El último cartucho del reformismo

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La voz del filósofo no se dirige confidencialmente al pueblo (que no se ocupa de eso y
tiene pocas o ningunas noticias de sus escritos), sino respetuosamente al Estado,
implorándole que tome en consideración la necesidad popular del derecho.

Immanuel Kant

Como burgueses que son, los filósofos pactan en la praxis con los poderes que, según su teoría, están condenados.

Th. Adorno & Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración

Hemos sido sorprendidos por la condensación filosófica más sagaz, en territorio patrio, del pensamiento republicano ilustrado y la Realpolitik populista. Viene esta vez de la mano de Carlos Fernández Liria, vestido con el traje de gala que comparte con Alba Rico y su Guattari particular, Alegre Zahonero. Asisten al funeral del apolillado marxismo de viejo cuño, torpe y pesado para la creación intelectual, senil para la política efectiva (que le es y le será siempre ajena, porque ajeno le es el “sentido común”). No vienen solos. Fernández Liria es acompañado además por un consejero de Estado de Mitterrand (Régis Debray), el filósofo “perfecto” (Kant), varios diálogos socráticos, un poco de mala antropología y teoría psicoanalíticai. Levantarán la bandera del “populismo de izquierdas, la única escapatoria que tenemos” (La Tuerka, min. 24:50). Todo ello en un único libro, “En defensa del populismo”.


Antes de entrar en consideraciones particulares, es notorio un movimiento implícito a lo largo de todo el libro, movimiento que es condición del desenvolvimiento teórico posterior. Fernández Liria se propone acabar con toda conciencia marxista previa, que sin duda le disgusta, repugna y hastía. El marxismo ha pecado. Ha “pensado muy mal la esencia de lo político” (p. 45), descuidó “la lógica de lo colectivo”, según la cual “no hay grupo si no hay religión” (p. 48), no atinó a la hora de llamar “burguesía” a la clase económicamente (¡y solo económicamente!) dominante en la sociedad capitalista (p. 52), pensó el desarrollo social, especialmente su travesía por la India, escatológicamente encaminado al comunismo (p. 75)ii, restringió el concepto de lo moderno a epifenómeno del capitalismo (p. 85), “convirtió” (sí, el marxismo, en la teoría) “insensatamente” a la burguesía en clase protagonista de la Revolución Francesa (p. 86), no ha entendido que ahora los revolucionarios son los ricos y que nosotros (la pequeña burguesía y la aristocracia obrera) tenemos mucho que conservar de este sistema (p. 96-97), se empeñó en que “el derecho, la ciudadanía, la división de poderes, el parlamentarismo, etc., todo el andamiaje, en suma, de lo que llamamos Estado moderno no era otra cosa que la otra cara de la moneda de aquello que se pretendía combatir: el capitalismo”, siendo este “el mayor error del marxismo” (p. 99) y por ello “le regaló al enemigo toda la teoría del Estado moderno y, con ella, todo el pensamiento republicano de la Ilustración” (p. 109), cayó en la imprudencia de querer inventar “algo mejor que la democracia parlamentaria y algo mejor que el garantismo jurídico” (p. 110), creyó ver al hombre nuevo en el espejo y quién sabe cuántas tropelías más. Un negocio ruinoso, en definitiva. Nuestro instructor de educación para la ciudadanía, quién sabe si también asesor económico, recomendará a los todavía marxistas (y a la izquierda radical que bebe de Negri, a la que odia con especial ímpetu porque coexiste en sus facultades) inversiones más rentables.


Si, como señala Lacan, Marx es el responsable de la noción de síntoma, es también el síntoma de nuestro profesor universitario. Por un lado, es el papá al que hay que respetar, figura ejemplar, un papá que además no era marxista. Por otro, tuvo más hijos, marxistas estos sí, hermanos de Liria, hijo bastardo, con los que establece rivalidad para autoafirmarse como filósofo diferenciado de esa vulgar tradición oficial.

Todas estas cuestiones las detallaremos más adelante, pero subrayaremos algo sobre lo que descansan todos esos reproches: la aniquilación del marxismo como concepción del mundoiii. Es reducido a teoría y práctica políticas, en especial en lo tocante a la cuestión del Estado. Así, es tan sencillo como poner de manifiesto su inoperancia actual para refutarlo y consiguientemente desecharloiv. Liria se encuadra en la larga tradición de renegados intelectuales.


Lo político y la política


Antes de aventurarse a presentarnos lo que tiene bajo el brazo, Fernández Liria quiere demarcar muy estrictamente los límites visibles de la Ilustración (o, mejor, del pensamiento moderno), pues quiere asentar su construcción teórica sobre suelo firme. Para comenzar, establece que la Ilustración no es homogénea a ninguna totalidad histórica, temporal. Esto nos permite transitar del Menón de Platón a las “exigencias políticas irrenunciables”, en las que se expresa el proyecto ilustrado, que formulaba la
ONU en 1948.


Como bien señalaba, Razón e Historia no son uno, no caminan en la misma dirección. La primera se topó con un curso histórico que era muy contrario a sus pretensiones. Estas exigencias tuvieron que desengañarse frente a un modelo político “antropológicamente mucho más natural” (p. 31), en el caso griego el Rey poeta. Liria viene aleccionado de casa, no es tan ingenuo como aquellos ilustrados que, detentando la verdad, creían que por ser tal acabaría imponiéndose. Es un tipo más sereno, realista y reflexivo. En política, “la mentira y la verdad tienen condiciones materiales de existencia” (p. 37), no se limitan a divergencias epistemológicas. Los engaños subsisten anclados en todo el entramado vital
de quienes son engañados.


Por suerte para la Ilustración, nuestro profesor conoce la “consistencia antropológica” del ser humano, los “límites antropológicos de la acción política” y nos recomienda varias veces, con Debray, que “hace falta ser un poco antropólogo” (p. 44-46). Así, Liria nos advertirá contra aquellas tentativas políticas cuyos resultados se asemejan a los que obtendría el pez proponiéndose salir del agua. Se acabaron los años dorados de la Ilustración en los que era esperable que la luz de la razón acabase con toda sombra. La superstición, el miedo, la neurosis, la creencia irracional es objetiva, necesaria, “condición de existencia de los agregados políticos” (p. 44). Hasta aquí, lo sustantivo de su argumentación. Le queda derribar el marxismo que pudo ir más allá de ella.


Todo lo anterior el marxismo no lo supo ver. Pensó lo político como correlato pasivo del desarrollo económico (¡para el cual, por cierto, el capital no es un límite!). No se dio cuenta de que “lo político no se modifica sustancialmente con el desarrollo de las fuerzas productivas y ni siquiera con el cambio de modo de producción” (p. 45). Nada del Marx que tiene por objeto de crítica radical todas las formas sociales de la modernidad, hijas del capital como forma total de reproducción social. Una burda desfiguración del marxismo que adolece, respecto a estas dos últimas tesis, cuanto menos de dos grandes insuficiencias.


En primer lugar, se reduce lo político a una matriz formal, en términos preferentemente schmittianos, extensible a toda política singular, para después deducir que comparativamente no se modifica. Es decir, no se evalúa la política desde su práctica, sus fines y sus medios específicos, desde la formación social-económica, la clase, que determina el contenido del proceso, su singularidad, sino que, asumido el necesario desplazamiento populista, se encierra en determinaciones relativas al grado de intensidad
de la asociación y disociación de los hombres en el marco amigo/enemigov. De ahí que pueda poner en la base de todo hecho social, y con él todo hecho político, “una fuerza incontrolada, aparentemente irracional, que no se pliega ni a la lógica, ni a los programas ni a las exigencias de ninguna razón instrumental” (p. 45). De ahí que se pueda desestimar la praxis revolucionaria del partido de nuevo tipo bolchevique como iterativa. En este postulado agonista de la política se esconde su trasfondo democrático-burgués. El antagonismo se reduce a autoinstitución política dentro de la institución política burguesa, a conflicto agónico, haciendo imposible la perspectiva de la eliminación de uno de los contendientes y de las condiciones sociales que producen a ambos y su lucha.


No puede ver diferencias “sustanciales” entre la política pequeñoburguesa de Podemos y la incorporación activa, por vez primera, de grandes masas de explotados a la política bajo la dirección del proletariado y su partido, la creación de instituciones de Nuevo Poder, órganos legislativos y ejecutivos como palanca de la más grande revolución social moderna. Desde luego, no negamos que existan dinámicas imprevisibles e incontrolables, sino que estas sean un obstáculo absoluto para la consecución de los fines y medios que se propone la política comunista, así como las consecuencias que se desprenden de estos (la extinción del carácter político del poder público, entre otros). Liria hace de esta distorsión, de “esta alquimia necesaria” un principio trascendental de las formaciones políticas, haciendo implícitamente trascendentales las formaciones políticas mismas. La posición marxista al respecto, por su parte, no dejó lugar a este tipo de ilusiones:

«las revoluciones, dentro del régimen de división del trabajo, tenían necesariamente que conducir a nuevas instituciones políticas (…) la revolución comunista, al acabar con la división del trabajo elimina por último las instituciones políticas»vi.

En segundo lugar, se habla de cambio de modo de producción, haciendo del socialismo resultado de la Revolución de Octubre algo asimilable a esta categoría marxista fundamental. Aquí, nuestro Kant comparte punto de vista con el marxismo más vulgar. Al hacer del socialismo un modo de producción con su principio de autorreproducción en sí mismo, se lo piensa como desarrollado sobre sus propias bases, autosuficiente, perdiéndose así de vista su caracterización como etapa de transición al comunismo, negando la dictadura del proletariado como “periodo de preparación de las condiciones que harán posible la realización plena del comunismo”vii, debilitando el papel activo del Partido Comunista y dando lugar a su asimilación por el Estado.

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Hegemonía y populismo


El siguiente paso es hibridar la neurosis social con la imposibilidad de cerrazón del círculo de la política. Como este círculo no puede cerrarse desde sí mismo, debe cerrarse desde afuera. Es decir, la autopresentación de las entidades sociales como políticas, del pueblo por sí mismo, es imposible. A esta exterioridad la llama “lo religioso”. Veamos por qué. Fernández Liria ha compartido espacios de todo tipo con el revisionismo (es conocida su abierta admiración por Anguita), ha atravesado movimientos sociales y conoce a la perfección la tónica general del Movimiento Comunista del Estado Español. Un mundo en
el que se juega sobre la base de identidades y siglas, no de ideología revolucionaria, teoría de vanguardia. Pareciera que ha generalizado la tónica general de este entorno a lo político:

«En lo que llamamos “luchas ideológicas” podría decirse que lo que menos hay es ideología. La lucha ideológica nunca es una polémica sobre ideas, sino una rivalidad de pertenencias a grupos» (p. 72).


Como consecuencia, entendemos, no cabe fijar la lucha ideológica como motor de la línea de masas, ni por tanto la política como desarrollo de esta. En último término, desestima la teoría, desanima a sus lectores a desarrollarla para planificar su práctica, imposibilita la construcción de movimiento revolucionario (que, actualmente no puede existir al margen del marxismo)viii. Bajo el desplazamiento populista, la “superstición” que “no se puede eliminar” (p. 159), conduce a la caracterización del ser humano como “ser chapucero, finito y modesto” (p. 148). Esta pone en circulación la materialidad religiosa del discurso político populista que Liria quiere hacer extensiva a lo político, ocultando su claudicación ante la ideología burguesa. El cinismo pretendidamente realista le sirve para aleccionar a sus compañeros de profesión, esa “casta de intelectuales académicos”: “Populismos siempre va a haber. No hay que rasgarse las vestiduras” (p. 161). Otra vez más, el oportunismo se escuda en “lo menos malo”, aquello que violenta y fuerza a escoger entre alternativas preestablecidas, todas ellas internas al mundo burgués, formas diversas de un único comando del capital sobre el conjunto de la reproducción social: distintos populismos, el de izquierdas o el de derechas, y su posible deriva fascista.


Para introducir más ampliamente la problemática populista, nuestro Kant recurre a la “hegemonía”, guiñando un ojo a Gramsciix. La hegemonía consistiría en la apropiación del sentido común, la vivencia por parte de la mayoría de la población de intereses específicos (clasistas) como generales. Este factor sería más determinante que el coercitivo, que relega exclusivamente a épocas de descomposición política (p. 51). La lucha política se centraría en “instalarse en el sentido común de la población” (p. 52). El significado práctico de esta consigna es manifiesto: reducir las exigencias de la política, tanto en propaganda como en agitación, a lo que actualmente es aceptable por el sentido común más adocenado.


El comunismo revolucionario, aquel que Fernández Liria repudia por ignorar, tiene otra cosa que decir. La hegemonía supone un terreno común, un posible campo de acción y pensamiento compartidos. Es por ello que no hay hegemonía ideológica admisible del marxismo sobre la burguesía como clase y su Estado, exclusivamente antagonismox. Es aquí donde nuestro citoyen hace trampa: la lucha política no se reduce a la lucha por la hegemonía, sino también y, principalmente, a la lucha en torno al poder del Estado. Encubriendo tácitamente este hecho pone el Estado como entidad neutral que se disputan las clases en pugna, algo que también pueden hegemonizar junto al sentido comúnxi. Deja de ser aquello que la revolución popular requiere destruir, y pasa a ser una institución que podemos poner al servicio de la Ilustración.


En cuanto a la conquista del sentido común, es preciso hacer un apunte. Los marxistas no entendemos el sentido común como objeto indiferenciado de apropiación. Para desarrollar política, y política de clase, el Partido Comunista tiene que nacer dentro del proletariado (no desde su movimiento espontáneo). Requiere la fusión del ideario comunista con los elementos más avanzados de la clase para constituirse, la actuación política de la clase como clase revolucionaria contra todo el régimen político y social existentexii. Es por eso que nuestra línea de masas no se dirige indistintamente al “sentido común”, sino a los elementos de la clase más avanzados, diferenciando en este proceso etapas con tareas diversasxiii. Actualmente, sin embargo, este paso no ha sido completado. Ni siquiera se ha desarrollado la ideología comunista a la altura de las exigencias de nuestra épocaxiv, menos aún ha sido traducida en Línea, Programa y Organización. El oportunismo de todo tipo aprovecha este hecho para parodiar el marxismo afirmando que con la ideología solamente, tal como la hemos heredado de la historia del movimiento obrero, no transformaremos ninguna relación social. Es tan cierta esta afirmación que somos los marxistas consecuentes quienes la asumimos con mayor seriedad.


Lo que piensan las masas

Fernández Liria y el marxismo de viejo cuño tienen una convicción común: las masas ni piensan ni pueden pensar. La teoría revolucionaria no tendrá influencia social. Uno lo sostiene porque ve en las masas únicamente un conjunto de intereses constituidos en torno a pertenencias y asentado en la apelación al sentimiento y la creencia. Otro porque ve en el movimiento espontáneo de la clase un camino suficiente hacia su emancipación. En cualquier caso, las masas, siguiendo a Platón, siempre hablarán el lenguaje de las sombras, las sombras de una luz que solo los filósofos pueden ver. Nosotros, en oposición, extraemos de las condiciones actuales de la lucha de clases las etapas, y tareas aparejadas a cada una de ellas, encaminadas a la reconstitución del Partido Comunista en el Estado Español, es decir, del proletariado consciente capaz de desplegar su praxis revolucionaria. Esta elevación de las masas de la clase al nivel de la conciencia comunista es condición de la incorporación de las grandes masas a la política, condición de la
dirección efectiva del proceso revolucionario por el proletariado, de su configuración como proletariado revolucionario. Lenin lo expresa como sigue:

«Nosotros, después de todo, en medio de la masa del pueblo, somos como una gota en el mar, y sólo podemos gobernar si sabemos expresar con acierto lo que el pueblo piensa. Sin esto, ni el partido comunista conducirá al proletariado ni el proletariado conducirá a las amplias masas, y toda la máquina se desmoronará»xv.


Con la ideología no es suficiente. Esta debe ser traducida en Línea política, esbozo general de las tareas históricas del proletariado, piedra de toque para la asunción de las bases y principios del marxismo. El Programa, en la medida en la que avanza la reconstitución, plasma el desarrollo singular de la Línea, resultado del trabajo partidario de masas encaminado a la consecución de la primeraxvi. Cuando ambas confluyen, cuando sean una y la misma cosa, es decir, estén formuladas como Programa de la Revolución socialista en el Estado Español, el Partido Comunista culmina su reconstitución y puede plantear este
Programa de la revolución como exigencia actual del movimiento de masas, orbitando ya sobre la unidad política de la clase, movimiento revolucionario organizado, que es el Partido.


En este sentido, “expresar con acierto lo que el pueblo piensa” está muy lejos de doblegarse a lo que piensa ahora, cuando lo subyuga la ideología burguesa y la práctica reformista. Es precisamente hacer viva la conciencia comunista, actuante políticamente, único medio para encaminar el antagonismo entre burguesía y proletariado al alcance de su influjo social, la construcción activa de la dirección proletaria del proceso de transformación revolucionaria. Por ello, podemos desechar otra de las críticas recurrentes
del populismo al marxismo: su identificación ingenua entre clase social y agregado político. La clase obrera, en su reproducción espontánea, es una categoría inmanente a las relaciones sociales de producción del capital, personificación de estas y en ningún caso trascendente a la sociedad burguesa. Por el contrario, en el Partido Comunista no subsiste el proletariado tal como era antes, en su disgregación política y conformación corporativa. Tan solo resta el proceso revolucionario de la clase encaminado a acabar con la miseria propia, su eterna condición de clase asalariada y subyugada al poder burgués, y las condiciones de vida que la engendran, tanto a ella como a una humanidad dividida en clases sociales. Marx expresó genialmente que la clase obrera es revolucionaria o no es nadaxvii. Hoy podemos decir: la clase obrera lucha como Partido Comunista o no es revolucionaria, es decir, no es nada.


Lo nuevo de la clase obrera


Para Fernández Liria, el término burguesía “resulta cada vez más problemático” (p. 52). Y todo ello porque “una enorme proporción de asalariados son, al mismo tiempo, accionistas empresariales” (Ibid.). Eso nos lleva a la conclusión de que “la lucha de clases atraviesa ahora (sic!), por tanto, a los propios ciudadanos” (Ibid.). Se ha vuelto complicado “distinguir clases sociales como quien distingue equipos en un partido de fútbol” (Ibid.). Semejante analfabetismo en materia de marxismo es abrumador. Entendemos que no haya podido abordar con seriedad el estudio del aparato categorial marxista mientras estaba ocupado en estudiar a autores serios como Montesquieu, Rousseau y Kant. 
Frente a esta confusión analítica de nuestro republicano, será preciso esclarecer hasta las nociones más básicas. La definición marxista fundamental resume escuetamente el concepto de clase social:


«Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que en su mayor parte las leyes refrendan y formalizan), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo de percibir y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse del trabajo de otro por ocupar puestos diferentes en un régimen determinado de economía social»xviii.


Estas delimitaciones generales del concepto “clase social” están en la actualidad perfectamente vivas. Sin embargo, nos encontramos frente a dificultades analíticas a la hora de determinar la pertenencia de sujetos individuales. Esto se debe a que dentro de las grandes clases de la sociedad burguesa, existen osiciones de clase de dos tipos, principalmente: las polarizadas (coincidentes con las clases stricto sensu) y contradictorias (disposiciones híbridas o mixtas)xix. A nuestro abjurador le basta la indicación de una situación de las de segundo tipo para hacer borrosas las demarcaciones de clase, para confundir a la clase capitalista, propietaria de capital que vive de la apropiación de trabajo ajeno, a la pequeña burguesía y el sector más aburguesado de la clase obrera con la mayoría social de desposeídos, excluidos de la riqueza social objetivamente producida. No seremos tan ingenuos de figurarnos que su desliz se pueda reducir a un “error epistemológico”. El enfoque tiene años:

«el oportunismo tendió siempre, por una parte, a presentar como muy profundas las estratificaciones económicas objetivas en el seno del proletariado, y, por otra, a acentuar el parecido de la “situación vital” de las diversas capas proletarias, semiproletarias, pequeñoburguesas, etc., de tal modo que la unidad y la sustantividad de la clase se perdieran en esa “diferenciación”»xx.


El hecho de identificar las múltiples situaciones vitales lleva a negar la unidad del ser social que es presupuesto de la unidad de conciencia y acción de la clase, esto es, su partido. En el caso de Liria tiene un trasfondo más amplio, visible en sus lamentaciones de pequeñoburgués:

«¿Es una utopía lograr que los jóvenes mejor formados de la historia de España no tengan que emigrar para trabajar de camareros en Alemania o en Laponia? ¿No es esto un increíble despilfarro de capital humano, como suele decirse? ¿Es una utopía lograr que haya profesores y médicos? ¿Es una utopía intentar, por ejemplo, que haya un verdadero turno de abogados de oficio en este país, que funcione con eficacia y dignidad?» (p. 134).


Las preocupaciones sociales de este citoyen metido a antropólogo destacan por restringirse a sectores privilegiados y opulentos del salariado con condiciones de vida pequeñoburguesas, directamente beneficiados del carácter imperialista del Estado español. Los inmigrantes y su miserable situación también le preocupan, pero sólo en términos humanos. En política tienen poco que decir. La base social pequeñoburguesa de Podemos, de la que Liria es vocero, no se piensa como clase política, sino que querría incluir dentro de su movimiento todos los sectores proletarios, semiproletarios, etc., en aquello que engloban en “los de abajo”. Y no en términos reales, incorporándolos a su política, a sus organizaciones y organismos. La pequeña burguesía ni tiene ni tendrá la capacidad de dirección de la mayoría de los explotados. Tampoco la de dominio sobre el Estado (sí influencia, hoy por lo demás visible). Solo le queda la apelación a la buena conciencia del aparato burocrático del Estado moderno.


La sentencia del proletariado le aterra: “destrucción de todo mecanismo estatal burgués de abajo arriba -parlamentario, judicial, militar, burocrático, administrativo, municipal, etc.”xxi. Eso que el marxismo quiso inventar como “algo mejor que la democracia parlamentaria” es la enseñanza práctica, históricamente viva, de la Comuna, confirmada por la Revolución de Octubre.


¿Y el Estado qué?

“La teoría del Estado moderno no está tan mal pensada, que es, incluso una idea muy buena” (p. 89), nos informa. Cuando nos habla de la ausencia de teoría marxista del Estado, cuanto repite machaconamente que el marxismo regaló la teoría del Estado, su finalidad es única: barrer el terreno para poder hablar en contra de todo lo que la tradición comunista y revolucionaria ha dicho y hecho respecto al Estado en su nombre. El filósofo nos advierte de que, aunque el Estado y la “dictadura económica capitalista” surgiesen a la vez, “hay que pensarlos por separado” (p. 90-91). Con pensarlos por separado no se limita a criticar a cierto marxismo vulgar que diluye ingenuamente lo político en lo social. Se trataría de dos dinámicas contrapuestas, una encaminada a ser soporte material de la libertad encarnada por la ilustración, otra a desvirtuar aquel muy bien pensado proyecto. El poder económico tendría “secuestrado” al poder político, por lo que este habría dejado de ser “poder”. Bella metáfora, por lo demás. El citoyen tendrá por deber rescatar al Estado de sus secuestradores.


En esta cuestión, las citas de Marx se le acaban. Su bibliografía sobre el Estado debe de estar repleta de textos de Kant y, al parecer, aquel de Althusser en el sostiene que Marx jamás elaboró una teoría del Estado. Nosotros no nos contentamos con eso. Marx dijo no precisamente poco al respecto, y el olvido interesado de ello es una concesión a la teoría del Estado del enemigo, esta vez sí. Las bases materialistas de la teoría fueron firmemente asentadas:


«Es siempre en la relación inmediata de producción entre el propietario de los medios de producción y el productor directo (…) que hay que buscar el fundamento escondido de todo el edificio social y, por consiguiente, de la forma que asume la relación de soberanía y dependencia, en fin, la forma específica que reviste el Estado en un período dado” xxii.

La función del Estado moderno, de derecho o no, como garante de la relación salarial queda también al descubierto. Pero poco importa esto al filósofo. La proletarización de sectores de la aristocracia obrera, la pérdida de sus privilegios obtenidos a expensas del proletariado de los países oprimidos, ampliamente mayoritario a día de hoy a escala mundial, lo tiene gravemente preocupado. Para él, las conquistas de la lucha obrera se limitan a la legislación estatal obtenida en los estados imperialistas. Las revoluciones proletarias no fueron conquistas, al parecer. La deducción lógica es simple: “Acabar con el Estado hoy en día sería como dejar a la clase obrera en pelotas” (p. 94). Pero… ¿a qué clase obrera? ¿Aquella oprimida por el aparato burocrático militar estatal? ¿Aquella condenada a trabajar para el capital por lo necesario para reproducirse como clase explotada? ¿O, quizás, aquella que, oscilando en torno a las condiciones de vida pequeñoburguesas, ve en el Estado el garante de su posición social previa y, por ello, el garante del orden social burgués? Ahora entendemos por qué “el colmo fue ya el antiestatalismo de la tradición marxista» (p. 140).


La única respuesta, oposición entre ilustración republicana y capitalismo. La razón podrá tener más espacio de actuación bajo condiciones no capitalistas. La razón conquistó “el sufragio femenino o la ley del divorcio” (p. 105), aunque la política no sea resultado de esta. El resultado inmediato de la deshistorización de la política: su desvinculación con los intereses de los diversos grupos sociales clasistas. El único cobijo que encuentra en la política es aquel que deja “más sitio” a la razón (p. 107), un orden jurídico que se pueda regular exclusivamente conforme a la ley misma, librándonos de tiranías varias. El filósofo nos empuja a la subsunción de todas las dinámicas de la economía social en un “tinglado legislativo” que “sirva de norma y de medida a cualquier sociedad y cualquier época” (p. 115). Queda anulada la posibilidad de la concepción unitaria del desarrollo histórico, en beneficio del dualismo que nos permitiría poner instituciones políticas, coyunturales, al servicio de la consistencia y torpeza antropológica humana. El absurdo, fiel producto de la abstracción política moderna, acaba en razonamientos como este, con paráfrasis de la célebre cita de Marx («un negro es un negro, solo bajo determinadas condiciones se convierte en un esclavo»): 
“un Parlamento es un Parlamento, solo bajo determinadas condiciones se convierte en una estafa” (p. 123).


El problema viene cuando se evidencia que el ser un medio para la instauración de una organización comunista del trabajo social, armar a los obreros y desarmar a la burguesía, servir a las amplias masas explotadas y a los intereses de los obreros revolucionarios no es una posible propiedad relacional del Parlamento (y del parlamentarismo como política), mientras que ser otra cosa que esclavo (también asalariado) sí lo es de cualquier ser humano. No nos encontramos sino ante otra víctima de la abstracción política. La verdadera vida es para él la del ciudadano abstracto que ha de serlo independientemente
de toda determinación social, material (¡es por ello que está convencido de que “no se puede hablar de ciudadanía ahí donde no hay independencia civil”! (p. 63)), la del hombre igual en el cielo político. Como lo asevera Marx:

«Al establecer de manera real su existencia política como su existencia verdadera, la sociedad civil burguesa ha planteado al mismo tiempo como inesencial su existencia de sociedad civil burguesa en tanto que difiere de su existencia política»xxiii.


Este es el único significado del rechazo al capitalismo por parte de nuestro Kant, cuando afirma que “el  capitalismo no es compatible con la ciudadanía” (p. 230-231): descartar aquello que difiere de la existencia política ideal de la república burguesa, es decir, la sociedad civil burguesa en su conjunto, que no es libre ni igual, desde la imagen que arroja de sí su Estado político separadoxxiv. El asunto llega al delirio de permitirse sostener que “lo que hemos tenido hasta ahora no ha sido un Estado moderno, sino capitalismo” (p. 236). Un rechazo del capitalismo desde la ilusión política burguesa, un rechazo utópico.

El paso a la utopía

Citemos extensamente a Marx respecto a aquellos socialistas franceses que se reivindicaban de la Revolución Francesa, que tanto nos recuerdan a Fernández Liria, y a la precisa definición de utopismo:

«la tontería de aquellos socialistas (en particular los franceses, quienes procuran demostrar que el socialismo es la realización de las ideas de la sociedad burguesa proclamadas por la Revolución Francesa) según las cuales el intercambio, el valor de cambio, etc. originariamente (en el tiempo) o ateniéndose a su concepto (en su forma apropiada) constituyen un sistema de libertad e igualdad para todos, pero que han sido desnaturalizados por el dinero, el capital, etc. O también que la historia ha hecho hasta nuestros días intentos aún fallidos de realizar esas ideas con arreglo a su verdadera naturaleza -descubierta hoy por los verdaderos socialistas, entre ellos Proudhon, o Santiago el Mayor-, por ese motivo se debe proporcionar la historia auténtica de estas relaciones en lugar de la falsa. Cabe responderles lo siguiente: el valor de cambio o, más ajustadamente, el sistema monetario, es en los hechos el sistema de la igualdad y la libertad; las perturbaciones que se presentan en el desarrollo reciente del sistema son perturbaciones inmanentes al mismo, precisamente la realización de la igualdad y la libertad, que se acreditan como desigualdad y carencia de libertad. (…) Lo que distingue a estos señores de los apologistas burgueses es por un lado el atisbo de las contradicciones insertas en el sistema; por el otro el utopismo, el no comprender la diferencia necesaria entre la conformación ideal de la sociedad burguesa y, de ahí, el querer acometer la vana empresa de realizar la expresión ideal de esta sociedad, expresión que es tan sólo la imagen refleja de tal realidad»xxv.


Antes de nada, Liria deja claro su compromiso con el proyecto social de la Revolución Francesa. Después, nos persuade de que “es preciso encarcelar al dinero mediante una vigilancia exhaustiva y una legislación implacable” (p. 119), no vaya a convertirse en capital, trabajo asalariado, etc. Con todo, “Libertad, Igualdad, Fraternidad son, por tanto, la consecuencia política inevitable de una conocida tríada platónica que, en resumidas cuentas, no hace otra cosa que despejar esa incógnita a la que llamamos ‘razón’” (p. 143), ¡nada que ver con el actual sistema monetario! Un Estado de derecho es, asimismo, “el receptáculo del dilema platónico que impone la decisión entre convencer y obedecer a las leyes, eludiendo el mortal paso de Cronos” (p. 229)xxvi. Y por si fuera poco, nos expone la verdadera naturaleza del mandamiento que predicaban los misioneros: ¡“estaban predicando la forma misma de la razón” (p. 144)!. Demos gracias porque nuestro republicano lo haya descubierto y pueda poner al día al resto de la Academia.

La empresa utópica del filósofo es sencilla: “el Parlamento tiene que ser, de verdad (sic!), un Parlamento” (p. 128), “defendemos que esto sea de verdad un orden constitucional” (p. 129), “que la política sea, sencillamente, un poco más parecida a lo que dice ser” (p. 136), política que, por cierto, es antes que nada “eso que dice la Constitución” (Ibid.). Las declaraciones del estilo se suceden interminablemente. El piadoso utopismo del filósofo no dejará de ser, en efecto, utópico.


Sobre esta República que nos trae al mundo, es preciso rescatar reflexiones del viejo Engels:

«En la República moderna se instaura finalmente la igualdad política pura, igualdad todavía sometida en todas las monarquías a ciertas restricciones. Y esta igualdad, ¿es acaso otra cosa que declarar que los antagonismos de clase no conciernen al Estado, que los burgueses tienen derecho a ser burgueses como los trabajadores a ser proletarios?»xxvii. Concluye que es la forma de Estado en el que la lucha de clases se deshace de sus últimas trabas y prepara el terreno para la última lucha histórica entre clases. Liria, sin embargo, quiere hacer de ella el terreno en el que esta última lucha termina felizmente.


¿Y la economía?


En cuanto a la economía, dice ser revolucionario. Cuando habla efectivamente de economía, pisa enteramente el terreno del reformismo. Leyendo al asesor económico de podemos, “uno no ve más que un intento desesperado de regresar a una cierta sensatez (sic!) keynesiana, como la que hubo en Europa hasta los años ochenta. Se demanda de lo más normal: un Parlamento que pueda legislar sobre la economía” (p. 137). Nos habla de lo mismo cuando nos relata 
“el caso de los países que lograron construir un aceptable Estado de bienestar, en una época en la que el proteccionismo social y económico era lo habitual. En la medida en que los dispositivos económicos proteccionistas lograron instituir unas condiciones de vida antropológicamente (sic!) ‘viables’ o, si se quiere, ‘normales’, del mismo modo que los progresos de la Ilustración fueron también innegables. Fue bajo el marco del proteccionismo, en la era keynesiana de la economía occidental, cuando más eficazmente se combatieron los arcaísmos y tribalismos” (p. 78).


En cierto modo, el reformismo que se propone, es impracticable en sus propios términos. Y lo sabe. Pero no por ello deja de hacerlo. La nueva situación, dice, “nos coloca del lado reformista y constitucional frente a unos antisistema neoliberales” (p. 100). Se aventura a afirmar que “ lo que se dibuja en el horizonte es una Internacional Reformista” (p. 101), de la que sin duda formarán parte los pequeños burgueses republicanos y sus sicofantes académicos. “Somos el último cartucho del reformismo”, dijo en el “Foro por el cambio” de Podemos. Mientras, el proletariado comunista pone todo su ímpetu y su energía
revolucionaria en el proceso de constitución partidaria, que impone en primer lugar un programa de transformación (única forma de actualización) de la crítica categorial del proceso social, pasado y presente, de la economía política, etc., es decir, la crítica revolucionaria, la reconstitución ideológica. Son las exigencias de resolución de las tareas de la lucha de clases quienes fijan las dinámicas y los tiempos de reconstitución, no las masas. Conforme se concluyan y encadenen estas, la pequeña burguesía restituya su posición social y su proyecto político mengüe, recibirá los embates de la clase obrera. Entonces, será el cartucho ya utilizado de un arma en manos de las autoridades del Estado.

Jorge Yparraguirre

***

i Lo relativo a la teoría psicoanalítica puede resumirse en un excursus, el capítulo 7, que no va más allá de la constatación de las dificultades psíquicas a las que se enfrenta el proyecto Ilustrado. Estas abrirán la puerta al razonamiento que sostiene por ello la necesidad del momento populista. No es casual que en esto, las “malas noticias” que nos trae Freud, Fernández Liria venga de la mano del infame Jorge Alemán.

ii Respecto a su comentario del pasaje de Marx que cita, nos limitaremos a subrayar que en la traducción que utiliza desaparece la interrogación del texto original, por lo que puede atribuir con ligereza a Marx una justificación teleológica de la miseria humana en la India. Por lo demás, es suficiente con leer imparcialmente el conjunto de artículos de Marx en el New York Tribune para observar cómo limita su caracterización del período burgués a las posibilidades de desarrollo humano que abre, al mismo tiempo que subraya incansable la barbarie que lo constituye. Por citar brevemente una irreprochable muestra de ello: “Todo lo que la burguesía inglesa se vea obligada a hacer no servirá (!) ni para la emancipación en masa del pueblo de la india ni para la mejora material de sus condiciones de vida, que no solo dependen del desarrollo de la energía productiva, sino de que el pueblo se apropie de ésta. Lo que sin embargo no dejará de hacer es impedir que se den las premisas materiales para ambas cosas” (K. Marx, Artículos periodísticos, Alba editorial, p. 301). El bueno de Liria se permite reformularlo: “Inglaterra proletarizará la India, aunque sea a costa de matar de hambre a millones de personas. Los proletarios se harán comunistas y acabarán con el capitalismo” (p. 66).

iii Quizás haya tomado nota de uno de los últimos grandes idealistas, más refinado que ningún otro, que se expresaba al respecto sin ambages: “El término concepción del mundo supone un discurso muy distinto del nuestro, el de la filosofía. Nada está menos asegurado, si se sale del discurso filosófico, que la existencia del mundo. No queda sino sonreír cuando se oye afirmar que el discurso analítico implica algo del orden de tal concepción. Diré aún más: que se emplee dicho término para designar el marxismo también me da risa. No me parece que el marxismo pueda hacerse pasar por una concepción del mundo”. (Jacques Lacan, Aun, Paidós, 1981, p. 42) Es destacable también que el joven maoísta Alain Badiou, crítico con el idealismo (post)estructural lacaniano (véase su Teoría del sujeto), heredase también esta perspectiva, que lo llevaría a abandonar el marxismo a mediados de los 80. El marxismo, en respuesta a las exigencias de la lucha de clases de cada época, asumía varias formas (no en el sentido idealista de encarnación de una idea) en políticas singulares, con sus categorías correspondientes, como vida de hipótesis políticas discontinuas: marxismo, leninismo, maoísmo. La política, entendida así, debía ser practicable para ser tal, y cuando el maoísmo, marxismo en su actualidad durante aquellos años, deja de ser operativo, el marxismo le resultó perimido.

iv Aquí, desde luego, no ha tomado nota del que una vez fue su maestro, en grandísima medida culpable de los alumnos que ha tenido (ni hablar ya de la degeneración de los crecidos en el Estado español): “El marxismo no se desembarazará de las tragedias de su historia condenándolas o deplorándolas: eso corresponde a la moral y es una forma de abdicación teórica y política. Para el marxismo resulta vital reconocerlas, hacerse cargo de ellas, ponerlas al orden del día, ir a su raíz y forjar los medios teóricos necesarios para comprender. Ello no tiene nada que ver tampoco con la simple curiosidad intelectual: ver claro en un pasado irreversible. Lo que está en juego en esta reflexión radical es el marxismo hoy: cuando comience a conocerse por fin tal como es podrá por fin cambiar, es decir, ser él mismo”. (Louis Althusser, El marxismo hoy, en La soledad de Maquiavelo, Akal, 2008, p. 328).

v Carl Schmitt es diáfano en alusión a ello: “El fenómeno de lo político sólo se deja aprehender por referencia a la posibilidad real de la agrupación según amigos y enemigos”, sin querer reducir todas sus determinaciones a éstas y matizando que “por sí mismo, lo político no acota un campo propio de la realidad, sino sólo un cierto grado de intensidad de la asociación o disociación de hombres” (El concepto de lo político, Alianza Editorial, 2014, p. 67-70). Chantal Mouffe ejemplifica también este punto de vista: “’…lo político’ cuyo criterio específico es la discriminación entre amigo y enemigo. (…) La dimensión de lo político tiene que ver con el conflicto y el antagonismo y constituye por lo tanto una esfera de decisión y no de libre discusión”, para ella, eso sí, ¡“de una manera que sea compatible con la democracia pluralista”! (Íñigo Errejón y Chantal Mouffe, Construir pueblo, Icaria editorial, p.47-50).

vi K. Marx y F. Engels, La ideología alemana, Akal, p. 335.

vii Lenin, Proyecto del programa del PC (b) de Rusia, en ¿Qué es el poder soviético?, Editorial progreso, p. 21.

viii Rosa Luxemburgo (Oportunismo en la teoría y en la práctica, en Reforma o revolución) introduce un matiz fundamental: “Desde el punto de vista histórico, la lucha de clases proletaria no es idéntica al sistema marxista. Porque antes de Marx, e independientemente de él, surgieron diversos movimientos obreros y doctrinas socialistas, cada una de las cuales fue, a su manera, expresión teórica, según las circunstancias del momento, de la lucha de la clase obrera por su emancipación. (…) Y estas teorías, a pesar de su insuficiencia fueron, en su momento, teorías efectivas (wirkliche) para la lucha de clases proletaria. Pero después del desarrollo de la lucha de clases y su reflejo en las condiciones sociales condujeron al abandono de dichas teorías y a la elaboración de los principios del socialismo científico, no podía haber socialismo -al menos en Alemania- fuera del socialismo marxista, y no podía haber lucha de clases socialista fuera de la socialdemocracia. De ahí en adelante, socialismo y marxismo, lucha proletaria por la emancipación y socialdemocracia se volvieron idénticos”.

ix Otra vez, las fuentes bibliográficas son más probas: “Gramsci dice que el núcleo central de una hegemonía tiene que ser siempre una clase fundamental, eso fue algo que abandonamos” (Íñigo Errejón y Chantal Mouffe, Ibid., p. 33).

x “El concepto de hegemonía es correcto si nos referimos a la situación de la clase obrera y de su Partido Comunista en relación con el resto de las masas oprimidas, pero no en relación al enemigo de clase: ahí no es un problema de hegemonía sino de contradicciones antagónicas que solo pueden resolverse por medio de la fuerza, sea cual sea el grado que alcance esa guerra civil” (PCR, La Forja Nº 12, p. 5). Por otra parte, al tratarse esta cita de una reflexión más bien accesoria no nos permite valorar el aporte gramsciano que amplía el marco teórico hacia los modernos controles que ejerce la burguesía sobre la clase obrera, mucho más cercano a la objetivación práctica de la imposición de la Weltanschauung subjetiva que aparece por ejemplo en la La ideología alemana.

xi A este respecto, Mouffe es más honesta: “(el Estado) se trata de un campo de lucha con el cual hay que involucrarse para transformarlo profundamente y ponerlo al servicio de las fuerzas populares” (Íñigo Errejón y Cantal Mouffe, Ibid., p. 69). Tanto ella como Errejón manejan claves político-prácticas que no tiene Liria, lo cual les aventaja a la hora de formular análisis más afinados de la realidad social.

xii “El problema de la organización de un partido revolucionario no puede desarrollarse orgánicamente sino a partir de una teoría de la revolución misma. Sólo cuando la revolución se ha convertido en un problema del día aparece en la consciencia de las masas y de sus portavoces teóricos con imperiosa necesidad la cuestión de la organización revolucionaria” (G. Lukács, Observaciones de método acerca del problema de la organización, en Historia y consciencia de clase). Partiendo de aquí, estamos autorizados a decir que, desde el punto de vista de la política, del Partido, la Reconstitución es la primera etapa de la Revolución.

xiii La esencia de esta táctica de constitución política de la clase es esbozada primitivamente por Lenin ya en 1894, a pesar de que no subdivida con la precisión que hoy requieren las etapas previas a dicha constitución: “A la clase de los obreros dirigen los socialdemócratas toda su atención y toda su actividad. Cuando sus representantes avanzados asimilen las ideas del socialismo científico, la idea del papel histórico del obrero ruso, cuando estas ideas alcancen una amplia difusión y entre los obreros se creen unas sólidas organizaciones, que transformen la actual guerra económica dispersa de los obreros un una lucha consciente de clases, entonces el obrero ruso, alzándose a la cabeza de todos los elementos democráticos, derribará al absolutismo ruso y conducirá al proletariado ruso (al lado del proletariado de todos los países) por el camino de la lucha política abierta a la revolución comunista victoriosa” (Lenin, ¿Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas?, Siglo XXI editores, 1974, p. 202).

xiv “No puede haber un fuerte partido socialista sin una teoría revolucionaria que agrupe a todos los socialistas, de la que estos extraigan todas sus convicciones y la apliquen en sus procedimientos de lucha y métodos de acción, Defender la doctrina, que según la más profunda convicción es verdadera, contra los ataques infundados de los enemigos y contra los intentos de corromperla, no significa, en modo alguno, ser enemigo de toda crítica. No consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo perfecto e intangible: estamos convencidos, por el contrario, de que no ha hecho sino colocar la piedra angular de la ciencia que los socialistas deben desarrollar en todas direcciones, si es que no quieren quedar rezagados en la vida. Creemos que para los socialistas rusos es particularmente necesario desarrollar independientemente la teoría de Marx, porque esta teoría da solamente los principios orientadores generales, que se aplican en particular a Inglaterra, de un modo distinto que a Francia; a Francia, de un modo distinto que a Alemania; a Alemania, de un modo distinto que a Rusia” (Lenin, Nuestro programa, O. C., t. 4., Akal, p. 215-216).

xv Lenin, Del informe político del Comité Central al XI Congreso del PC (b) de Rusia, O. C., t. 45.

xvi Encontramos en el Groupe pour la fondation de l’Union des Communistes de France Marxistes Léninistes la formulación más aproximada, de la que precisamos un balance más exhaustivo, de esta problemática, también con sus limitaciones.: “La línea es aquella de la organización comunista, aquella del partido. La línea dice: vamos a destruir el Estado burgués, a reemplazarlo por un Estado de dictadura del proletariado fundado sobre la alianza de obreros y campesinos. Ella dice: hoy en Francia hace falta edificar un nuevo partido comunista, y nuestra tarea, la de la UCFML, es “volver a poner la cuestión del partido en manos de la clase obrera, organizar a la vanguardia y edificar la organización comunista en el seno del movimiento de masas”. La línea toma posición sobre el poder, sobre el Estado. El programa revolucionario es otra cosa: dice aquello que el pueblo quiere ver transformado concretamente en todas las relaciones sociales. Él es el pensamiento político popular sobre la transformación de todos los aspectos de la sociedad: el trabajo, la ciudad y el campo, la enseñanza y la ciencia, los derechos, las relaciones entre hombres y mujeres. El programa es realista: él tiene en cuenta las relaciones de fuerza reales en todo momento, de los amigos y de los enemigos. (…) Proletaria, es la línea la que lo es. El programa debe ser revolucionario y popular. Es para la construcción de un programa que un partido marxista-leninista-maoísta, que es el partido de la clase obrera, debe demostrar que es también, y al mismo tiempo, el núcleo dirigente de todo el pueblo. (…) Programa y partido van juntos. En Francia, hoy en día, al mismo tiempo que el partido de nuevo tipo, el programa se construye en el seno del movimiento de masas. Programa popular y programa de clase, como el partido: proletario y núcleo dirigente de todo el pueblo” (UCFML, Le marxiste-léniniste Nº12, p. 22-23).

xvii http://marxists.anu.edu.au/archive/marx/works/1865/letters/65_02_18.htm

xviii Lenin, Una gran iniciativa, en ¿Qué es el poder soviético?, Editorial progreso, p. 41-42.

xix Todo ello es expuesto con especial cuidado analítico en un reciente libro de Maxi Nieto Ferrández (¿Cómo funciona la economía capitalista? Una introducción a la teoría del valor-trabajo de Marx, Escolar y Mayo, 2015, p. 147-149). El libro es una recuperación al más alto nivel de la crítica de la economía política presentada como exposición global de los hallazgos científicos de Marx. Se introduce polémicamente en el debate entre Martínez Marzoa, por un lado, y Fernández Liria y Luis Alegre por otro, en torno a los precios de producción, realiza aportes destacables respecto de la economía socialista y muchos otros ámbitos. Sin duda, es un libro recomendable como introducción general. Asimismo, encontramos ciertas limitaciones, propias de la respetabilidad burguesa a la que aspira el “marxismo” académico, relativas al coqueteo con el pensamiento republicano y la caracterización de la concepción del mundo marxista como sigue: “el proyecto comunista de Marx no plantea otra cosa que no sea asumir consecuentemente lo que el capitalismo proclama pero por su propia naturaleza clasista no puede cumplir” (p. 370). Esta caracterización la debatiremos más adelante, pues se trata de una proclama idéntica a la de Fernández Liria, que Marx tildaría de “utopismo”.

xx G. Lukács, Ibid.

xxi Lenin, Las tesis para el II Congreso de la Internacional Comunista, en ¿Qué es el poder soviético?, Editorial progreso, p. 71.

xxii K. Marx, citado en Antoine Artous, Marx, el Estado y la política, p. 13.

xxiii K. Marx, citado en Ibid., p. 75.

xxiv Antoine Artous nos dice, respecto a la teorización del Estado en el joven Marx: “La problemática es la del Estado separado, la de una oposición entre Estado y sociedad civil, que es precisamente señal de una adecuación del Estado moderno a la sociedad civil burguesa: el Estado separado es la forma política de esta última” (Ibid., p. 247).

xxv K. Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, vol. I, Siglo XXI Editores, p. 187.

xxvi Llegando al final, cual postre apto solo para quienes han tragado ya 230 páginas, nos confiesa: “el Estado nación es una gran victoria de la civilización que hace muy bien justicia a la condición híbrida y sublunar (sic!) del ser humano (sic!). Es cosa de muy sentido común, pero de un sentido común podríamos decir que muy racional. Lo que podría llamarse, pues, “una buena idea”” (p. 230).

xxvii Citado en Antoine Artous, Ibid., p. 165.

3 pensamientos en “El último cartucho del reformismo”

  1. Un muy buen trabajo, esclarecedor.
    Sin embargo no estoy de acuerdo con la reconstitución ideológica. Lo correcto es la reconstitución del Partido Comunista.
    La ideología no se reconstituye, es algo dado ,existe por desarrollo histórico. Otra cosa es definir cual o tal desarrollo es acertado, mediante un Balance crítico, incorporando lo correcto y desechando los errores del proceso vivido.
    Como en cualquier Ciencia.
    Si esperamos el Acierto Completo, nos quedaríamos todos dormidos. Los errores fueron necesarios para Avanzar, así es siempre.Son los errores parte necesaria del Acierto.
    Independiente del conocimiento que tengamos ,un Continente como Ámerica ,existe ,sin necesidad de redescubrirse.La reconstitución ideológica nos sitúa en el camino de encontrar ,antes de andar,una vacuna Absoluta,obtenida con el pensamiento puro, haciendo que nuestras PIERNAS útiles permanezcan postradas en una silla de ruedas,felices en la Soledad del Pensamiento.La Lucha es la Revolución.
    El éxito garantizado esta en el campo de la teología, en el mundo de los muertos.Echar la culpa de nuestra derrota en una Etapa,del Ciclo de la Revolución proletaria Mundial,es negar el desarrollo y, refugiarse en la Religión.
    Definir el Proceso,Sancionar…..reconstituir el vehículo que produzca el Movimiento

    1. Buenas camarada,

      Estamos completamente de acuerdo contigo en que lo más adecuado para sintetizar la labor política actual de los comunistas es hablar de reconstitución del Partido Comunista. Simplemente, a efectos de diferenciar las facetas que ese proceso de reconstitución partidaria nos impone, hablamos del aspecto ideológico y del político de este. Pero no son sino dos modalidades de una misma realidad.

      Compartimos además la valoración que haces al respecto de que no hay primero una “reconstitución de la ideología al completo” y luego viene dada necesariamente y con garantías totales “la reconstitución política”. Esa separación que hacen algunas personas nace de una aversión intelectualista a las masas y, en definitiva, a la Revolución. Para hacer de esta un proceso vivo es necesaria una relación con la realidad social en su aspecto más concreto, y dicho contacto no se puede dar sino a través de una práctica omnímoda (orientada por la ideología comunista), que es precisamente la que nos va a permitir que la clase obrera se forje como fuerza política antagonista, en nuestro caso, en la realidad del Estado español.

      Es en ese sentido que consideramos que la ideología, que si bien está desarrollada en sus pilares fundamentales y en líneas más específicas por las experiencias revolucionarias del pasado siglo, necesita de un desarrollo independiente en cada lugar y en cada momento. Precisa ser elaborada para dar respuesta a las exigencias del presente (y comprender sus mutaciones), acabar con las teorías pseudocomunistas inconsecuentes y eludir los fracasos de las pasadas experiencias revolucionarias. La crítica de las categorías de socialización capitalista (condición de su superación) no es ni mucho menos un dato objetivo, independiente de nuestro trabajo conceptual, menos aún la perspectiva de su fusión con el movimiento real de la clase obrera encaminado a la emancipación de la humanidad. La teorización del mercado de la izquierda burguesa (como lo hace Polanyi) la conduce a políticas reformistas internas a la modernización capitalista. Asimismo, nuestra comprensión de la Revolución Cultural proletaria china es indispensable para la superación de los límites internos de las tentativas comunistas previas, así como para la reivindicación de sus aciertos y avances, por poner varios ejemplos.

      La ideología revolucionaria no es atemporal ni se ha construido al margen de hechos concretos que le han permitido desarrollarse, tampoco es un producto pasivo del desarrollo histórico. Es parte del movimiento comunista (aunque no esté inmediatamente fusionada con él), sin el cual, como nos enseñó Mao, no hay comunismo. Un movimiento agrupado sobre una teoría revolucionaria, de la que se extraen todas las convicciones y que se aplique en todos los procedimientos de lucha y métodos de acción, tal como es definido por Lenin en la nota xiv, bajo el nombre de “fuerte partido socialista”. Si la realidad cambia y evoluciona, la ideología revolucionaria tiene que avanzar con ella. De lo contrario, se mantiene eternamente desligada de la realidad política misma. Y es por eso que encaminamos nuestro ímpetu a terminar con la disociación de ambas (que asume la forma burguesa), en un proceso en el que ambas se van a ver alteradas, constituyéndose como actividad de la clase, y de cuya nueva relación debe de resurgir de nuevo el partido proletario de nuevo tipo, el Partido Comunista.

      ¡Gracias por tu aportación, compañero!

  2. «La gente dice; ¡qué bueno es el comunismo! pero ¡qué lejos! ¡cuán largo es el camino!
    ¿ por qué? porque se considera que el comunismo es como un pórtico al cual se entra y es la maravilla, pero no se ve como un proceso constante de construcción con logros concretos en cada paso; los comunistas sabemos que no veremos el comunismo y no por eso dejamos de luchar, he ahí como la convicción y fortaleza de un comunista es plausible para llevar a cabo la edificación del comunismo sin obtener ventajas personales y con desinterés absoluto.
    Abimael Guzmán Reynoso-1993

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