Se hace camino al andar

Acerca de la acción política realizada el 24 de diciembre

El camino recorrido

El fin de semana del 24 y 25 de diciembre algunas de nuestras camaradas realizaron una acción política en las calles de Madrid. Esta acción no consistió únicamente en la realización de varios repartos de comida a lo largo de dichos días, sino que sobre esos repartos se asentaron todo un conjunto de tareas políticas que consideramos necesario exponer. En primer lugar, y antes de entrar en una explicación más detallada de cuáles eran estas tareas y los objetivos a los que respondían, nos gustaría explicar cuál fue el desarrollo de la propia acción.

El 23 de diciembre organizamos varias recogidas de comida simultáneas en dos barrios de Madrid. Con estas recogidas se buscaba conseguir el alimento necesario para poder realizar los repartos del día siguiente. Un puesto de recogida de alimentos se situó en el barrio de Carabanchel, y el otro en el de Tetuán, barrios cuya composición de clase es principalmente obrera. Los resultados de esta recogida fueron mucho más que positivos. En apenas unas horas de trabajo, la solidaridad de las personas que colaboraron consiguió reunir un total de más de 300 kilogramos de comida.

Muchas de estas personas se interesaron por la acción que estábamos realizando y por su posible continuidad. Sobre todo en el barrio de Tetuán, pues nos situamos en uno de los Mercadonas donde el Hogar Social Madrid solía organizar sus propias recogidas. No nos reconocían como «los de siempre», y muchas personas, tras interesarse en nuestro proyecto y en sus diferencias con el HSM, decidieron colaborar e incluso establecer un contacto para seguir colaborando en un futuro.

Tras este primer paso, llevamos la comida recogida a casa de una de nuestras camaradas, donde grabamos un vídeo llamando a participar de esta acción a toda persona que quisiera colaborar. Esta parte resulta fundamental para comprender la propia acción. Fue mucha la gente de diversos colectivos, entre ellos comunistas, asociaciones y personas no organizadas, la que se animó a colaborar con nosotras, participando de los diferentes repartos que finalmente llevamos a cabo.

El 24 de diciembre nos centramos principalmente en la preparación de todo lo necesario para poder realizar los repartos aquella misma noche. Gracias a todos los alimentos que recogimos, pudimos preparar alrededor de doscientas raciones que incluían pasta con carne y tomate, entre tres y cuatro piezas de fruta, agua, un trozo de pan y algo de dulce. Varias panaderías colaboraron también con barras de pan, con lo que adicionalmente también se hicieron bastantes bocadillos que, igualmente, se pudieron repartir.

Finalmente, a eso de las siete de la tarde, se estuvo en disposición de poder comenzar con los repartos. Se configuraron varios grupos de trabajo, pues se pretendía llegar al máximo número de zonas y de personas posible. Algunas compañeras estuvieron repartiendo por la zona Centro, abarcando todo lo posible entre la Plaza de España, Templo de Debod, Gran Vía y Preciados. Otras compañeras se centraron en la zona más circundante a la Plaza Mayor, en la cual duermen cientos de personas cada noche. Por último, otro grupo pasó la noche en el descampado que hay tras la estación de Chamartín, un lugar donde viven unas treinta familias en pequeñas tiendas de campaña.

Sin embargo, el trabajo realizado ni empezaba ni terminaba con este reparto de comida. Sobre la base de este primer contacto establecido con estas personas se iniciaba una conversación en todos aquellos casos que fuera posible. Muchas de ellas relataban su historia, comentando cómo se habían visto abocadas a vivir en esa situación. Personas que en algún momento fueron empleadas por la propia industria y el comercio, pero que tras ser expulsadas del trabajo, y tras años en paro, fueron condenadas al frío, el hambre y la miseria de la calle. Una calle que, a la vez que un lugar de lucha, es una permanente amenaza para el proletariado, más aún en las condiciones actuales del sistema productivo, y en la que es muy sencillo entrar pero de la que, por lo que ellas mismas nos contaban, resulta imposible salir.

Existía un claro nexo común entre sus testimonios, pues todos incluían la total falta de esperanza en una sociedad que las había dado de lado, vejado y despojado. Habían sido totalmente repudiadas por sus familias, y la reincorporación a la producción no era ya una opción. Sin embargo, algunas de estas personas eran conscientes de la realidad social que comparten, y de la fuerza que podían conseguir si se «unían». El potencial revolucionario en sus palabras era un hecho, y nosotras, como pretendidas comunistas, tenemos que estar a la altura de la tarea histórica que tenemos por delante.

La existencia de personas en paro y en riesgo de pobreza, y la directa pobreza sin esperanza que sufre toda una capa de la población es una consecuencia del sistema social bajo el que vivimos, y una condición necesaria para que este se reproduzca. Por tanto, acabar con esta inseguridad continua de la clase trabajadora y con la miseria pura a la que amplias capas de ésta a lo largo y ancho del mundo se enfrentan, pasa únicamente por la construcción de un nuevo orden social donde estas situaciones no tengan cabida.

El día 25 de diciembre continuamos con la acción, dado que no repartimos toda la comida el día anterior. Primero estuvimos de nuevo en Chamartín, en el descampado anteriormente descrito. El origen de la mayoría de familias era del Este de Europa, en su mayoría de Rumanía o de Bulgaria. Pudimos hablar en extenso con algunas de las personas allí presentes, ya que una camarada sabe hablar el idioma. Estuvieron dialogando sobre sus condiciones de vida, parcialmente diferentes a las descritas anteriormente , aunque ambas compartan el frío de la calle. Nos describieron que pasaban varios meses seguidos en el Estado, viviendo de pequeños trabajos y de la caridad, y reuniendo un mínimo de dinero para poder mantener económicamente a sus familias, a las que habían dejado en sus países de origen. Cada cierto tiempo realizaban un largo viaje en autobús para reencontrarse con ellas y entregarles el dinero recogido, tras lo que volvían de nuevo al Estado, en un ciclo de vida que no tenían perspectivas de poder romper. También repartimos algo de ropa entre ellas, pues nos habían pedido algo de abrigo y mantas.

Tras esto, fuimos de nuevo a la Plaza Mayor, donde no dejó de contrastar la situación que nos encontramos la noche anterior con la de aquella mañana. Un gran mercado navideño repleto de gente copaba la Plaza, pareciendo ocultar a las cientos de personas que pasaron allí la noche anterior. Prácticamente bajo cada arco había algunas cajas de cartón que esperaban a ser recogidas por la noche para dormir. La última de las personas sin techo con la que tratamos habló de lo dura que era la calle, especialmente en esas fechas.

Por el día, completamente olvidadas, pese a la gente que les rodea.                                                                                   Por la noche, completamente solas, bajo un frío invernal al que no todas sobreviven.

Y sin embargo, esta última persona, tan maltratada y olvidada por la sociedad en que vivimos, hablaba de esa «unidad» de las desposeídas en y por un proyecto de transformación social común, como la única esperanza para salir de la situación en la que se encuentran. Y fue ella la que, pese a la situación en que vivía, terminó dándonos ánimos a nosotras para continuar en esta lucha. Porque no tenemos derecho a fracasar. «Seguid luchando, porque tarde o temprano ganaremos»

Callejones sin salida

Demasiadas veces se ha repetido la manida undécima tesis sobre Feuerbach de Karl Marx y pocas veces nos paramos a reflexionar el significado político de lo que afirma: «de lo que se trata es de transformar la realidad». Y de no comprender correctamente ese aforismo, aparecen dos desviaciones en la práctica política: el pragmatismo cortoplacista y los intentos mecanicistas de transformación inmediata y total de la realidad.

El pragmatismo no analiza la coyuntura desde una perspectiva general, desde un plano histórico, internacional y social. De hecho, su base es la carencia misma de ese análisis. Simplemente se centra en un aspecto de los problemas que encuentra en la realidad diaria. El pragmatismo es parte del cuerpo del reformismo que vemos a diario. Es también la justificación del «mientras tanto», que si bien es consciente de la necesidad de actuar en contra de la miseria que sufre la humanidad (muchas veces exclusivamente de partes de la misma), no va a la raíz de los problemas. Obviando así la unidad del análisis y transformación de la realidad en su conjunto.

Muchas veces suele decirse que «mejor que la gente coma hasta que llegue la revolución». Desde luego que mejor que la gente coma a que la gente pase hambre. Pero el que da más importancia a la limosna que a terminar con el hambre, no está realmente luchando por que la gente coma. Está sosteniendo de facto el sistema que, de forma inherente, crea el hambre. No es incompatible el apoyo a situaciones de emergencia con la organización de una Revolución. Es más, no hay apoyo efectivo más que en el prolongado proceso de preparación de la revolución. Lo que es inviable es predicar que ¡ahora! hay que dar de comer y ¡mañana! (o la semana que viene, o el año que viene o realmente jamás) nos preocuparemos por la Revolución. Si la Revolución no se organiza cada día, cada hora y cada minuto, esta no va a caer del cielo, ya que solo puede ser resultado de su propia organización. Paliar los problemas concretos que puede sufrir la clase obrera y las grandes masas tiene que verse desde la necesidad de organizar la Revolución y en el proceso de su organización.

El problema es complejo, pero la clave es no ver los «problemas inmediatos» y los «problemas revolucionarios» como cuestiones separadas (o unidas pero sin establecer sus relaciones mutuas), sino como cuestiones profundamente relacionadas, y por relaciones definidas. El pragmatismo solo piensa en el ahora, sin apoyarse en el pasado ni en el presente para poder conquistar nuestro futuro. Por ello, pese a sus ingenuas buenas intenciones, no puede resolver los rompecabezas que llevan asolando a la humanidad miles de años (1).

Pero además del pragmatismo, hay otra perspectiva que predomina, el dogmatismo, que le da la vuelta al pragmatismo (o practicismo). En los intentos de la práctica política solo lleva a la frustración, de ella al sectarismo y a la conformación de grupos endogámicos. Mientras que el pragmatismo solo ve lo inmediato, existen otras camaradas que no saben jugar las cartas que les han tocado, que pretenden organizar una Revolución mediante una mera aplicación doblemente mecanicista de concepciones teóricas generales -tendiendo así a la abstracción- sin adecuarse en ningún momento a las condiciones y particularidades de su ‘propia’ formación social.

Por una parte, desprecian el estudio directo de la realidad que les rodea y que se proponen transformar, dedicándose únicamente al balance de otras experiencias históricas. Para construir conscientemente un movimiento revolucionario es necesario realizar un análisis de la situación tanto objetiva como subjetiva de las diferentes clases y las capas que las integran, un conocimiento que debe sintetizarse con lo aprehendido de dicho balance. Ambos son componentes esenciales para el desarrollo de dicho proceso.

Pero, por otra parte, este pretendido balance que realizan es una distorsión de la realidad. Está adaptado a una serie de esquemas predefinidos de los que siempre parten. Por ello, no analizan consecuentemente estas experiencias, sino que intentan materializar en la historia un esquema limitado, en pos de legitimarlo. No es, por tanto, un verdadero balance, capaz de extraer lecciones de manera integral para la construcción de un movimiento comunista cualitativamente superior.

El dogmatismo se trata de una desviación común, por desgracia, que es en gran medida resultado de la escasa y/o mal analizada experiencia política. ¡La política se basa en resolver problemas complejos! Y la resolución de dichos problemas requiere de cuadros políticos dirigentes, de camaradas entrenadas y capacitadas para ello. Esta forja de cuadros pasa, inevitablemente, por conocer transformando mediante la praxis política la realidad social vigente. Estamos construyendo un mundo nuevo en una situación histórica determinada, y por lo general, caminaremos por un sendero en donde no todos nuestros pasos los habrán dado otros antes.

El dogmatismo es pues, un obstáculo de primer nivel. Las fórmulas memorizadas, los esquemas, las frases repetidas como una letanía… todo ello tiene poca utilidad política. Desde luego la formación revolucionaria en la teoría de vanguardia es imprescindible, ¡a dónde iría un barco sin brújula! Pero menospreciar la política como simplemente «poner en práctica la teoría», como plasmación unilateral de la segunda, es un error de base. Asimismo, grandes disputas teóricas son resultado del combate político. Por otra parte, en tanto que la teoría va ligada a la práctica, tener elaborada la primera no es condición suficiente para resolver una determinada problemática, pero sí necesaria. Aunque tampoco debemos olvidar que la propia teoría se desarrolla, se enriquece y evoluciona a través de la praxis.

El pragmatismo solo ve el actuar hoy, dejando de lado la conquista del mañana. La desviación opuesta, cree tener muy claro por qué actuar y para qué hacerlo, pero ignora o menosprecia el acto concreto de transformar la realidad y de conocerla y, en consecuencia, cae en una incapacidad política que termina por derivar en dogmatismo, sectarismo y aislamiento endogámico.

Históricamente, y aún en la actualidad, el MCE se ha ido desarrollando en diferentes direcciones ideológico-políticas. Pese a estas disimilitudes, todas ellas comparten un elemento común, la investigación deficiente -o directamente nula- de los sectores obreros que se han visto, y siguen viéndose, más afectados por el capitalismo. Ese sector de las amplias masas que oscilan peligrosamente sobre la pobreza, aquellas llamadas por Rosa Luxemburgo como la cuarta capa del ejército industrial de reserva proletario.

Una parte de las masas trabajadoras y desempleadas han sido condenadas a la miseria por la sociedad burguesa por ser superfluas para la valorización del capital. Quien no puede ser empleada productivamente (es decir, lucrativamente), no es. Se las condena, por lo tanto, a la pobreza en el sentido específicamente moderno del término. Es decir, a la exclusión social y al despojo de los medios disponibles en la sociedad. Bajo las relaciones sociales anteriores, por grande que fuese la explotación del productor, no existía una exclusión estructural de parte de la clase de los medios para reproducirse.

«La producción capitalista de mercancías es, pues, la primera forma de economía en la historia de la humanidad, en la cual la desocupación y la indigencia de una capa grande y creciente de la población, y la directa pobreza sin esperanza de otra capa igualmente creciente, es no sólo una consecuencia sino también una necesidad, una condición de vida de esta economía. La inseguridad de la existencia de toda la masa trabajadora, su indigencia periódica, o la miseria pura y simple de amplias capas, son por primera vez un fenómeno normal en la sociedad» (2)

Con ello queremos señalar que, al tratarse de un fenómeno moderno, la lucha contra esta miseria no puede darse como buena conciencia, altruismo o filantropía. Todas ellas operan sin entender que descansa en relaciones sociales actuales, que son asimismo mutables. Para ellas se trata de una inclinación por el ser humano necesitado, necesidad a la que se le supone un carácter antropológico. En oposición, las comunistas declaramos al mismo capital como innecesario, incluso una traba, para el desarrollo de las fuerzas productivas humanas y la organización racional de ellas.

Estaríamos sumidas en una ceguera intensa si no viésemos como este sustrato social es quien sufre de manera más intensa, en sus propias carnes, todas las problemáticas que son producidas por el capitalismo y la sociedad de clases. La falta de un análisis sustancial por parte del MCEe no excluye que haya habido momentos en los que se ha cuestionado el papel revolucionario de este sector de masas. Ahora bien, al no tomarse esta cuestión con la envergadura necesaria, haciendo una investigación apropiada para comprender esta problemática en toda su extensión, siempre se ha acabado recurriendo a un estudio insuficiente, unilateral, a veces predefinido en sus conclusiones y estático en cuanto al contenido mismo, como si el desarrollo y evolución de las clases a lo largo de la historia fuera ajeno a su significado. En dicho estudio se ha considerado a esta parte de la clase productora como el lumpenproletariado, y se ha tachado sus posiciones, o carácter, como enteramente contra-revolucionarias. Se ha olvidado, en definitiva, que en las condiciones adecuadas puede luchar en las filas de la revolución, dependiendo del nivel transformador político que tenga el proletariado sobre la misma.

Por lo tanto, este sector de masas puede y debe ser influenciado, para poder ser dirigido, con el objetivo de unirse a las fuerzas sociales revolucionarias. Hacer esto a gran escala, es cierto, precisa de un Partido Comunista actuante, pero no es menos cierto que excluir a este sector en su proceso de formación lo haría nacer endeble.

¿Hacia dónde?

En aras de este objetivo es totalmente esencial conocer la realidad concreta y cambiante de las masas, pues sólo así se podrá articular una táctica-plan determinada. No nos confundamos, no estamos hablando de teorizar la línea política general (en todas sus formas) a seguir, sino a precisar una parte de esta misma línea general. Es nuestro deber concretar, mediante la recogida y estudio -sintetización de ideas de las masas-, la senda a seguir en este aspecto determinado. En base a esta meta es de total necesidad la elaboración de un análisis de la composición de clase del Estado español. No como las generalidades tan dichas y repetidas, sino como síntesis del estudio y del trabajo directo de todas las capas de la sociedad.

El estudio de este sector de masas concreto tiene tres finalidades fundamentales, estrechamente relacionadas con la necesidad de recoger información para cristalizarla, ulteriormente y de forma consciente, en un análisis de la composición de clase del Estado español, pues no hay en la prensa oficial testimonio del pensamiento de las desposeídas sobre su situación, ni sobre la sociedad que las relega a ella.

En primer lugar, no se trata solamente de ese sector que actualmente vive en la miseria (como un ente aislado), sino establecer un claro nexo entre amplios sectores de la clase obrera que se encuentran oscilantes entre la miseria del trabajo asalariado y la miseria de la calle. Rosa Luxemburgo nos ilustra:

«Al exponer las relaciones salariales capitalistas es completamente incorrecto considerar solamente los salarios efectivamente pagados de los trabajadores industriales empleados, lo que ya es una costumbre, incluso entre los obreros, tomada acríticamente de la burguesía y de sus escribas. Todo el ejército de reserva de los parados, desde los obreros calificados transitoriamente desempleados hasta los más pobres, y el pauperismo oficial, entra en la determinación de las relaciones salariales como factor de pleno derecho. Las capas más bajas de necesitados y marginados, de ocupación insignificante o nula, no son una especie de excrecencia que no integra la “sociedad oficial» como lo plantea, por supuesto, la burguesía, sino que están ligadas por todos los eslabones intermedios del ejército de reserva, por lazos vivos internos, con la capa superior de obreros industriales, colocados en la mejor posición».(3)

Y continúa:

«La pobreza y el lumpenproletariado están entre las condiciones de existencia del capitalismo y crecen con él: cuanto mayor es la riqueza social, el capital en funcionamiento y la masa de obreros empleados por él, tanto mayor también la capa de parados en reserva, el ejército de reserva. Cuanto mayor el ejército de reserva en relación con la masa de obreros ocupados, tanto mayor la capa inferior de pobreza, pauperismo y delito. De modo que, junto con el capital y la riqueza, crece igualmente, de forma inevitable, la cantidad de desempleados carentes de salario y, con ellos, la capa de los Lázaro de la clase obrera (la miseria oficial). Esta es, dice Marx, la ley absoluta y universal del desarrollo capitalista». (4)

Su comprensión es esencial para la constitución de la unidad orgánica que forma el partido, siendo esta misma característica propia de la clase:

«De modo que la situación de las capas más bajas del proletariado se mueve según las mismas leyes de la producción capitalista, se amplía y se estrecha por ellas, y junto con la amplia capa de los obreros rurales, así como con su ejército de parados y con todas las capas desde la más alta hasta la más baja, el proletariado constituye un todo orgánico, una clase social, en cuyas diversas gradaciones de miseria y opresión puede captarse correctamente la ley capitalista del salario en su conjunto». (5)

En segundo lugar, la necesidad de combatir la idea lassalleana, aún hoy presente con otra cara política, de la clase obrera como la única clase revolucionaria, y el resto de clases como una masa reaccionaria (Programa de Gotha). Que la clase obrera sea la fuerza dirigente y principal de la revolución no hace de ella la única fuerza revolucionaria.

«El sector más grande del lumpenproletariado […] Son elementos capaces de luchar con gran coraje, pero inclinados a acciones destructivas; si son bien dirigidos pueden devenir en una fuerza revolucionaria» (Mao). (6)

En tercer lugar, nos vemos en la obligación, mediante esta labor, de destruir una de las ideas hegemónicas surgidas de la actual sociedad burguesa: la visión de las integrantes de esta parte de las masas trabajadoras como pacientes. Nuestra posición es que tal concepción es nociva, puesto que consideramos que todas las oprimidas deben ser vistas no solo en el lugar que ocupan en la sociedad actual (sería mantenernos en los márgenes del estrecho pensamiento burgués), sino en aquel que pueden ocupar en el proceso de transformación revolucionaria. Al mantener esta postura tenemos la obligación de examinar, directamente, el carácter de este sector de masas. Esta práctica social (y política) difiere radicalmente del mero asistencialismo. Aquel que desdeña nuestro trabajo con tal epíteto lo hace porque comparte el elemento contemplativo del pensamiento burgués filantrópico, porque no puede ver en él otra cosa que caridad, no puede ver (ni quiere establecer) sus conexiones políticas con la formación del movimiento revolucionario organizado de la clase. Exactamente la misma deficiencia adolecen quienes no ven en el 24 de diciembre sino festividad religiosa, precisamente por tener tan interiorizado (en forma de oposición «radical») el pensamiento religioso.

Sobre Proudhon y sus partidarios Marx escribe: «Ven en la miseria solamente la miseria, sin notar su lado revolucionario, subversivo, el lado que derrocará a la vieja sociedad» (7)

En síntesis, el objetivo que ha perseguido, y sigue persiguiendo esta acción, al no ser meramente puntual, sino integrante de un trabajo constante, es el teje de unas relaciones con este sector de masas concreto que durante tanto tiempo ha sido excluido por parte del MCEe, así como por la ‘sociedad oficial’. Es la constatación de nuestro deber de conocer la realidad concreta y cambiante de las masas, y en este caso, de las personas más perjudicadas por el moderno régimen de producción. Expresa por lo tanto la responsabilidad que tenemos como comunistas de comprender cuál es el potencial revolucionario, generado en su transformación desde la ideología comunista, de nuestra clase, y por ello de nosotras mismas. Para poder ser integradas, en tanto sector de masas, en una táctica-plan general, en manos del partido, como programa de la Revolución.

2) Rosa luxemburg, Introducción a la economía política, p. 144-145.
3) Ibíd., 150.
4) Ibíd., 143.
5) Ibíd., 151.
6) Mao Tse-tung, Ánalisis de las clases de la sociedad china., p. 16 https://www.marxists.org/espanol/mao/escritos/AC26s.html
7) Karl Marx, Miseria de la filosofía. Septima y última observación https://www.marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/005.htm

Un pensamiento en “Se hace camino al andar”

  1. Y que el Cielo sean nuestras manos;maravillosa acción la suya en las calles de Madrid.
    La alcaldesa de Calais prohíbe dar de comer a los refugiados….
    Si no nos ayudamos entre nosotros ,quién lo va Hacer?

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