar Movimiento Comunista. Ese interés nosotros lo aplaudimos, ¿qué mejor situación que esa? La cuestión ideológica sigue siendo hoy el principal aspecto del trabajo de militancia revolucionaria.

El problema llega que en tanto que es un fenómeno general ese interés, los burócratas revisionistas no pueden permitir que se les escape de las manos. Es por ello que hoy más que nunca vemos como ferozmente algunos intentan recuperar los 4 tópicos absurdos acerca de la teoría, las falacias comunes que ya aburren a muchos, pero que aún no han sido comprendidas y criticadas por muchísimos más.

Es necesario desarrollar la más decidida lucha contra la ideología burguesa en el seno del Movimiento Comunista, es necesario hacer que el socialismo científico sea hegemónico.

En base a esto, ofrecemos algunos apuntes generales sobre la táctica-plan revolucionaria de los comunistas.

Un plan

Merece la pena recuperar las palabras de Lenin a principios del siglo pasado, pues la situación actual guarda similitudes con la pasada. En un folleto se expresaba de la siguiente forma:

No sólo debemos comprender qué organización necesitamos y para qué labor; tenemos también que trazar un plan concreto de esta organización, a fin de que se pueda emprender su creación en todos los aspectos. Dada la urgencia e importancia del asunto, nos decidimos por nuestra parte a someter a la consideración de los camaradas el bosquejo de un plan que desarrollaremos con más detalle en un folleto en preparación. (1)

Una de la cuestiones fundamentales que distinguen la visión de Lenin del proceso revolucionario, del que por aquél entonces tenían los mencheviques y otros grupos, era el papel del plan en ese proceso revolucionario. Para Lenin, como el albañil que levanta un muro y usa un hilo para hacerla recta, o el arquitecto que hace el plano para construir un gran edificio, era necesario tener un plan sólido, que marcara la línea general a seguir por el Partido a la hora de desarrollar el proceso revolucionario. Todos sabemos que levantar un muro no es simplemente poner ladrillos unos encima de otros, hace falta tener una idea clara sobre lo que hay que hacer para lograr, de manera efectiva, hacerlo.

Mientras tanto, sus enemigos políticos criticaban a Lenin de subestimar la espontaneidad, de retrasar el desarrollo del movimiento revolucionario, etc… Mientras ellos desarrollaban una táctica-proceso, Lenin sostenía la necesidad de una táctica-plan. Es necesario nuevamente incidir sobre la diferencia esencial, aún no clara hoy por parte de algunos, entre una táctica u otra:

Pero ¿en qué consiste el papel de la socialdemocracia sino en ser el “espíritu” que no sólo se cierne sobre el movimiento espontáneo, sino que eleva a este último al nivel de “su programa”? Porque no ha de consistir en seguir arrastrándose a la zaga del movimiento, lo que, en el mejor de los casos, sería inútil para el propio movimiento y, en el peor de los casos, nocivo en extremo. Pero Rabócheie Dielo no sólo sigue esta “táctica-proceso”, sino que la erige en principio, de modo que sería más justo, llamar a esta tendencia seguidismo (de la palabra “seguir a la zaga”) en vez de oportunismo. (2)

La táctica-proceso se definía por la búsqueda de los éxitos alcanzables día a día, es decir, abogaba por el posibilismo en base al movimiento espontáneo de los obreros en su lucha sindical. Para comprender esto mejor, podemos recordar la crítica que Lenin hizo a Paul Levi, que dice lo siguiente:

Paul Levi desea ahora hacer méritos especiales ante la burguesía -y, por consiguiente, ante sus agentes, ante la II Internacional y la Internacional II y media-, reeditando las precisas obras de Rosa Luxemburgo en las que ella estaba equivocada.

Contestemos a esto con dos líneas de una buena fábula rusa: a veces, las águilas vuelan más bajo que las gallinas; pero las gallinas jamás podrán elevarse a la altura de las águilas. Rosa Luxemburgo se equivocó en el problema de la independencia de Polonia; se equivocó al enjuiciar en 1903 el menchevismo; se equivocó en la teoría de la acumulación del capital; se equivocó en julio de 1914, cuando defendió con Plejánov, Vandervelde, Kautsky y otros la unidad de los bolcheviques y los mencheviques; se equivocó en sus escritos de la cárcel, en 1918 (por lo demás, ella misma corrigió, al salir a la calle, a fines de 1918 y principios de 1919, la mayor parte de sus errores). Pero, a pesar de todos los errores, Rosa Luxemburgo fue y seguirá siendo una águila. (3)

¡Exacto! Cuando Lenin habla de táctica-plan, habla de elevarse a lo más alto y al mismo tiempo bajar a lo más bajo. Está ligando lo abstracto y lo concreto en su relación contradictoria. Mientras el plan, por una parte, resuelve las cuestiones más elevadas (ideológicas) a las que el Partido se enfrenta, la táctica es la puesta en marcha en la práctica de las ideas contenidas en el plan. Es la ligazón entre la teoría y la práctica que permite formar una praxis efectivamente revolucionaria.

Por otra parte, las gallinas que no saben volar o no quieren volar, jamás podrán resolver los problemas más elevados, jamás podrán comprender que el capitalismo es una totalidad y como totalidad que abarca toda la realidad actual, debe superarse. Las gallinas se conforman con ir picoteando aquello que está a una distancia corta de sus picos, mientras tanto las águilas ascienden, observan, bajan y actúan.

No llegar a comprender el capitalismo como una totalidad, nos lleva a la postura reformista. El que no comprenda que no se trata de aplicar paliativos a problemas concretos derivados del capitalismo, sino que se trata de terminar con el capitalismo, no tendrá ningún problema en admitir el camino de las reformas y rechazar los sacrificios del camino revolucionario. Saber elevarnos cuando es necesario, es el único camino a comprender el capitalismo como un todo, y el movimiento revolucionario como el ataque a esa totalidad.

Una táctica

Vista la cuestión del plan y su especial importancia (¡postura acertada!) para Lenin, debemos analizar la cuestión de la táctica. Es decir, si el plan era la resolución teórica de los problemas más elevados de la revolución, la táctica es la resolución práctica de los problemas diarios. Pero ambas cuestiones no se presentan como polos separados, sino como la contradicción dialéctica táctica-plan.

Centrándonos ya en la cuestión de la táctica, debemos insistir en la lucha contra el dogmatismo en la concepción de ésta, tanto a izquierda como a derecha. Lenin expresó claramente la actitud de flexibilidad en la táctica de la siguiente manera:

Lo único que hace falta para que marchemos hacia la victoria más firmemente y más seguros, es que los comunistas de todos los países actuemos en todas partes y hasta el fin, guiados por la convicción de la necesidad de una flexibilidad máxima en nuestra táctica. Lo que actualmente hace falta al comunismo, que crece magníficamente, sobre todo en los países adelantados, es esta conciencia y el acierto para aplicarla en la práctica. (4)

Mas, es común que estas palabras de Lenin se confundan, especialmente sacándolas de todo contexto y tomando otras partes de su obra como justificación de tal o cual práctica. Entre las citas más cacareadas, destacan:

No actuar en el seno de los sindicatos reaccionarios, significa abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas […] (5)

Y desde luego, no podemos olvidarnos de la cita por excelencia:

[…] la lucha en la tribuna parlamentaria es obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los elementos atrasados de su clase, precisamente para despertar e ilustrar a la masa aldeana analfabeta, ignorante y embrutecida. Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquiera otra institución reaccionaria, estáis obligados a trabajar en el interior de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo contrario, corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes. (6)

Y en base a ello, podemos extraer la táctica actual de la mayoría del revisionismo a nivel estatal, es decir, concretar la actividad revolucionaria de los comunistas en la práctica sindical y en la carrera electoral. ¡Bravo! ¡No habéis entendido nada!

Recordemos aquí también, antes de resolver este entuerto, lo que decía Lenin acerca de los “amigos de pueblo”, que al igual que la mayoría del revisionismo actual, se presentaban como los primeros defensores de éste… ya es sabido, y no como nosotros, que “no estamos con las masas”, que “mientras ellas se mueren de hambre” nosotros nos dedicamos al “trabajo de monasterio” en lugar de luchar junto a ellas… ¡Absurdo!

Todo este pasaje es típico en grado sumo para darse cuenta de lo poco que la gente entiende El Capital y a Marx. Anonadados por la inmensa fuerza probatoria de lo expuesto, se deshacen en reverencias ante Marx y lo alaban; pero, al mismo tiempo, pasan completamente por alto el contenido fundamental de su doctrina y continúan, como si tal cosa […] El señor Mijailovski debería ensalzar menos a Marx y leerlo con mayor aplicación, o mejor, meditar más en serio en lo que lee. (7)

Los críticos precisamente de los que “dedicamos demasiado tiempo a los libros” y que no “trabajamos en la calle” son los que luego prefieren tirar a la basura el análisis concreto de las condiciones concretas en las que Lenin hacía tal o cual crítica a un izquierdismo concreto. En lugar de extraer las lecciones universales contenidas en toda la praxis previa del proletariado revolucionario, hacen lo que consideran y tienen más a mano y luego, en caso de ser necesario justificarse frente a esos “teoricistas molestos”, toman dogmáticamente tal o cual fragmento sacado de contexto histórico. ¿Tiene eso algo que ver con el estudio revolucionario?

Los revisionistas consideran que la aceptación de todos los medios de lucha significa que pueden hacer literalmente lo que les dé la gana, en cualquier situación. ¡No señores! ¿Qué es la admisión de todos los métodos de lucha sin el análisis concreto de lo aplicable de cada método? Es eclecticismo, ¡es creer que un albañil puede pintar una pared a martillazos porque el martillo esté entre sus herramientas de trabajo! Nuevamente Lenin, lo deja clarísimo:

Cuando se quiere hablar de táctica, confundir la admisión en principio de todos los medios de lucha, de todos los planes y procedimientos con tal de que sirvan para lograr el fin propuesto, con la exigencia de guiarse en un momento político concreto por un plan aplicado a rajatabla equivale a confundir que la medicina admite todos los sistemas terapéuticos con la exigencia de que en el tratamiento de una enfermedad concreta se siga siempre un sistema determinado. (8)

Mientras tanto, algunos seguirán defendiendo que lo importante es mover las piernas, que lo importante es andar, y que para ello no hace falta pensar demasiado. Sí, en efecto, estamos de acuerdo en que el movimiento no requiere per se grandes dosis de conciencia, pero ¿quieren ustedes simplemente andar o también quieren llegar a algún lugar en concreto? En ese caso, le harán falta tanto las piernas como la cabeza.

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(1) ¿Por dónde empezar?, V. I. Lenin

(2) ¿Qué hacer?, V. I. Lenin

(3) Notas de un publicista, V. I. Lenin

(4) La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, V. I. Lenin

(5) Ibíd.

(6) Ibíd.

(7) Quiénes son los “amigos del pueblo” y como luchan contra los socialdemócratas, V. I. Lenin

(8) ¿Qué hacer?, V. I. Lenin

La dictadura del proletariado y el PCE

* Este texto pertenece a un folleto repartido por algunos camaradas del FRML durante la Fiesta del PCE de este año.

Es un fenómeno común en el degenerado Movimiento Comunista actual, el creer que el socialismo científico ha salido puramente de la cabeza de Marx, Engels, Lenin o cualquier otro autor de relevancia. Se olvida habitualmente que el socialismo científico no es una teoría nacida en la inteligencia sino reflejo en la inteligencia de la realidad material y concatenación del desarrollo intelectual anterior. Marx aclaró este punto en su día, dejando claro qué había aportado él:

Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases.

Queda aclarado que Marx no descubrió la lucha de clases, y con ello también se saca que la admisión de la lucha de clases no es algo perteneciente únicamente al campo de la Revolución. La burguesía puede reconocer la lucha de clases, famosa es la cita de Warren Buffet al respecto. Si hoy en día se evita hablar de lucha de clases es porque el socialismo científico, al asimilar la realidad de la lucha de clases, esta tomó un carácter revolucionario. Hablar de lucha de clases ya no significaba describir la realidad de las clases, o las luchas económicas dentro del marco del sistema capitalista, sino hablar del proyecto del proletariado revolucionario para la superación del capitalismo, las clases y de por lo tanto la lucha de clases misma.

Pero el PCE tiene otros planes a la hora de tratar la lucha de clases, su reconocimiento de la realidad de la lucha de clases no se ve ligada al reconocimiento del único desarrollo revolucionario posible de tal lucha. Para el PCE la dictadura del proletariado no es admisible a día de hoy, lo que supone la negación no solo de un concepto marxista (que algunos consideran “leninista”) sino la negación del alma misma del marxismo.

Merece la pena confrontar a la luz del socialismo científico la postura de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao… con la que hoy toma gran parte del PCE (y UJCE) sin detenerse a reflexionar sobre su significado.

El Estado no es neutral

En la Guía Programática, documento aprobado en el último Congreso del PCE, se dice lo siguiente respecto a la cuestión del Estado:

Por un estado federal, participativo, solidario y republicano donde se reconozca explícitamente la diversidad nacional y se asiente en la libre unión de sus pueblos, que ensanche la democracia y regularice la participación popular.

Aquí se ignora por completo la esencia de clase de todo Estado, por el contrario se pone mucho más peso en la forma de este Estado que no sabemos aún a qué clase pertenece. Se habla de “ensanche” de “la democracia”, pero tampoco se menciona para qué clase es esa democracia. También se habla de la “regularización de la participación popular”, ¿pero de qué forma va a participar? ¿votando? ¿defendiendo con el fusil los logros de su lucha tenaz?

Por otra parte, la regularización supone que ya existe la participación de las amplias masas en las decisiones políticas. Esto es cierto, cada 4 años renovamos a los representantes de la burguesía, por lo menos ahora podemos decidir quién nos va a mentir y traicionar para cumplir con los que realmente representa. Aparentemente para el PCE tiene mayor importancia perfeccionar la máquina estatal burguesa que romperla. La dictadura del proletariado no tiene lugar dentro de esta concepción burguesa del Estado y la lucha de clases.

Ya que hace tiempo que el PCE rechazó el “leninismo”, o cuanto menos lo que quedaba de las lecciones de Lenin ahí dentro, insistiremos en recordar la obra de Marx y Engels respecto al estudio de la problemática del Estado.

En su Crítica al programa de Gotha, Marx critica el programa del Partido Obrero Alemán (este Marx era un izquierdista que solo quería desunir a “la izquierda”, está claro), y allí concluye que:

Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.

Es decir, que el Estado es principalmente la dictadura revolucionaria del proletariado, esa es su esencia en el período entre el capitalismo y la desaparición definitiva de las clases sociales.

¿Por qué por su parte el PCE prefiere recordar en su lugar que podemos cambiar el Estado burgués actual por otro (que no sabemos si es burgués, proletario u otra cosa, porque se les “olvida” mencionar la cuestión de clase) federal, con un sistema electoral mejor, prescindiendo de la monarquía, etc…?

Prosiguiendo con Engels merece la pena hacer una breve parada en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, en la que declara lo siguiente:

[…] el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado. Sin embargo, por excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto a una y otra.

Engels, al contrario que el PCE, considera que el Estado es una herramienta para la represión de una clase hacia otra, concretamente de la burguesía hacia el proletariado y el resto de clases populares. Además hemos incluido la cita entera, en la que comenta una excepción que se dio en el caso de las monarquías absolutas, en las que en algunos momentos la nobleza y la ascendente burguesía competían por el Poder.

Lo citamos precisamente para destacar que el paso del Estado burgués a la dictadura del proletariado no puede ser la toma del Estado burgués y la puesta en funcionamiento de este para nuestros fines. Sino que se debe destruir el Estado burgués y edificar el Estado-comuna proletario, construcción de la cual las experiencias soviética y china deben darnos lecciones para su perfeccionamiento.

Sobre ello Marx hablaba así en una carta a Ludwig Kugelmann:

[no se trata de] hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular[…]

A esto el PCE opone una idea mucho más adecuada a “nuestros tiempos” (de hegemonía del reformismo y revisionismo), ganar unas elecciones y reformar el capitalismo.

La esencia del Estado

Poner el Estado por encima de la lucha de clases y de las clases es un error tan común como grave. Si se considera que el Estado es simplemente una estructura por encima de todos, no es muy sorprendente esperar que se proponga la lucha por administrar esta estructura como la tarea principal.

¿Y esto cómo se logra? Pues, volviendo a caer en un error gravísimo, tomando el parlamento como lo esencial del Estado y luchando por conseguir una mayoría en él. El parlamento no es más que un teatro de los representantes de la burguesía, la actividad real no se realiza allí, sino entre bambalinas. Pues el Estado es esencialmente una máquina burocrática y militar, secundariamente asume otras funciones necesarias para la adecuada reproducción de las condiciones para la perpetuación del modo de producción capitalista.

Por ejemplo, la administración de la educación pública no responde a la bondad de la burguesía que ahora cree que los obreros deben ser cultos, sino a la necesidad misma de obreros instruidos de manera concreta en la etapa actual de desarrollo de las fuerzas productivas.

El carácter burocrático del Estado se basa en los privilegios del funcionariado sobre el proletariado medio. Es esta posición la que supone un voto de apoyo al actual estado de cosas, y no una postura consecuentemente revolucionaria. El desarrollo de la aristocracia obrera en los países imperialistas ha supuesto la mejor correa de transmisión entre los intereses de la burguesía y la claudicación en la lucha revolucionaria.

Desde los sindicatos de cúpulas vendidas a supuestos partidos comunistas que han renegado de la verdadera lucha.

Marx comentaba en La Guerra Civil en Francia:

La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. […] Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada de los testaferros del Gobierno central.

Así actuó la Comuna de París, destruyendo la burocracia y los privilegios de los trabajadores administrativos.

¿Proceso constituyente?

El aspecto fundamental del posicionamiento del PCE pasa por la sustitución de la dictadura del proletariado por un “proceso constituyente”.

Esto significa que se pone en primer plano una cuestión formal, la redacción de una nueva constitución, y se “olvida”… o siendo generosos se pone en segundo plano la cuestión esencial de clase.

Esta es una mala comprensión del significado de la cuestión del Poder, que como ya dijo Lenin:

El problema del poder del Estado es el fundamental en toda revolución. Sin comprenderlo claramente no puede ni pensarse en participar de modo consciente en la revolución y mucho menos en dirigirla.

Y seguía explicando un poco después en el mismo texto, como el Nuevo Poder se enfrenta al viejo Estado.

¿En qué consiste la dualidad de poderes? En que junto al Gobierno Provisional, gobierno de la burguesía, se ha formado otro gobierno, débil aún, embrionario, pero existente sin duda alguna y en vías de desarrollo: los Soviets de diputados obreros y soldados.

En cambio para el PCE la cuestión del Poder es algo mucho más sencillo, el Poder nace de un acuerdo formal, de tal o cual constitución. E incluso Cayo Lara, coordinador general de IU, declaró en su momento esto:

Al socialismo o casi al socialismo se puede llegar con la Constitución [la del 78]

Pero como con esa constitución únicamente se llega “casi al socialismo”, debemos asegurarnos de matizarla para llegar al socialismo “del todo”. Eso, según la lógica del PCE, no se puede hacer de otra manera que con el “Poder” de la urna electoral. Así se declaraba en Mundo Obrero:

Que nadie se confunda ni intente confundir a nuestro pueblo: la única opción para la puesta en marcha del Nuevo Proceso Constituyente es ganar elecciones, generar nuevas mayorías políticas, sociales y electorales mediante el empoderamiento de nuestro pueblo, de todos los que hoy somos y nos reconocemos en los de abajo.

Merece la pena recordar las palabras de Lenin, que como ya hemos visto nada distan en esta cuestión de las de Marx y Engels:

“Os prometo cualquier cosa que deseéis”, dice el zar, “Solamente permitidme conservar el poder, dejadme cumplir con mis propias promesas”. Esa es la idea principal del manifiesto del zar, la cual obviamente tenía que desembocar en una decidida lucha. “Os concedo todo menos el poder”, declara el zarismo. “Salvo el poder todo es ilusión”, contesta el pueblo revolucionario.

Y también las palabras de Mao, que dejan poco lugar a dudas:

Todos los comunistas tienen que comprender esta verdad: El Poder nace del fusil.

Pero en cambio al PCE le parece más adecuado formular la cuestión como “el Poder nace de la Constitución”, “salvo ganar las elecciones todo es ilusión” y desde luego no se nos debe olvidar que nuestra tarea es “asaltar los cielos con la fuerza de la urna”.

Bien deberían tener en consideración las palabras de Engels:

¿Por qué intentan convencerse de que pueden obtener por vía parlamentaria lo que sólo pueden obtener por vía revolucionaria, por la fuerza de las armas?

Nosotros no vamos a criticar que, como partido burgués, intenten ganar su lugar en la maquinaria estatal burguesa. Eso sí, que dejen de actuar en nombre de los comunistas y la lucha por el socialismo y el comunismo, que dejen de engañar a sus bases más consecuentes. El único camino es el del socialismo científico, que hoy se concreta en la tarea de la Reconstitución del Partido de Nuevo Tipo.

Esta es la tarea de todo comunista consecuente, esté encuadrado en el PCE o en cualquier otra sigla existente hoy.

¡Por la Reconstitución del Partido Comunista!

¡Abajo el revisionismo y el reformismo!

¡Viva el socialismo científico!

La práctica y el practicismo

En su obra “¿Qué hacer?”, Lenin comenta:

«Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario. Jamás se insistirá bastante sobre esta idea en unos momentos en que a la prédica de moda del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad práctica. Y para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría es mayor aún, debido a tres circunstancias que se olvidan con frecuencia. En primer lugar, nuestro partido sólo empieza a organizarse, sólo comienza a formar su fisonomía y dista mucho de haber ajustado sus cuentas con las otras tendencias del pensamiento revolucionario que amenazan con desviar el movimiento del camino justo. Por el contrario, precisamente los últimos tiempos se han distinguido (como predijo hace ya mucho Axelrod a los “economistas”) por una reanimación de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas. En estas condiciones, un error “sin importancia” a primera vista puede tener las más tristes consecuencias, y sólo gente miope puede considerar inoportunas o superfluas las discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices. De la consolidación de tal o cual “matiz” puede depender el porvenir de la socialdemocracia rusa durante muchísimos años.»

(Las negritas son nuestras)

Merece la pena recordar estas palabras de Lenin en un tiempo en el que, al igual que entonces, “la prédica de moda del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad práctica”. Vivimos una época de ascenso de la lucha espontánea de las masas, lucha que el revisionismo establecido no hace más que seguir con esperanzas de llegar a ser meramente algún día su vanguardia orgánica, práctica.

Nuestra casi machacona insistencia por la teoría revolucionaria no es un capricho “teoricista”, es una necesidad marcada por los principios de la teoría marxista del conocimiento, que el revisionismo olvida.

El criterio es la práctica.

Dice Marx en sus Tesis sobre Feuerbach:

«El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.»

Y de esto algunos extraen: ¿Para qué estudiar la teoría si es “un problema práctico”? ¿para qué debatir cuestiones candentes de importancia cardinal para nuestra lucha si “no es un problema teórico”?… Así piensan gran parte de las luminarias revisionistas, así desprecian a Marx en nombre de Marx.

Esto sucede cuando el socialismo científico no se toma como la base para investigar un problema, sino como la forma para justificar (a base de citas tomadas aisladas de todo contexto y del conjunto del socialismo científico) una postura tomada como cierta a priori de toda investigación.

Marx no se confunde al decir que el criterio para determinar lo objetivo de determinado pensamiento es ponerlo en práctica, que la certeza de algo se demuestra en la realidad material y no en gruesos libros. Pero este no es el único aspecto de la teoría marxista del conocimiento, tomarlo como el único es caer en el empirismo y desarrollar con ello una praxis practicista.

En su litigio con los empiriocriticistas rusos, Lenin reflexionaba sobre el tema lo siguiente:

«El primer postulado de la teoría del conocimiento es, indudablemente, que las sensaciones son el único origen de nuestros conocimientos. Reconociendo este primer postulado, Mach embrolla el segundo postulado importante: el de la realidad objetiva, que es dada al hombre en sus sensaciones, o que es el origen de las sensaciones humanas. Partiendo de las sensaciones se puede ir por la línea del subjetivismo, que lleva al solipsismo (“los cuerpos son complejos o combinaciones de sensaciones”), y se puede ir por la línea del objetivismo, que lleva al materialismo (las sensaciones son imágenes de los cuerpos, del mundo exterior). Para el primer punto de vista – el del agnosticismo o, yendo un poco más lejos, el del idealismo subjetivo – no puede haber verdad objetiva. Para el segundo punto de vista, es decir, el del materialismo, es esencial el reconocimiento de la verdad objetiva. Esta vieja cuestión filosófica de las dos tendencias o más bien de las dos conclusiones posibles que se desprenden de los postulados del empirismo y del sensualismo, no está resuelta, ni desechada, ni superada por Mach, sino que está embrollada por sus escamoteos con la palabra “elemento”, etc La negación de la verdad objetiva por Bogdánov es el resultado inevitable de todo el machismo y no una desviación de él.»

V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo (Las negritas son nuestras)

Es decir, que aún partiendo de la práctica (las sensaciones) se puede terminar en una interpretación subjetiva de ella, en el idealismo. Esto es lo que hace en gran medida el practicista, que rechaza la teoría en nombre de la práctica, las contrapone con más que sonadas expresiones, a saber, “yo te digo lo que hay en la calle”.

Lo histórico y social del conocimiento

¿Pero qué es lo que nos permite desarrollar cada vez una praxis más elevada? ¿Es acaso el reduccionismo practicista? Los practicistas consideran que la teoría es algo innecesario o cuanto menos algo para dejar en segundo plano. Ellos tienen la idea de que la práctica les dará todas las claves para hacer la Revolución. Por ello ven un crimen teoricista simplemente imaginar una actividad revolucionaria que no sea principalmente en la calle.

Se olvidan de que la actividad humana avanza de generación en generación precisamente por la concatenación con la actividad anterior. Que si hoy existen ordenadores es porque ayer se hicieron calculadoras, que si Octubre triunfó es porque fracasó La Comuna de Paris. ¿Y como se produce tal concatenación? ¡Estudiando la actividad pasada, señores!

Los practicistas no tienen problema alguno en aceptar que “la práctica es la base de la teoría” (¡cosa que es cierta!), pero luego se olvidan de que la teoría “a su vez, sirve a la práctica” (Mao Tse-tung, Sobre la práctica). Se olvidan de que la práctica de una época determinada debe realizarse sobre toda la práctica anterior, y esa práctica anterior es lo que se refleja en la teoría.

¿Cómo se pueden superar los errores sin estudiarse? ¿Cómo podemos hacer hoy la Revolución sin estudiar el fracaso pasado? Simplemente no se puede, creerlo es ignorar lo histórico del conocimiento, no entenderlo de manera dialéctica (como el desarrollo de la contradicción teoría-práctica) sino de manera metafísica, de forma aislada la práctica de hoy de la de ayer.

Pero además (y para colmo), los practicistas ignoran que el conocimiento en tanto que histórico también es social. Se permiten el lujo de hacer oídos sordos a todos los que (a diferencia de ellos) no despreciamos la teoría de forma tan descarada, ni hacemos de ella letra muerta ni un credo. Quizá, si en lugar de despreciar la labor de otros que “no están en la calle” la tomaran un poco más en consideración no tendríamos que repetir errores (incluso los ya superados hace 100 y 200 años).

Sí, efectivamente el éxito de la práctica es el criterio para determinar lo cierto de un pensamiento. Pero, ¿podemos afirmar el éxito absoluto de la praxis revolucionaria pasada? No. Por ello no queda otra que estudiar el pasado de forma crítica antes de poner en marcha la nueva praxis, justa con las lecciones de la experiencia pasada y a la altura del desarrollo actual de la sociedad capitalista y las ciencias.

El que no quiera comprender esta necesidad, no hará más que caer en una praxis incapaz y en el idealismo de la utilidad de esa praxis.