¡Contra toda opresión!

«Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales»

Karl Marx

Desde el FRML hemos decidido apoyar públicamente el proyecto Contra la homofobia.

Creemos que el estado de nuestro movimiento exige este tipo de iniciativas y sobretodo de una profunda autocrítica respecto a los problemas que se señalan.

La cuestión de la homofobia, del machismo, del racismo, o de  cualquier forma de opresión no es algo ajeno a nuestra conciencia solo por el hecho de llamarnos comunistas.

No se trata de un problema que existe meramente fuera del ámbito de los comunistas, no se trata de una cuestión de «fachas». Por el contrario es algo a lo que nos exponemos todas y todos (y que debemos combatir constantemente en nosotros mismos) solo por el hecho de vivir en esta sociedad y que no va a abandonarnos hasta que nos deshagamos de las causas materiales que posibilitan estas opresiones en cualquiera de sus expresiones.

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Nuestra intención, pues; es combatir las actitudes reaccionarias propias (como vigilancia revolucionaria) y las del conjunto del movimiento (como crítica). Asimismo, no queremos que nuestra firma se quede en letra muerta, apoyando moralmente la iniciativa sino que tenemos la firme voluntad de confrontar lo necesario sobre estas cuestiones, ya que hoy más que nunca son problemas que necesitan ser resueltos dentro del torrente de la Revolución Proletaria.

Igualmente, nos sorprende que ninguna organización comunista participe de esta iniciativa. Invitamos a toda aquella que realmente esté contra toda opresión, a sumarse.

¡Contra toda forma de opresión!

Conflicto de Arcelor y políticas de las clases

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El inicio del conflicto entre trabajadores y Arcelor Mittal tanto en Zumarraga como en Sestao, que ha existido desde su fundación de forma más o menos aguda, se saldó con manifestaciones, indignación obrera y lucha. En las manifestaciones más recientes se han condensado en una sola consigna las reivindicaciones de los trabajadores y múltiples sectores sociales: «Por una política industrial real». Y, frente a la aparente unidad en torno a esta exigencia, cabe preguntarse qué entienda cada sector social, cada clase, por una misma consigna.

-El partido de la mediana y gran burguesía vasca (PNV), que defiende los intereses de los patrones nacionales en su conjunto, declara el debate al margen del alcance de la política, afirmando que las exigencias de la dinámica del capital no se pueden sino acatar. A lo sumo, se plantea la posibilidad de evitar las consecuencias sociales nefastas de ésta, reubicando trabajadores en distintas localidades en las que Arcelor Mittal se sitúa. Se ignora, por un lado, la imposibilidad de muchas familias, cuyo sustento depende únicamente del salario de uno de sus componentes adultos, para el desplazamiento, o la de quienes, teniendo más miembros de la familia empleados en la localidad, no pueden arrastrarlos. Por otra parte, hay trabajadores para quienes no es la primera relocalización y que ven, en su propia experiencia, que no se trata de un conflicto local o comarcal, sino social. La posición de este partido no encierra una mala lectura de la situación, sino la defensa directa del poder social de las clases poseedoras.

-La pequeña burguesía nacional y estatal, por su parte, organizada en EH Bildu (también en Podemos, algo visible en su intercambio de votos), encontraba la causa de todos los males en «la incapacidad de Lakua para activar una política industrial eficaz», como si ésta dependiese de la gestión política del PNV y no de una dinámica económica que se desarrolla independientemente de la voluntad de éste, y a la que obedece. Su propuesta frente al conflicto actual reside en «la creación de un fondo de inversión industrial público dotado con 800 millones» (…) «para atender, por ejemplo, las necesidades de financiación de empresas como Arcelor Zumarra o ACB» (https://ehbildu.eus/es/noticias/9356-la … ial-eficaz). Traduzcamos esto a lenguaje común: costeemos estatalmente a las empresas (no a los trabajadores) en los ámbitos en los que su actividad no es tan alta como la media (China, etc.), lo que no quiere decir que no sea rentable. Es decir, demos los medios disponibles a quien no vive sino de esclavizar trabajo ajeno, para que siga haciéndolo sin las nefastas consecuencias sociales a las que conduce necesariamente. Quieren, en último término, que los burgueses sean burgueses en beneficio de la clase obrera. No pasará de ser una utopía.

A pesar de ello, no hemos dejado de ver solidaridad por su parte. Es necesario localizar las raíces sociales de la misma y de sus posible posiciones políticas. Esto muestra no una sensibilidad social especialmente aguda por las fuerzas sociales organizadas en torno a EH Bildu, pequeños comercios, etc. Más bien, muestra a la perfección el temor en la misma vida práctica de la pequeña burguesía -empleados por cuenta propia, pequeños comercios, etc.- a su proletarización, a su tránsito a la clase desposeída que abarca la inmensa mayoría de la sociedad. Esta dinámica es descrita perfectamente en el Manifiesto: «Las capas medias -el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino-, todas ellas luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son, pues, revolucionarias, sino reaccionarias». Sin embargo, esto no excluye que puedan adoptar posiciones revolucionarias: «Son revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado«. Y solo entonces iremos de su mano.

-La posición del proletariado, sin embargo, es bien distinta a la de las distintas clases que tienen no poco que salvaguardar de la sociedad moderna, y que forman una parte reducida de ella. El proletariado sabe que su fuerza resulta exclusivamente de la unión y la asociación: lo mostró la solidaridad de los y las trabajadores de Eroski que salieron de su puesto de trabajo en apoyo a los manifestantes. Lo muestra la historia de luchas que se remonta, a través de la narración y experiencia en absoluto desconocida para las familias obreras y que además alimenta su lucha actual, a la lucha proletaria de los años 60, 70, 80 en Orbegozo, Madaya, Agurain, Lezo, etc. Se ha vuelto popular en los últimos tiempos la idea de que cualquier grupo social, por el hecho de sufrir algún tipo de opresión, tiene la capacidad de lucha autónoma y de dirección del resto de las masas por su liberación. Nosotros estamos muy lejos de esa idea: «Sólo el proletariado -en virtud de su papel económico- es capaz de ser el jefe de todas las masas trabajadoras y explotadas, a quienes con frecuencia la burguesía explota, esclaviza y oprime no menos, sino más que a los proletarios, pero que no son capaces de luchar por su cuenta para alcanzar su propia liberación» (Lenin, El estado y la revolución, Cap. 2, 1). Y precisamente, cuando hablamos de la lucha histórica del proletariado, del objetivo último del movimiento obrero en su conjunto, a pesar de que no aparezca como tal en luchas aisladas, se trata de su emancipación económica, la emancipación del trabajo, el fin de las clases mismas y del dominio político que de ellas resulta. Y es precisamente la tarea activa de los comunistas señalarlo, pues, como se dice en el Manifiesto, defendemos los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de su nacionalidad, y los del movimiento en su conjunto, tanto inmediatos como futuros.

La política industrial obrera, si significa algo, es la acción política consciente por la abolición de las relaciones de producción dominantes, del trabajo asalariado y del capital, de las formas de apropiación hasta hoy vigentes y de las relaciones sociales que se desprenden de ellas, en pos de una gestión asociada del conjunto de la producción. En último término, «una reglamentación colectiva y organizada de la producción acorde con las necesidades de la sociedad y del individuo (…) de una parte, apropiación directamente social, como medio para mantener y ampliar la producción; de otra parte, apropiación directamente individual, como medio de vida y de disfrute» (F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico). Hay quien considera que esto no pasa de mera quimera. Nosotros respondemos: quimera no es la potencia del movimiento comunista, sino la idea de que la mísera base del capital sobre la que se desarrolla el régimen de producción moderno no es un impedimento para su desarrollo ulterior, que no conduce a destrucción de fuerzas productivas sociales por medio de la ruina de capitales individuales, de crisis, sobreproducción, etc. Se nos responderá que quizás esto sea cierto, pero que el papel del empresario, del burgués, es imprescindible para llevar adelante el proceso productivo. Nada más lejos de la realidad. Por ejemplo, los propietarios de Arcelor Mittal no tienen ningún papel especial en el proceso productivo, no desempeñan ninguna función (y lo más importante, en caso de que lo hiciesen no tendrían por qué hacerlo); éstas las llevan a cabo empleados a sueldo. Los directores y sus equipos son quienes dirigen el proceso productivo, hasta al punto de desplazar la funcionalidad de los propietarios, que se limitan a acumular trabajo ajeno. La propiedad, por su parte, es en la sociedad actual dominio sobre el este trabajo. «Debido a su divorcio respecto de la producción real y a su decreciente influencia, el horizonte de los meros poseedores de títulos de propiedad se estrecha; sus condiciones de vida y su actitud se vuelven cada vez más inapropiadas para posiciones socialmente decisivas, y, por último, la participación en la propiedad, que todavía mantienen sin poder hacer nada efectivo para que aumente, aparece como socialmente inútil» (Max Horkheimer, Teoría tradicional y teoría crítica). Desde esta perspectiva «el capital no es, pues, una fuerza personal; es una fuerza social» (Manifiesto), y la hostilidad obrera se vuelca no sólo contra Lakshmi Mittal y sus derroches, sino contra toda la sociedad burguesa.

Se ha observado, asimismo, la asistencia, bajo su propia bandera, de Gazte Komunistak a las distintas manifestaciones. Su participación se ha limitado a exaltar las consignas ya dadas, a la reproducción de las máximas del movimiento de masas tal cual es. Nos preguntamos si no podrían haber hecho lo mismo bajo título individual, sin necesidad de alzar una bandera distintiva. El espontaneísmo es infame. No porque la espontaneidad sea mala. Al contrario, de buen grado acogeríamos el aumento de la espontaneidad obrera, de su lucha, de su indignación. Pero lo haríamos precisamente porque esto amplía objetivamente el espacio de intervención política comunista, de su revolucionarización. Exaltar la espontaneidad es la mejor manera de matarla. Si queremos reforzarla, armarla para futuras luchas progresivamente más amplias, para una indisoluble vinculación de su movimiento económico y su acción política, debemos situar la unidad ideológica al mando, unificar la teoría socialista con el movimiento obrero (hoy en día, es cierto, este espacio es restringido), en vez de hacer apología del mismo en su estado actual, que es sectorial y parcelado. Y, además, si los comunistas se limitasen a ello serían superfluos. No está de más recordarlo: no lo somos. Por su parte, el partido de GK, el PCE-EPK, afirma que el cierre «responde a la lógica neoliberal y capitalista de deslocalizar el tejido productivo de nuestro país y de precarizar al máximo posible las condiciones laborales del conjunto de trabajadores y trabajadoras». Para contraponer la necesidad de «la reindustrialización y el fortalecimiento del tejido productivo, la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía y la recuperación de las empresas públicas privatizadas, y el fortalecimiento y blindaje de la negociación colectiva». Quisiéramos matizar algunas ambigüedades y errores que encierra esta concepción, que no podemos dejar pasar. El fenómeno de la deslocalización no se trata del resultado de una voluntad especialmente perversa de los empresarios. Al contrario, se inscribe en tendencias naturales de la producción capitalista. Es manifiesto que «cuanto mayores son las fuerzas productivas del trabajo, menos trabajo se invierte en una cantidad dada de productos» (Karl Marx, Salario, precio y ganancia, VI). Es decir, con el progresivo desarrollo de las capacidades técnicas y científicas, se reduce el tiempo de trabajo empleado en la producción dada, y por tanto, el de obreros. Todo ello de forma relativa, pues el volumen de la producción aumenta incesantemente. El número de asalariados, del capital global invertido en salarios, ha aumentado a escala mundial, pero se reduce en proporción a la maquinaria, materias primas, medios de producción de todo tipo, etc. Por tanto, «al desarrollarse la industria, la demanda de trabajo no avanza al mismo tiempo que la acumulación del capital. Aumenta, sin duda, pero aumenta en una proporción constantemente decreciente comparándola con el incremento del capital» (Ibid., XIV). Y esta demanda se satisface, cuando el salario y la competencia ponen en aprietos la rentabilidad, en los llamados «países en desarrollo». Oponerse a ello, como tendencia general de la producción capitalista, es una quimera, que descansa sobre la incomprensión lo que se pretende transformar. Es problemático también situar la solución en la nacionalización y en el aumento de la influencia del sector público por las siguientes razones: la nacionalización no es todavía socialización, es decir, no es el control efectivo de los trabajadores sobre sus condiciones de existencia, principalmente sobre sus medios de producción y sus productos, y el sector público no deja de ser estatal, es decir, no deja de ser una forma jurídica distinta de la propiedad capitalista que descansa sobre el sistema de salario. Desde luego, no rechazamos la acción de los trabajadores contra este fenómeno, que hace de la incertidumbre por su sustento su día a día, que los relanza al menú de los patrones a precios cada vez más míseros. No entendemos aquí la miseria como carencia, como la falta de algo, como hambre o pobreza, sino como la exclusión de la riqueza objetivamente producida, socialmente disponible, que se restringe a su participación en ella por medio del salario (Karl Marx, Grundrisse). De ahí que si bien esta acción asociada es necesaria, debe serlo como medio para la preparación de la acción política general de la clase obrera, para su organización en partido. En el ámbito económico, es indiscutible, la fuerza está del lado de las clases poseedoras. Es únicamente la acción política autónoma del proletariado quien puede situar a las clases poseedoras y sus lacayos en su conjunto en el punto de mira.

Los sindicatos, en este conflicto como en todos los que abordan, no han sido los representantes de los intereses de todos los trabajadores. Afirmamos que en la etapa histórica actual no solo no lo son, sino que no pueden serlo. Hoy en día operan como parte del convenio colectivo, como su garantía, es decir, garantía de la paz y armonía entre clases. Nos gustaría desarrollar este punto en otro lugar. No es casual que un partido pseudo-comunista como el PCE-EPK insista en «el fortalecimiento y blindaje de la negociación colectiva». Se ha podido ver que aquí los sindicatos sólo han abandonado (y desde luego no del todo) sus intereses propios, políticos y corporativos, para sumarse a las demandas de los obreros cuando éstos les han hecho frente.

Cuando se afirma «no somos 300, somos todo el pueblo» se tiene más razón de la que se cree. Y no porque los pueblos de Zumarraga y Sestao en su conjunto, cada uno de sus habitantes, se haya volcado con el conflicto, sino porque de la continuidad del conflicto entre burguesía y proletariado, del que la actual lucha es una manifestación más, y de su resolución consciente que conduce a la emancipación social, dependen no sólo el pueblo sino toda la sociedad.