2 alcaldesas y el fracaso comunista

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Aún es pronto para medir todas las consecuencias de la jornada electoral de ayer, aún ni los propios vencedores y perdedores han podido hacerse a la idea de los cambios.

Las encuestas previas señalaban un panorama cambiante pero como siempre, las encuestas por una parte son una mera aproximación a una sociedad muy compleja y por otra más de una vez han cumplido como aparatos de propaganda. Si una encuesta da a tu partido como ganador electoral, no va a dudar. Si lo da como claro perdedor, posiblemente busques un «plan B».

Las dos estrellas de la noche fueron Manuela Carmena y Ada Colau, dos mujeres que si no hay grandes sorpresas terminarán en la alcaldía de Madrid y Barcelona. Las dos llevadas allí por eso que algunos llaman «la nueva política» frente a la casta, frente a la «política del régimen», frente al «bipartidismo». Lo nuevo frente a lo viejo, pero no el proletariado frente a la burguesía.

Hace 4 años, una semana antes de la fecha de estas elecciones, salía en el Estado a la calle una marea de gente, sin objetivo claro, simplemente con algunas ideas vagas en la cabeza. Se hacían llamar indignados, decían cosas como que «no hay pan para tanto chorizo» o «PSOE y PP, la misma mierda es». Al margen de las estupideces de algunos, que intentaron en aquel momento encontrar un vínculo «oculto», masónico quizá, incluso puede que en relación con alguna especie alienígena, se trataba esencialmente de la espontaneidad de las masas. Una vía de salida a las tensiones que la crisis capitalista estaba y seguía creando en algunos sectores sociales.

Un par de años antes, Ada Colau había empezado a trabajar en algo llamado Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que luego se uniría en muchos espacios comunes con el conjunto del movimiento 15M. La hipoteca, como muchos otros problemas o inquietudes de las masas fueron el motor que sumó a mucha gente a las actividades del 15M, fue lo que politizó a mucha gente joven y a otra en el ámbito de la pasividad. En cierta medida incluso, el 15M ha supuesto luego un flujo de gente hacia organizaciones comunistas, gente que quería algo más que el 15M y algo más que el reformismo (poca, por desgracia).

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¿Qué hacíamos los comunistas entonces? Poco o nada. Algunos incluso en lugar de intentar hacer algo, eso que algunos siempre nos recriminan a otros sobre «acercarse a las masas», tacharon la espontaneidad de las masas de movimiento fascista, incluso llegando a comparar iniciativas como «Rodea el Congreso» con la quema del Reichstag.

Las masas, en su espontaneidad no pueden, sin que un sector avanzado de ellas así lo empuje, adquirir una conciencia de clase para sí, una conciencia revolucionaria. Las masas no van a abrazar el comunismo sin que la vanguardia comunista sea quien activamente lleve a ellas la ideología revolucionaria.

Como decían Marx y Engels, «Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente.» ¡Sí, Marx y Engels ya sabían que la burguesía era dueña de los medios de comunicación, los que había entonces!

¿Por qué están ahí Manuela y Ada? Porque los comunistas no hemos estado a la altura de la situación, porque no hemos tenido capacidad para llegar a las masas y eso es así porque no hemos cumplido con otras tareas previas. El éxito de la socialdemocracia es también, y como comunistas debemos centrarnos en ello, el fracaso de los comunistas como movimiento capaz de transformar la realidad de manera revolucionaria. Podemos, Ganemos y otras tantas plataformas electorales que han surgido no son otra cosa que la institucionalización lógica del movimiento espontáneo al cual nadie ha dado conciencia revolucionaria. Dejemos de señalar la conciencia que no hay y empecemos a señalarnos a nosotros por no poder crearla.

Debemos felicitar a la nueva política burguesa, y a las nuevas políticas burguesas que van a ser alcaldesas. Han sabido interpretar la realidad y transformarla para sus intereses, nosotros no. Debemos aprender de ellas, pero no para sus intereses sino para los revolucionarios. Ayer una parte de la burguesía, de la pequeña burguesía y de la aristocracia obrera (arrastrando a gran parte del proletariado) consiguió dar en parte un giro a la administración política burguesa. Por el momento nosotros somos poco, no somos una «potente realidad política» como algunos con poco sentido del ridículo pretenden predicar.

Nuestro camino no ha cambiado, sigue haciendo falta la formación de cuadros comunistas, sigue haciendo falta la Reconstitución del Partido Comunista. De la realidad política de la burguesía debemos aprender, del enemigo en política siempre se aprende, pero no debemos permitir que nos saque de nuestro camino.

¡Nos queda un largo camino!

El reformismo ante la dominación burguesa

La democracia burguesa y la participación en ella, desde que el sufragio se extendió al proletariado, no es para este más que un velo ilusorio, un procedimiento mediante el cual las reivindicaciones justas y la lucha histórica de nuestra clase por el Poder se diluye, integrándose en las podridas estructuras institucionales del Estado burgués, el Viejo Poder, perdiendo así todo su contenido revolucionario. Un sistema político que se edifica sobre las tesis liberales rousseaunianas no puede superarse en la práctica desde dentro del mismo dadas las limitaciones inherentes a su naturaleza idealista que se desmarca de la realidad de la lucha de clases. Participar en esta farsa que son las elecciones, pretendiendo conquistar la mayoría, bajo el yugo de la burguesía y la esclavitud asalariada, y sólo después pretender conquistar el poder (Lenin) es una praxis en auge entre los oportunistas y significa renunciar a toda concepción materialista de la historia, pues lo único que se consigue es renunciar a la lucha de clases y a la Revolución por votaciones bajo el viejo Régimen del 78.

La burguesía aprende, hay que tenerlo en cuenta, y sabe que haciendo pasar por el aro de la democracia a sus enemigos políticos, haciéndolos acatar sus reglas del juego, es la forma más efectiva y sutil de castrar el posible potencial revolucionario de estos, que dedicarán todos sus esfuerzos a mendigar votos para, en el mejor de los casos, acabar gestionando lo público. Destruir el Estado burgués desde dentro del mismo es como reconstruir el PCE desde dentro del mismo; imposible. La única alternativa revolucionaria es la reconstitución del Partido Comunista con el que poder destruir lo viejo para construir lo nuevo.

Participar en el viejo Régimen en las condiciones actuales de inexistencia de sujeto revolucionario en forma de Partido Comunista es aceptar el Régimen y la dominación de clase ejercida por la burguesía mediante el Estado burgués y demuestra que aquellos tantos que dicen defender los derechos e intereses de la clase obrera no han comprendido ni el carácter materialista de la historia ni la cosmovisión revolucionaria materialista dialéctica, y por tanto son unos farsantes que bajo un discurso pseudorrevolucionario portan la ideología burguesa con la que engañan y contaminan a las masas susceptibles de revolucionarizarse.

Participando en el viejo Régimen solo se puede aspirar a reformar el capitalismo, y con ello, perfeccionar el sistema de dominación de la burguesía (el Estado) cuando de lo que se trata es de destruirlo. Aquellos que nos denominamos comunistas deberíamos de tener claro que si la Revolución significa acelerar el motor de la historia, reformar significa ponerle freno. ¡No pueden conseguirse reformas útiles para la Revolución si no existe sujeto revolucionario! ¿En qué quedan mejoras parciales y temporales en las condiciones de vida del proletariado si no están orientadas a una toma del poder, si es un “reformar por reformar”? Mejoras parciales y temporales las consiguen desde el PSOE hasta Podemos (si logra tener la capacidad para ello), y no por ello son partidos revolucionarios, solo el PC puede utilizar tácticamente las reformas en un proceso revolucionario.

¿Acaso algunos de tantos partidos, revolucionarios de palabra y burgueses de hecho, está en condiciones de lograr representación, paso necesario para cumplir sus aspiraciones reformistas? ¿Para qué tantísimo esfuerzo y desgaste para no sacar ni un diputado o concejal? Y en caso de sacarlo, ¿de qué serviría? Hay quienes justifican la participación en las elecciones aludiendo al carácter “agitativo” del Parlamento (o Ayuntamiento, más nos da), cuando está claro que, por una parte, las masas aborrecen de él, y por otro lado, que no se trata de ningún altavoz. Afirmar que el Parlamento es tal herramienta es una falacia que esgrimen los reformistas, aquellos que desean verse en un ayuntamiento o parlamento cobrando un sueldo público y viviendo del cretinismo parlamentario. De esta manera estos partidos utilizan a sus militantes, comunistas honrados por norma general, para sus propios fines, los cuales distan de la Revolución hasta el punto de ser contrarrevolucionarios y configurarse como enemigos de nuestra clase, precisamente aquella que dicen ser/representar.

En definitiva, para servirse del Parlamento se deben de cumplir dos condiciones íntimamente relacionadas entre si: 1) Existencia de sujeto revolucionario en forma de Partido Comunista, y 2) que se den unas condiciones concretas que justifiquen tal actividad. Mientras tanto, los comunistas renegamos del parlamentarismo y del trabajo parlamentario.

Los tópicos parlamentarios en el Movimiento Comunista

El Movimiento Comunista existente es muy heterogéneo, desde los que apoyan descaradamente el trabajo en organizaciones como Podemos hasta los que apoyan el terror individual inmediato para enfrentar al «Estado fascista». En él y entre la gente que aunque no reconociéndose directamente comunista orbita entorno a él, existen respecto a las elecciones posiciones enfrentadas. Entre ellas, encontramos los dos extremos dogmáticos: el trabajo parlamentario es traición y el trabajo parlamentario es siempre necesario (o incluso, la única vía para «tomar el Poder»).

Ya hemos comentado en alguna ocasión nuestra opinión al respecto de algunas de las organizaciones que ahora (y siempre) se presentan a las elecciones, que serán una opción electoral este domingo. No hay mucho nuevo que comentar al respecto, no ha habido ni se esperan grandes giros en las posiciones de este tipo de organizaciones, enfocadas en mayor o menor medida a la lucha a medio camino entre la calle y el parlamento burgués (aunque lo intenten negar como objetivo una y otra vez).

Nosotros no escribimos por escribir, no escribimos simplemente porque tengamos algo que decirle al Movimiento Comunista y queremos soltarlo cuanto antes. Escribimos esperando que de lo que decimos se consiga algo, esperando que el conjunto del Movimiento avance hacia la Reconstitución necesaria del Partido Comunista. Es por ello por lo que nos preocupa lo que realmente piensa el Movimiento Comunista, los integrantes, la fuerza motriz, y no lo que los cabecillas de determinadas organizaciones deciden publicar en sus órganos oficiales. Es por ello que escuchamos y seguiremos escuchando con atención a las bases de todas las organizaciones, sin importarnos el carácter oficial de las mismas. Porque el que no conoce a las masas, jamás podrá ayudarlas a que aprendan.

Por esto mismo, consideramos apropiado comentar algunos lugares comunes; algunas ideas repetidas una vez tras otra, en muchos casos por compañeros de diversas organizaciones… pero erradas igualmente.

Muchos camaradas nos han insistido en el papel del parlamento como altavoz, como lugar que nos puede ayudar a difundir el discurso revolucionario, como espacio que se puede transformar en una tribuna de denuncia proletaria del funcionamiento del sistema capitalista. Nos han insistido en la magnífica difusión que, imaginan, tiene todo aquello que se retransmite desde el parlamento burgués. Sin que sirva de precedente, aquí debemos dar la razón a algunos dirigentes de Podemos, cuando afirman que los debates políticos no se dan en los parlamentos sino en los medios.

El conocimiento de lo que sucede en el parlamento es anecdótico por parte de la inmensa mayoría de las masas, incluso dentro de los sectores más avanzados. El debate parlamentario no es algo de interés popular, y el escaso conocimiento que se tiene de lo que allí sucede llega precisamente por lo que los propios medios deciden sacar en informativos o tertulias de manera fragmentaria. La centralidad del debate político hace tiempo que se desplazó fuera de los parlamentos, habiéndose transformado los medios de comunicación de ser el mero canal informativo, al lugar del efectivo debate político. ¿Qué tiene entonces el Parlamento para que se le siga tratando casi como el medio idílico para la comunicación de nuestras posiciones como proletariado revolucionario? Más bien poco.

Asimismo, este mismo discurso lo hemos escuchado ya no sobre el parlamento, los ayuntamientos, etc… sino respecto a la propia campaña electoral. ¡Un perfecto momento para hablar de Karl Marx! ¿No? Sí, ciertamente la agitación política es más sencilla en el marco de una convocatoria electoral, pero no cualquier tipo de agitación política sino la agitación precisamente entorno a la misma convocatoria electoral. Así, algunas organizaciones se ven en la necesidad incluso de aclarar que todo eso que proponen en su campaña electoral son «simples medidas para aglutinar», es decir, que nadie debería pensar que lo van a conseguir ni las deberían tomar demasiado en serio, sino que son cosas que suenan bien para atraer a la clase obrera a su redil. Porque si la burguesía lleva 100 años haciendo política de masas, o política del engaño en masa, ¿no vamos a ser menos los comunistas, verdad?

Otra cuestión, no menos importante, es la idea de que votando a los comunistas (especialmente a algunos) la burguesía va a temer una Revolución y con ello va a conceder mejoras a la clase obrera. Seamos serios, los comunistas no estamos en condiciones de asustar a nadie, pero supongamos que fuéramos cientos de miles, organizados, con un plan claro… ¿en qué momento nuestro objetivo pasa por «asustar a la burguesía»? Solo hay dos opciones: la ingenuidad de que nos conviene simplemente asustar a la burguesía (nada que ver con el terror rojo) y esperar pacientemente al ascenso del fascismo o bien que el susto sea meramente un juego político dentro de un tira y afloja reformista. En cualquier caso, nadie niega que el miedo tenga que «cambiar de bando», pero con miedo de verdad y surgido de la ofensiva proletaria, con terror de masas. Pero eso no sucera ahora, y ni mucho menos porque el «partido comunista» de turno saque 1500 votos en lugar de 1000 votos.

Pero volvamos a la idea de conseguir mejoras para la clase obrera, aún descartando conscientemente una Revolución por vía parlamentaria, descartando que pueda servir para organizarla de ninguna manera. Posiblemente éste sea el punto más habitual, más repetido, la cuestión que más hemos escuchado, escuchamos y seguramente seguiremos escuchando mucho tiempo respecto a las organizaciones anticasta y otras que vienen a curar los males del capitalismo, pero no a terminar con el capitalismo. Sintiéndolo mucho, debemos repetirnos en lo que ya dijimos meses atrás sobre Podemos, a raíz del Debate del Estado de la Nación (sic!), la búsqueda en el propio capitalismo y especialmente en las propias vías que el capitalismo pone de mejoras para las condiciones de vida de la clase obrera, no es un acto revolucionario.

No somos tan estúpidos de sugerir, desde luego, que cuanto peor viva el proletariado mejor para la revolución, que se joda el que pase hambre y que espere para comer (si llega vivo) a que organicemos un movimiento revolucionario con capacidad para tomar el Poder y las riendas de la historia. No es incompatible alimentar con concienciar, no se puede ver de manera separada el dar solución a los problemas críticos de la clase, o de parte de la clase, de la organización de un movimiento revolucionario. No es este el lugar para hacer una exposición sistemática de una solución a ese problema, o a otros similares como el de la vivienda, dentro de una táctica revolucionaria. Pero sí podemos destacar iniciativas ya existentes entorno a bancos de alimentos, fuera de las dinámicas electorales, que hace tiempo que vienen dando un apoyo en casos extremos y sin dejar de ser una mera organización de la beneficencia caritativa sin ninguna capacidad real de politización y educación de masas en una dirección revolucionaria. Es fuera de la institucionalización de los problemas y de su solución donde éstos pueden encontrar una solución que realmente sirva al mismo tiempo para dar una salida inmediata y para poner las bases de la solución real, de raíz, del problema.

Esta misma lógica de intentar trucar el capitalismo para que sea menos terrible, que tenga una cara más amable, donde entra la frase histórica «si no votas, le haces el juego a la derecha», o «si no votas a XYZ le haces el juego al PP», o bien «lo importante ahora es unirnos para quitar al PP». Para ello lo único que nos queda es unirnos a otra parte de la burguesía, o a otra organización política de la burguesía con un proyecto político dentro del marco burgués distinto. En resumidas cuentas, pensando que estamos cumpliendo con una labor revolucionaria, terminar yendo a remolque de otra parte de la burguesía, ser unos peleles suyos, sin la más remota independencia política (e ideológica). El capitalismo no se puede eliminar mediante reformas sucesivas, esa no es una vía revolucionaria. Desde luego que se puede reformar, pero para mantenerlo como sistema social, para mantener a la burguesía como clase dominante.

Dejemos las ilusiones, y preparémonos para la batalla que nos espera.

Para ampliar algunos conceptos, puedes revisar:

La sociedad de clases, el Estado, el Parlamento burgués y la farsa democrática

A principios de mayo comenzó otra vez el espectáculo callejero más anodino del Capital. El telón del teatro electoral se abrió de nuevo, y las calles se engalanaron con los rostros y los discursos carentes de verdadero contenido de lo más casposo de la gestoría del Estado burgués, a la caza de una poltrona o en busca del control de una parcela de la explotación del capital español, tanto en concejalías como en ayuntamientos de todo el Estado. La farsa democrática, la mayor exhibición de la sofística¹ más vil hecha arte, arrecia en estos días en todos los medios de comunicación de la burguesía, tanto tras las serviles letras de la prensa burguesa y aristobrera, como tras las imágenes vacías de las pantallas de televisión.

Tras sus discursos y máscaras, ocultan sus intenciones a las masas explotadas, con promesas vacías de polichinela y fuegos de artificio en forma de supuestas medidas de justicia social (que un Estado en apariencia neutral puede brindar) que, al alcanzar la tan preciada gestoría del capital, se convertirán en palabras que se las llevará el viento. Mientras tanto, el proletariado que aún confía en este juego será traicionado, tanto por las diversas capas de burguesía y pequeña burguesía (PP, PSOE, Ciudadanos,…), como por los tahúres de la aristocracia obrera acomodada y cohesionada en sus intereses (a por su microparcelita y sus migajas) a los del Estado burgués, fantoches del revisionismo más burocrático y del populismo charlatanesco más barato (IU, Podemos, PCE, PCPE,…).

En esencia, las instituciones de la burguesía tratan de dar consistencia a lo que es intrínsecamente inconsistente, a lo que está de por sí, en su interior, dividido desde su propia constitución inicial. Para los marxistas resulta una cuestión obvia, pero en busca de ser lo más claros posible, vamos a explicar minuciosamente (sin detenernos tampoco en exceso) los diversos detalles que implican a estas instituciones antes mentadas. La sociedad en la que vivimos, en el período histórico en el que nos encontramos, es una sociedad de clases, es decir, que está dividida en clases, dominando una sobre la otra. Tal división, con todos sus matices y eslabones de transición (pues en la dialéctica de los opuestos los límites son relativos y los extremos se tocan -de hecho, Engels celebra este dicho en «Dialéctica de la Naturaleza»-), es un reflejo político de la contradicción económica material.

Hoy, como es propio del orden económico capitalista, la clase dominante es la burguesía (en especial la gran burguesía financiera, el resto de fracciones recibe distintos niveles de opresión), e impone para defender su dominio económico (la posesión efectiva de los medios de producción) su dominio político (sus instrumentos de poder, que emanan de la forma de organización económica) e ideológico (su cultura, formas de vida y su visión universal del hombre, el hombre burgués, aspecto criticado por Marx en el «Manifiesto comunista»).

¿Y sobre quién domina la burguesía, sobre quién impone su dominio? Especificamente, sobre el proletariado (y otras masas a las que oprime, y sobre las cuales ejerce abiertamente su influencia ideológica a través de la cultura del consumo, las clases medias, tanto la pequeña burguesía como la aristocracia obrera), al cual explota en la producción para extraer la mayor cantidad posible de plusvalía y así obtener de él ganancia para acrecentar el capital, un valor que crece a través del trabajo vivo del proletario. Mientras existan las clases, para sostener esta contradicción, la contradicción capital/trabajo (representada por la burguesía y el proletariado respectivamente), cuyo antagonismo se tensa e intensifica como una cuerda estirada por sus dos puntos extremos y cuyos aspectos extremos buscan destruirse mutuamente (lo cual es la lucha de los dos aspectos antagónicos, la lucha de clases), surge un instrumento que sostiene esa tensión contradictoria, y ayuda a sustentar y a desarrollar el dominio explotativo de la clase dominante sobre la clase dominanda, e incluso a explotar directamente como capitalista ideal con idependencia de quién sea el capitalista individual que lo dirige.

Ese instrumento es el Estado, el poder público (ejército, policía, cuerpos psiquiátricos,…), que impone una violencia estructural, objetiva y sistemática, sobre el cuerpo social en su totalidad, incluso contra el capitalista individual si es preciso, que permite sostener el orden capitalista en una situación de paz relativa, tensa. Éste, mientras exista y no sea derribado/parcialmente destruido por la revolución de la clase dominada y su dictadura hasta la sociedad sin clases, el comunismo, puede tomar dos formas distintas de funcionar, una democracia aparente o una dictadura abierta y terrorista (ya sea de carácter ultrarreaccionario [religiosa o no] o fascista, lo cual depende de la fracción de clase activa a la hora de aplastar y oprimir al proletariado revolucionario y de la ideología que lo dirige).

Centrándonos en el caso que nos ocupa, el estado español, la democracia aparente o «democracia formal» (pues resulta evidente que hoy no vivimos en una dictadura terrorista, y apenas hay restos políticos consistentes y fuertes del franquismo ultracatólico que nos tocó vivir, y cuyos restos, integrados en el Estado español actual, la burguesía ha sabido reciclarlos bien con su buen sentido dialéctico espontáneo), ésta cuenta con un organismo parlamentario burgués (o una serie de organismos, en función de las divisiones territoriales de cada contexto estatal: Estado, comunidad autónoma, municipio…), el cual sólo es un espacio de mera cháchara en el que no se hace ni se decide realmente nada, y tras el que «entre bambalinas» como diría Lenin, se realizaría el verdadero poder ejecutivo de la burguesía, la explotación del proletariado y el apuntalamiento (como en un alarde de sinceridad involuntaria diría CJC en uno de sus comunicados sobre su organización) del capital.

Sobre el parlamento burgués se «desplaza» la soberanía concedida por las constituciones burguesas de diverso pelaje a todos los «ciudadanos»² con derecho a voto (sea universal o no), y éste, al ser elegido bajo elecciones plebiscitarias, actúa simbólicamente por ellos, representándolos, pero en lo efectivo gobierna en función de los intereses de la fracción de clase dominante elegida (gran-burguesa, burguesa-media, aristobrera,…), asociada a la figura política y al partido que asciende a la gestión del Estado. Así, se sostiene el orden pacífico aparente, legitimándolo.

¿Qué es un símbolo? Un símbolo es una fantasmagoría, es decir, una cosa no real que se presenta ante nuestra percepción objetiva (y no fuera de ella, eso es sólo imaginación) como si lo fuera en la práctica, como si tuviera vida propia y efecto sobre o a través de algo real externo, pero un efecto que está en nuestras cabezas (pudiendo aparecer objetivamente sobre un significante que lo porta o no), y a este efecto que el símbolo tiene sobre lo existente se lo denomina operatividad (resultaría interesante aquí resaltar que es un aspecto intrínseco al fenómeno del fetichismo). La operatividad simbólica es, por tanto, el efecto que tiene un símbolo sobre lo que es real. Como hemos pretendido dejar claro en los párrafos previos, el parlamento burgués posee operatividad simbólica como desarrollo aparentemente pacífico de la vida política burguesa (lo cual implica su hegemonía, una dirección de masas principalmente consentida por la persuasión y levemente sazonada por su contrario, la coerción, a través de la presencia activa de la policía y la presencia latente del ejército militar permanente) sobre el proletariado y las masas populares que lo rodean y no tienen poder político real en el orden burgués.

¿Y quién le ha dado esa «operatividad» sobre nosotros, ese efecto? El funcionamiento de la sociedad misma ha sido la que ha provocado tal situación. Una sociedad tan dedicada a la explotación y al consumo liberal que, para poder seguir expandiendo su mercado, ha tendido a centralizar (bajo las apariencias democráticas) el poder político para así, con el movimiento natural de la concentración de capitales debido a la competencia, fusionarlo con el capital bancario y forjar el imperialismo tal y como lo conocemos. Así, las masas más bajas han tendido a despolitizarse, ideología de consumo mediante, creando así a las clases medias (aristocracia obrera, ciertas capas de la pequeña burguesía,…), y las más altas dominan sin que su orden pueda ser abiertamente discutido en un orden en la práctica totalitario.

¿Entonces, cómo tienen que actuar los comunistas ante su operatividad para terminar definitivamente con ella? Eliminándola, desacreditándola, destituyéndola a través de la explicación paciente mediante el trabajo político de vanguardia, explicando la imposibilidad de la toma del poder y del cambio mediante reformas dentro del parlamento, mostrando la falsedad objetiva del símbolo «parlamento» como forma pacífica y democrática en la que se muestra la política burguesa de la sociedad capitalista. Ese es el objetivo de los comunistas, y no otro, dentro del parlamento, hacer agitprop contra él dentro de él si la situación concreta lo requiere y los instrumentos ideológicos y organizativos de los que dispone el proletariado en ese momento lo permite (el PC, para poder sostener su independencia política en el parlamento burgués) en medio de una guerra de clases abierta.

Sin embargo, también hay que tener en cuenta qué supone una verdadera destitución del mismo para las masas. La destitución de esa operatividad implica que las masas están completamente desconectadas del parlamentarismo burgués, y por tanto, que ni siquiera votan nulo o en blanco. ¿Por qué? Porque si no, de un modo implícito, ese individuo sigue confiando en que el parlamento «les escuchará», que sigue existiendo de un modo u otro una posibilidad en su nimia queja de cambiar algo. Y si no, si es un mero votar por el simple hecho de votar, «porque salga otro» o «porque no salga x partido» como se suele decir, se sigue haciendo, aunque conscientemente no se quiera, «como si se legitimara al parlamento», es decir, caemos en la ideología en tanto que falsa conciencia con respecto a un apoyo real, práctico del parlamentarismo electorero. No en vano, Felipe González y los abiertos mercenarios de la pequeñaburguesía del PSOE utilizaban la apolillada cantinela de que «no votar hace el juego a la derecha». ¡Claro, pero ignoramos que votando le hacemos el juego al resto de la burguesía! Por tanto, el derrumbamiento de la infliencia del parlamento burgués debe ser total, consciente y debe tener una efectividad práctica.

¿Y, volviendo a la cuestión antes puesta en litigio, cómo conocemos tal situación concreta sobre la que plantear una determinada táctica en un terreno que sabemos que es campo del enemigo y que nos puede abrasar con sus tentadoras posiciones de poder, los «puestecitos», para terminar sometiendo al proletariado? A través del «análisis concreto de la situación concreta» (Lenin) en la que nos encontramos y el establecimiento, a través de este análisis, de una línea política correcta. Un análisis que los revisionistas dentro del MCE parece que han olvidado completamente, convirtiendo sus comparecencias a las elecciones en una mala costumbre sistemática y aburguesada. Hoy, la tarea, y por tanto, la cuestión principal e imperante a falta de una organización revolucionaria real y efectiva de la clase es la reconstitución, esto es, el reposicionamiento del comunismo, es decir, de la ideología, como movimiento revolucionario, convirtiéndola en hegemónica dentro del proletariado, y del PC de la clase proletaria para iniciar una verdadera política independiente de la clase. Pero esto exige una política de Nuevo Tipo que sea capaz de forjar nuevo movimiento de vanguardia y que no se detenga en considerar la reconstitución ideológica del comunismo exclusivamente como una mera cuestión teórica, aunque no negemos la importancia de este aspecto, pues es, a su vez, una cuestión principalmente política, y por tanto práctica. La reconstitución del comunismo no puede comprenderse sin una transformación práctica de la realidad de nuestro movimiento y de los estilos de trabajo imperantes, pues no puede simplemente pretender absorber de forma acrítica los estilos del movimiento espontaneo de masas, si no superarlos. Ni quedarse, claro está, al margen del devenir real del movimiento encerrados en el mero estudio teórico, que suele ser muy distinto de lo que nuestros deseos puedan querer. Por ello, instamos al lector a que se organice por la reconstitución del Partido Comunista, y así poder trabajar en desenrredar y resolver la contradicción que el proletariado hoy acusa especialmente, la necesidad de la organización partidaria para el enfrentamiento contra el Estado burgués.

 

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Notas:

(1) En este contexto, la sofistería es un discurso carente de deseo de revelar la verdad que se limita a manipular mediante la palabra a un adversario para convencerlo y dirigirlo de forma interesada. Los marxistas rechazamos ampliamente esta clase de discursos.

(2) Entendido en el sentido burgués del término, el que es poseedor de propiedad, sea medios de producción o su fuerza de trabajo.

EL 1 DE MAYO ES UN DÍA DE LUCHA

Hoy, en el 1 de mayo de 2015, conmemoramos la sangre que dos siglos de lucha de clases activa han derramado sobre la faz de la Tierra. Sangre de oprimidos con ansias de emancipación, que todavía se proyectan en el presente en nuestras manos, en las de los sectores del proletariado deseosos de realizar la revolución proletaria. Hoy no es día de fiesta, por mucho que el calendario de la burguesía lo indique. Hoy es día de combate y duelo, en especial, por los trabajadores de Chicago muertos en las huelgas de 1886, en una de las mayores masacres acontecidas en la ciudad yanki.

Una masacre que, en nuestro movimiento, se repitió también bajo la forma de una derrota momentánea, tanto en 1976 con la derrota de los maoístas chinos en la dirección del PCCh, como en 1991, tras la caída definitiva del bloque soviético.

Hoy el proletariado revolucionario está disperso y sin orientación, dando vueltas sin saber qué hacer y como reaccionar a una realidad que les supera. Apenas un par de focos combativos en India y Filipinas siguen abiertos y en lucha contra el capital.

Pero en el resto del mundo, la inacción de nuestra clase campa a sus anchas, estamos débiles, y los «partidos» (tres o cuatro en el Estado español: PCE, PCPE, PCOE, … con la nueva «adquisición» para el proletariado de PML(RC)) apenas llegan a representar a las masas a las que se supone que apelan, siendo Podemos quien da vela en este entierro, o directamente están vendidos al capital.

Sin embargo, hoy surge un nuevo movimiento en busca de una praxis renovada, que lucha por regenerar al proletariado, pugnando por reconstituirlo como sujeto revolucionario en forma de PC. Pero la reconstitución no avanza por sí sola, implica militancia activa. Por tanto, desde aquí llamamos a organizarse por la reconstitución, para así organizar de nuevo la revuelta, que de al traste de una vez con el capitalismo que nos explota y así honrar a todos los oprimidos de la historia aplastados por el capital.

¡Viva el día de los trabajadores!

¡Por la reconstitución del comunismo y el PC!

¡Proletarios del mundo, uníos!