Respeta mis ideas

Posiblemente sea una de las frases más repetidas por los que creen en eso que mal se llama «pluralidad»: «esas son mis ideas, tienes que respetarlas como yo respeto las tuyas». ¿Quién no lo ha escuchado en alguno de esos «debates políticos» televisivos que últimamente están tan de moda? ¿Quién no lo ha escuchado en su familia? El que diga que no lo ha escuchado o miente o vive en un zulo espiritual.

¡Qué bonito sería el mundo si todos respetásemos las ideas del resto! ¡Sin debates! ¡Sin discusiones! ¡Nadie se metería en las ideas de nadie! ¿Acaso no es el paraíso del buen individualista? Pero nosotros somos unos comunistas entrometidos, no nos llega con tener algo que sean «nuestras ideas» sino que ponemos en práctica las palabras de Mao «preocuparse más por los demás que por sí mismo».

El buen liberal cree que sus ideas son suyas por su propio mérito: si las ha sacado de otro, son fruto de su estudio y si resulta que no recuerda haberlas leído antes son su creación genuina. ¡Normal que se moleste si se cuestionan, le están tocando carne de su carne! Pero ignora que fuera de su universo egocéntrico liberal está el verdadero origen de sus ideas, se olvida de que el ser social es el que determina su conciencia y con ello sus ideas.

Un comunista nunca puede partir de que las ideas son respetables en sí mismas por ser ideas. Un comunista estudia, elabora y difunde la visión del mundo revolucionaria, la filosofía de vida del proletariado que lucha por un mundo nuevo. Esas son las ideas que defiende un comunista, las porte quien las porte. En tanto que las defiende, las defiende contra algo, las defiende contra las ideas burguesas, las defiende contra las ideas que reproducen una sociedad de opresión.

Pero las ideas no son algo que cuelga de las nubes, las ideas son algo que portan y defienden individuos determinados. ¿Qué hace un comunista en esos casos? La clave está en la relación entre el individuo y sus ideas. ¿Puede el individuo desprenderse de sus ideas erradas? Entonces se le ayuda en dicha tarea. ¿No puede desprenderse aún con toda la ayuda que se le pueda ofrecer? Entonces ni al individuo ni a las ideas se les «respeta» sino que se les combate abiertamente.

¿Acaso negamos los comunistas que existan diferentes ideas? No, pero imponemos que las ideas de cada uno no son un asunto privado, que las ideas de cada uno deben estar a disposición de la colectividad tanto para tomar sus aciertos como para criticar sus errores. Esa es la única pluralidad que beneficia a todos, y no una falsa pluralidad que únicamente sirve para que cada cual viva feliz en sus errores y su ignorancia (que no suelen ser «de cada cual» sino errores muy comunes, un fenómeno social que refleja la ideología de la clase dominante tanto en forma como en contenido).

¡Malditos comunistas que no respetan las ideas erradas ni a sus defensores!

La reinvención de la socialdemocracia.

«Se trata más bien de que la faz del mundo,
precisamente en aquello que es lo novísimo,
jamás se altera, de que esto novísimo permanece
siendo de todo punto siempre lo mismo.
Esto constituye la eternidad del infierno.»

Walter Benjamin

Ha pasado la efervescencia, la eufórica -que no entusiasta- circulación de opinión sobre Syriza, y se revitaliza la propuesta socialdemócrata post-keynesiana. Ayer, Syriza era amenazada por el BCE con que se dejarán de aceptar los bonos griegos como garantía para la financiación de entidades financieras helenas y, así, Grecia conseguiría la Liquidez de Emergencia mediante el endeudamiento de su Gobierno, reduciendo así los márgenes de maniobra del nuevo Gobierno griego. Varoufakis -ministro de Finanzas griego-, mientras, proponía a Draghi hacer “todo lo posible” por unas reformas satisfactorias, por reconducir la legítima insatisfacción del pueblo griego por la senda del servilismo más conservador. Por otra parte, en España, Podemos, lejos de organizar la revuelta popular, convoca el simulacro de la misma desde el aparato de captura estatal al que evoca. La socialdemocracia, como la mercancía, tiene la admirable capacidad de reproducirse incesantemente bajo la apariencia de novedad, de presentarse como el fin de toda penuria, cuando no hace más que representarla como garante de las democracias capital-parlamentarias occidentales. En oposición, nos hemos quedado atrás, incapaces de producir un nuevo presente, una subjetividad colectiva, sepultados bajo el arcaísmo de los nombres y avatares de la secuencia histórica anterior: el despliegue de la política comunista durante el siglo XX. Se precisa un balance de la misma, de una reorientación del pensamiento comunista; es la tarea del presente.

Centremos nuestra atención en la situación griega más reciente. A la hora de estudiar sobre quiénes imponen los planes de ajuste a lxs trabajadorxs, a la hora de hablar sobre la mal llamada Troika (CE, BCE, FMI), precisamos señalar que ésta no es una relación compartida entre tres instituciones, sino la forma camuflada en la que el capital financiero estadounidense toma las riendas de la política económica de Europa. Un capital financiero internacional, concentrado, amparado por cada uno de los Estados por los que circula y de los que es flujo motriz, conduce, en el proceso de acumulación en el que nos encontramos, el comercio y las finanzas, pero también la producción. Es decir, no es simplemente  una totalidad compuesta por los bancos, fondos de inversión, etc. Este capital financiero estadounidense empezó sus andadas cuando, durante la década de los 50 del siglo pasado, proyectando una modalidad de reconstrucción de Europa (El Plan Marshall) que necesitaba (…) para llevar a cabo el proceso de acumulación y revalorización de capital, no ha dejado de ser un laboratorio de axiomas, enunciados operativos que regulan la dinámica capitalista mundial, así como el keynesianismo. No fue más que el principio de la cadena que acaba hoy con la Troika como resultado precario, como lo es todo Uno, aunque se presente en forma de trinidad.

Como bien sabemos, desde 2009 hasta hoy, la trayectoria de la deuda pública griega con los bancos que la compraban a altas tasas de interés ha sido caracterizada por una gran presión sobre Grecia, materializada en un recetario de recortes y regresión social estremecedora. Sin embargo, desde 2012, año de la reestructuración griega, los títulos de deuda pública han pasado de los bancos a los Estados europeos y el BCE. Grecia se halla inmersa en una “recesión sostenida, artificialmente empobrecida y con una caída persistente de su PIB”, pálida ante la imposibilidad de que pueda pagar una deuda que duplica el volumen de su Producto Interior Bruto. Pero esta imposibilidad, como se ha visto (y se sigue viendo en América Latina) lleva cada cierto tiempo a la necesidad de renegociar; renegociación que no es más que la determinación de cuánto se va a decidir pagar de más por no pagar ahora. Tsipras habla ya, sin el mayor reparo, de “alargar los tiempos de devolución”. Un medio para ello, y un medio eficaz, es la capitalización de la deuda, la conversión de la deuda en capital. Algo que no lleva más que a nutrir la especulación de capital financiero. Pero es una de las múltiples posibilidades que, en una economía como la capitalista (tardía) en la que lo excepcional es la capacidad de encontrar un espacio de crecimiento, lo posibilita. Se trata, en último término, de no suprimir la deuda enteramente ilegítima, de reconstruir una economía capitalista que se revele de nuevo como inconsistente.

Es este espacio de crecimiento el que la socialdemocracia, Syriza en cabeza, se propone allanar. Además, “la reestructuración de la deuda griega es inevitable”, es decir, se encuentra inmersa en la axiomática capitalista, incluso es precisada por la misma UE. Algo que nos impone distinguir entre la posición de un agente social (Syriza, Podemos) en relación al proceso de producción y la posición que ocupa en el mismo proceso. Syriza afirma que tratará de incluir “una negociación política entre una fuerza social mayoritaria y contraria a la austeridad, y el poder financiero continental”, sin limitarse -que en realidad es lo que quiere hacer creer- a la simple reorganización que es estrictamente necesaria y precisada por la UE.

Este conjunto de fuerzas, esta socialdemocracia tan célebremente reinventada y autoproclamada sepulturera de la antigua (PASOK), propone “una inyección monetaria que expurgaría los riesgos de deflación, al tiempo que al sanear las economías del Sur, permitiría una elevación del gasto público, los salarios y el nivel de consumo, y por ende, de la inversión y el empleo”, facilitando una reconfiguración no catastrófica de la dinámica capitalista a nivel europeo. Es aquí que se ve con precisión por qué Marx denomina «arma nacional de guerra del capital contra el trabajo» al Estado, y es la función que juega en Grecia hoy.

En esta coyuntura se ha abierto una nueva vía a la emergencia de la socialdemocracia. Mediante la incorporación de demandas insatisfechas se proponía hacer frente a la Troika, la austeridad, y otras tantas categorías pseudoconcretas útiles para cristalizar el descontento. Éstas eran válidas para, en base a una oposición binaria (casta/gente, austeridad/democracia, Alemania/Grecia), producir una voluntad colectiva que articularse la multiplicidad de síntomas sociales, la proliferación de desencanto. No se reduce a una disputa entre significantes (hablar de casta en lugar de burguesía), como nos quiere hacer creer la sofística revestida de cambio social, sino del papel que juegan los mismos en la articulación hegemónica. En esta dimensión, Syriza no puede -tampoco Podemos- situar jamás el problema sobre el que oscila como constitutivo del orden social capitalista, precisamente porque se postulan como quien lo resolverá dentro del mismo.

Es aquí donde debe intervenir la hasta ahora ausente política comunista. Lenin protestaba, ya en “El Estado y la revolución”, de reservar la crítica al parlamentarismo únicamente a tendencias anarquistas, dejando vía libre a la proliferación de oportunistas bajo la indivisible bandera de la unidad popular. No pretendemos oponer a ello ninguna sustancialidad obrera; quien declara su sustancia es un estafador. Tenemos por tarea, dejando de lado la concepción de Partido como manifestación / representación de unos intereses dados, elaborar la construcción de una subjetividad política, y la «fuerza-núcleo» (Mao) que la orienta. Se entiende también que el sujeto se constituye en el propio proceso político, no le precede teórica ni cronológicamente. Tenemos hoy por imperativo concentrar las «ideas justas», que son necesariamente ideas nuevas, desde la infinita razón de la rebelión, desde un conocimiento -como todo conocimiento- situado, localizado, que no localizable por el Estado.

Nos recordaba Rosa Luxemburg que “las llamadas reformas sociales son promulgadas en beneficio del capital” dentro del marco del estado burgués. Podemos, debemos pensar sin Estado, y más concretamente contra él. Pero todo pensamiento es orientación, y toda orientación orientación organizada. No se trata de sumar diversas unidades heterogéneas, sino de una multiplicidad de divisiones (de la tradición, del presente socialdemócrata reactivo). No, la novedad no surge del simple movimiento, éste es interno al mundo burgués, ni por la movilidad de las masas; emerge únicamente por la escisión, en las masas y la misma novedad, de lo viejo.

En torno al materialismo histórico

Introducción

Desde un primer momento, la burguesía ha sometido al marxismo a toda clase de ataques, y uno quizá muy extendido es que nuestra ideología tiene una percepción del desarrollo de la historia caduco y determinista, historicista, y que por ello su método de estudio de la realidad es «acientífico». Esta eterna acusación es una demostración de la escasa honestidad intelectual de los cuadros e intelectuales de la burguesía, que bajo sus calumnias quieren derrumbar a toda costa uno de los pilares de la cosmovisión que debe portar el proletariado, el marxismo, para el análisis del curso de la historia, el materialismo histórico.

Sin embargo, si hacemos un breve repaso, a lo largo de la historia de nuestro movimiento, es cierto que se han arrastrado muchas limitaciones y concepciones dogmáticas, tanto en el materialismo histórico como en el materialismo dialéctico. Estas problemáticas surgen, quizá en un principio, de algunas limitaciones evolucionistas de Engels en sus dos últmas obras, «Anti-Duhring» y «Ludwig Feuerbach», que no empañan en absoluto el rico valor teórico de ambas. Estas concepciones se agudizan bajo las estrechas posiciones de la II Internacional liderada por Kautsky y su influencia darwinista, que consideraba el avance histórico desde una perspectiva mecánica en forma de cinco estadios que se desarrollaban de modo inevitable en todos los lugares y en el que los revolucionarios eran meros observadores que daban la estocada final al capitalismo, si es que la crisis revolucionaria que se anunciaba llegaba por sí sola… y nunca lo hizo. Esta perspectiva, pese a la reconstitución ideológica de 1914 realizada por Lenin que nos dio Octubre, es heredada por las concepciones etapistas tanto del desarrollo histórico como de la construcción socialista de la III Internacional Comunista, en parte por la herencia plejanovista rusa y el dogmatismo de la obra «Sobre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico» de Stalin y de los manuales soviéticos, que Mao TseTung trataría de remediar bajo la crítica del modelo de construcción del socialismo de la URSS.

Estas líneas a modo de introducción, de todos modos, no pretenden juzgar a las figuras del pasado de nuestro movimiento como si de un problema moral se tratase, si no de hacer ver las limitaciones y equívocos existentes sobre el materialismo histórico a lo largo de su desarrollo, de los que la burguesía más insidiosa se ha valido para desacreditar nuestra forma de ver el desarrollo de la historia. Proponemos en las líneas que siguen una breve introducción al materialismo histórico que publicaremos por entregas, siempre con el espíritu de no pretender sentar cátedra, e incentivar la investigación del lector que tiene este folleto entre sus manos, así como contribuir a la lucha de líneas contra las concepciones burguesas del análisis histórico que siguen existiendo en las filas de nuestro movimiento.

Hoy los marxistas tenemos una tarea importante referente a las cuestiones de nuestra ideología, y la forma en que concebimos la historia no es una excepción. Debemos deshacernos de esas losas en la espalda, las influencias ideológicas burguesas (y el historicismo es una de ellas) con las que hemos cargado a lo largo de nuestra historia pasada como movimiento. Por lo tanto, tenemos que reconsiderar el valor de la crítica sobre nosotros mismos, ser materialistas dialécticos y científicos, y luchar en busca de la verdad, una actitud que Marx mostraría con completo arrojo en sus últimas líneas del prólogo a El Capital:

“Bienvenidos todos los juicios fundados en una crítica científica. En cuanto a los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que nunca he hecho concesiones, será mi divisa, como siempre, la del gran florentino: Segui il tuo corso, e lascia dir le genti! [¡Sigue tu camino y deja que la gente hable!]”(1)

El materialismo histórico contra el historicismo.

Desde hace dos siglos, existen dos concepciones del desarrollo de la historia material que se encuentran en oposición y lucha (además de las concepciones idealistas voluntaristas burguesas, que no trataremos en este texto), a través las cuales se entrelazan a su vez dos formas de concebir el mundo. Estas concepciones son el materialismo histórico y el historicismo.

Para empezar, definiremos al historicismo como aquella concepción de la historia que considera el devenir de la misma como una mera suma de sucesos aislados (y por tanto de un modo metafísico) o entrelazados de un modo aparentemente causal. Éstos se desarrollan de un modo lineal y determinista bajo una concepción del mundo evolucionista vulgar y mecanicista. Como dirían Lenin y Mao, esta visión se basa en un concepto del cambio de «disminución y aumento» sin transformaciones cualitativas significativas que considera los cambios entre los diversos estadios históricos de manera gradual e inevitable.

Dicha concepción engendra lo que llamamos la historia universal, y constituye la historia desde la perspectiva del vencedor, la burguesía. En oposición a la misma, el proletariado bajo su visión del mundo porta como concepción de la historia el materialismo histórico, que es la aplicación de la dialéctica materialista al estudio del desarrollo de la historia de la sociedad.

Para el materialismo histórico el devenir de la historia no sigue un desarrollo lineal, si no que, como diría Lenin, «es un desarrollo que, al parecer, repite etapas ya recorridas, pero de otro modo, sobre una base más alta («negación de la negación»), un desarrollo, por decirlo así, en espiral y no en línea recta» (2). Concibe, a su vez, que el devenir no está exento de avances y retrocesos, debido al carácter contradictorio y en lucha de los diversos estadios de desarrollo en el avance a través entre uno y otro, como diría Marx aplicándolo al caso concreto de las revoluciones proletarias:

“[…] las revoluciones proletarias como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás” (3).

En el materialismo histórico, en ciertos momentos del desarrollo, éste no se produce de forma necesariamente gradual, si no que, como dijo Lenin de nuevo, «se opera en forma de saltos, a través de cataclismos y revoluciones, que significan «interrupciones de la gradualidad»»(2). Además, no considera todos los hechos como hechos históricos, pues un hecho excepcional catastrófico que no se repite no es más que una mera tragedia, un accidente que no es relevante históricamente. Pero si este hecho se repite más de una vez, quiere decir que él mismo y los problemas que acarrea tienen raíces más profundas, mostrando así el funcionamiento esencial del estadio histórico en el que se encuentra la sociedad, como las crisis cíclicas del capitalismo, en las cuales se muestra en su verdadera forma irracional. De ahí aquella famosa frase hegeliano-marxista, que se puede interpretar de múltiples maneras: “La historia se repite dos veces: primero como tragedia, después como farsa”(3).

Ahora, podemos ver con más claridad los aspectos básicos que convierten al materialismo histórico y al historicismo en dos concepciones opuestas, pero esto no es todo. El historicismo considera a los diversos estadios del desarrollo histórico como cerrados, unilateralizados y completamente excluidos entre sí, sólo existiendo en el momento en que se muestran en su verdadera forma. Sin embargo, en base a la dialectización del materialismo histórico, los diversos estadios se interpenetran entre sí, se bilateralizan, y un estadio histórico contiene «lo viejo» como «vestigio» mutilado o integrado bajo las nuevas formas, como el capital financiero que subordina el resto de tipos de capital a sí mismo en la etapa imperialista del capitalismo, y contiene a su vez «lo nuevo» como «germen», como potencialidad histórica, siendo éste contingente y necesario a la vez en función de las potencialidades que permita el contenido, como fue posible bajo los primeros tipos de comercio del feudalismo tardío el capitalismo, o, como hoy, debido al carácter social del trabajo es posible el carácter social de su propiedad frente a su forma privada actual.

Además, el materialismo histórico no es una teoría que funcione sobre la historia, es decir, metahistórica. Desde la famosa carta de Marx a los narodnikis rusos hasta el propio Lenin, la premisa del revisionismo evolucionista que consideraba como estrictamente necesario el desarrollo del capitalismo desde el feudalismo para poder realizar la revolción comunista fue despedazada, poniendo especial atención en el contenido social. Marx observó, por ejemplo, que diversos procesos sorprendentemente similares en lo formal de acumulación originaria tuvieron consecuencias distintas en función del contenido que hubiera en ese estadio histórico, exponiendo la comparación de los casos de la Roma feudal y el capitalismo inglés. En el caso de Roma, la expropiación de tierra campesina formó un lumpenproletariado que sólo podía ser movilizado e incluido en los procesos productivos a través de métodos abiertamente coercitivos y esclavizadores. En el caso del capitalismo, ese mismo hecho propició el proletariado «libre» convertido en mera fuerza de trabajo, en mercancía, que todos conocemos hoy. A su vez, denunció a algunos populistas «marxistas» rusos por apoyar la dirección revolucionara de la burguesía y el desarrollo del capitalismo y por no aprovechar las ventajas históricas que una comuna feudal (el contenido) proporcionaba en una posible evitación del paso por el capitalismo y sus dolores horrendos de parto, saltando directamente hacia el desarrollo del comunismo. Dicha concepción también se dejaría ver tanto en la NEP de Lenin como en la Nueva Democracia de Mao, en la que lo importante era la dirección revolucionaria consciente del proletariado, que lo cambiaba todo.

El carácter materialista del desarrollo histórico.

Hasta ahora nos hemos centrado en el desarrollo en abstracto (aunque hallamos recalado sobre la importancia del contenido, ¡pero qué contenido! ¡Qué base!) de la historia. Esta historia no se desarrolla ni en la Idea (aunque no excluya lo ideal) ni en el vacío, si no sobre una base material. Ésto implica la importancia de la mediación en la contradicción entre la naturaleza y el ser humano para poder superar las necesidades humanas de tipo material y espiritual que le van surgiendo, y así dominar y transformar la naturaleza.

Ésta relación, claro está, no se da entre seres humanos independientes, si no entre seres humanos que dependen y están relacionados socialmente de diversas maneras entre sí. Dichas formas en que producen y por lo tanto, en que se relacionan entre sí y con la naturaleza, son los modos de producción, que a lo largo del desarrollo de la historia y de la tecnología han ido transformándose a través de diversas revoluciones económicas y políticas. En cada uno de dichos modos: «[…] los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales»(4). Esas relaciones «necesarias e independientes de su voluntad» se han forjado a través de la división social del trabajo, inconsciente y forzada (no confundir con la funcional, que se desarrolla conscientemente y bajo la unión libre entre individuos).

A su vez, éstas relaciones constituyen «la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se erige una superestructura política y jurídica, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social»(4). Por tanto, éste modo de producir influirá sobre el proceso de la vida social, política y espiritual del hombre, por lo que «su ser social [del hombre] determina su conciencia»(4). Y ésta frase de Marx es completamente cierta, no podemos analizar el desarrollo de la sociedad en base a lo que piensa de sí, a su conciencia, si no que hay que explicar su sus causas y su transformación en base a las condiciones y contradicciones materiales en que ésta se sustenta. Por ejemplo, al tratar la religión, no podemos atacar directamente sus postulados ideológicos, porque si no estaríamos obviando sus profundas raíces económicas a través de las cuales hay que interpretarlos, ya que es «el lamento de la criatura oprimida» económicamente. Más adelante, afirma que:

«Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas de ellas. Y se abre así una época de revolución social» (4).
Por lo tanto, aquí, las fuerzas productivas (el contenido) en su desarrollo se encuentra con una «traba», las relaciones de propiedad, y por tanto, en este choque material, su desarrollo se detiene y requiere de una revolucionarización social para liberarse. Esto produce una «época de revolución social».

«Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre la revolución material producida en las condiciones económicas de producción, y que puede verificarse con la precisión propia de las ciencias naturales, y las revoluciones jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, de las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo»(4).

Generalmente, pese a que no neguemos en absoluto su importancia, estas concepciones de Marx suelen considerarse de modo unilateral y mecanicista, asegurando que la superestructura y la ideología no determinan, o incluso, no influyen en el desarrollo y transformación de la infraestructura económica. Stalin por ejemplo, de modo erróneo, consideró que al no haber clases en el tránsito del socialismo al comunismo, las relaciones jurídicas no eran necesariamente un límite que transformar conscientemente:

“Como deben ser entendidas en tal caso las palabras «completa armonía». Deben ser comprendidas en el sentido de que en el socialismo, como regla, no se producen conflictos entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas, en el sentido de que la sociedad puede hacer, a su debido tiempo, que las relaciones de producción, que van a la zaga, se pongan en correspondencia con el carácter de las fuerzas productivas. La sociedad socialista puede hacer eso porque en ella no existen clases llamadas a desaparecer, clases que puedan organizar una resistencia. Naturalmente, en el socialismo habrá también fuerzas atrasadas, inertes, que no comprendan la necesidad de los cambios en las relaciones de producción; pero no será difícil, claro está, vencerlas sin llegar a conflictos” (5).

A parte de que Marx afirmaba que el derecho de propiedad y por tanto las relaciones que en el socialismo se podían dar estaban regidas por un «derecho burgués», tenemos que sobre esta cuestión Mao decía que:

«Es verdad que las fuerzas productivas, la práctica y la base económica desempeñan por regla general el papel principal y decisivo; quien niegue esto no es materialista. Pero hay que admitir también que, bajo ciertas condiciones, las relaciones de producción, la teoría y la superestructura desempeñan, a su vez, el papel principal y decisivo. Cuando el desarrollo de las fuerzas productivas se hace imposible sin un cambio de las relaciones de producción, este cambio desempeña el papel principal y decisivo. La creación y divulgación de una teoría revolucionaria desempeña el papel principal y decisivo en determinados momentos[…] Cuando hay una tarea por cumplir (sea la que fuere), pero se carece todavía de orientación; método, plan o política, lo principal y decisivo es determinar una orientación, método, plan o política. Cuando la superestructura (política, cultura, etc.) obstaculiza el desarrollo de la base económica, las transformaciones políticas y culturales pasan a ser lo principal y decisivo. ¿Estamos yendo en contra del materialismo al afirmar esto? No. La razón es que, junto con reconocer que, en el curso general del desarrollo histórico, lo material determina lo espiritual y el ser social determina la conciencia social, también reconocemos y debemos reconocer la reacción que a su vez ejerce lo espiritual sobre lo material, la conciencia social sobre el ser social, y la superestructura sobre la base económica. No vamos así en contra del materialismo, sino que evitamos el materialismo mecanicista y defendemos firmemente el materialismo dialéctico»(6).

Ya Gramsci también advertiría en su lucha ideológica contra Bujarin la escasa importancia que se le dan a las palabras finales sobre «las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia» anteriormente citadas (por lo que sería necesaria una «reforma cultural»), y cómo autores como el turinés antes mentado, el peruano Jose Carlos Mariátegui o el francés Louis Althusser, entre muchos otros, han investigado llegando a diversas conclusiones la importancia de la superestructura y su influencia sobre la base económica.

Sin embargo nos encontramos que Mao afirma que la conciencia (o el espíritu) también pueden influir e incluso determinar en la materia, y que ésto hace de nuestra concepción materialista y dialéctica. Para poder visualizarlo con claridad, podemos trazar un ejemplo sencillo de cómo lo ideal también determina lo material (y por tanto cómo también la conciencia crea realidad) fijándonos en la producción humana. Por ejemplo, la producción de un simple lapicero. Todo el mundo puede advertir que los lapiceros no se generan espontáneamente en la naturaleza. Es un objeto producido que surge de la transformación de la materia en un proceso productivo determinado, y en especial, de transformación de la madera combinada con el grafito. El hombre posee una idea (el universal o concepto) en su cabeza de como debe ser el lapicero, pero ésta surge de algo que potencialmente permiten la madera y el grafito combinados como base. Resulta evidente que del grafito y la madera no puede producirse un animal orgánico con vida, por ejemplo, pues ambos materiales tienen bases distintas, es decir, tienen distintas potencialidades. Claro está, la sola existencia de la idea no hará que el lapicero aparezca repentinamente, si no que el productor tendrá que valerse de su fuerza de trabajo para transformar la materia, y fijar y determinar esa idea que tiene en la mente sobre lo material. Así, el productor determina de modo consciente una nueva forma y establece una contradicción en la materia, la contradicción entre las formas naturales del lapicero y su forma mediada por el trabajo y la idea. Por tanto, podemos generalizar que incluso los propios revolucionarios y sus masas en una revolución guiada por la conciencia proletaria pueden establecer contradicciones en la materia, generando así crisis revolucionarias, o incluso intervenir conscientemente por medio de la superestructura sobre la infraestructura en un proceso de revolución cultural.

Notas

(1) «Prólogo a El Capital» Karl Marx.

(2) «Carlos Marx» Vladimir Ilich Lenin.

(3) «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte» Karl Marx.

(4) Prólogo de «Contribución a la crítica de la economía política» Karl Marx.

(5) «Problemas económicos del socialismo en la URSS» Iosiv Stalin.

(6) «Sobre la contradicción» Mao Tsetung.

En torno al fascismo

Resulta cuanto menos ingenuo insinuar que el Estado español es fascista o que está en «proceso de fascistización». Sin embargo, las garras del fascismo acechan de una manera muy peligrosa en el continente europeo. Aún en nuestras tierras es por fortuna minoritario, pero ante la llegada de los populismos de izquierda, como Podemos o Syriza, que afirman ser la única alternativa, nos podemos encontrar con la destrucción de esa ilusión de «lo nuevo» por su inoperancia…

Pero no es, aunque suene amargo decirlo, motivo de alegría que eso ocurra. Al menos no lo será mientras no exista una línea revolucionaria viable y un sujeto revolucionario, el PC reconstituido, que lo lleve a cabo, porque esa «desilusión» no llevará a una revolución de forma espontánea. Ante el vacío de una respuesta revolucionaria quien triunfa es el fascismo, pues, como diría Walter Benjamin, el ascenso del fascismo es el reflejo de una oportunidad de revolución que ha fracasado, de un potencial revolucionario perdido.

Por eso, tras los sucesos de Charlie Hebdo, la respuesta racista del pueblo francés que cada vez apoya más abiertamente a Marine Le Pen, la sombra del neofascismo de Amanecer Dorado y sus sucedáneos por el mundo, el rancio eurocentrismo del imperialismo europeo, la progresiva despolitización a la que Podemos somete a las masas y el significativo aumento del despliegue policial del Estado burgués tanto en Francia como aquí, no constituye como tal la fascistización, si no el acercamiento al «estado de excepción» que se producirá si no respondemos como es debido.

El único modo de luchar contra los fundamentalismos religiosos, las ideologías supremacistas blancas,… es decir, toda caterva de fascismos, es, como también diría Benjamin, instaurando el verdadero estado de excepción. Sólo podremos liquidar al fascismo en una sociedad que no lo haga posible, a través de la liberación decidida y definitiva del proletariado, de la humanidad. Pero ésto no lo resolverá la politiquería parlamentaria burguesa. Ésto sólo depende del proletariado mismo.

Acomodarse a lo que hay para no hacer nada

Banderas, cánticos y consignas abrían el acto de lo que prometía ser una demostración de fuerza del “Partido Comunista”, aquel cuya militancia se despierta junto al trabajador en la fábrica, en las frías mañanas para estar a pie del cañón y luchar para resistir los envites de los patrones (!) contra la clase obrera en sus puestos de trabajo… sin advertir que, simplemente, sin plantear un verdadero proyecto revolucionario, activo y consciente, no están haciendo absolutamente nada, más allá de lanzar y quemar a su militancia a lo que ha habido siempre en este Estado en el ámbito de lucha y que se ha mostrado agotado. La lucha sindical espontánea, para la reproducción de sus condiciones de miseria.

El pasado día 24 de enero tuvo lugar en Madrid un mitin organizado por el Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) y los Colectivos de Jóvenes Comunistas (CJC), su órgano juvenil. El evento se desarrolló bajo la consigna “unificar luchas para conquistar victorias” y contó con la participación de varias personalidades que ofrecieron una “puesta al día” de los diferentes conflictos laborales y sindicales a nivel estatal.

Entre el público, era notable la numerosa presencia de jóvenes y adultas que en su mayoría provenían de la propia organización o de los CUO (Comités de Unidad Obrera) y FOPS (Frente Obrero Por el Socialismo). Sin embargo, como bien pudimos comprobar personalmente, algunas de ellas con nula o escasa idea previa del contenido y mensaje del evento al que iban a asistir.

Como no era de extrañar, lejos de dar un discurso revolucionario, por mucho “pique a quien le pique partido bolchevique” que se grite, las intervenciones de las distintas personalidades que tomaron parte en el acto estuvieron centradas en el mero sindicalismo, haciendo alardes de las supuestas “victorias” que habían obtenido tras meses y meses de lucha. Incluso, se han llegado a oír llamativas peroratas contra los políticos y sólo los políticos por parte de sus ponentes de las luchas parciales (lo cual apunta más a un discurso 15M que a un discurso propio de unas masas formadas al calor del que pretende ser el “PC”), y otras afirmando que sólo el sindicalismo y “la asamblea como órgano soberano de lucha” les llevará a la victoria… para poder mantener sus puestos de trabajo y sus salarios, sin ninguna trascendencia política en el enfrentamiento contra el Estado burgués más allá de lo inmediato. Evidentemente, cuando ese mismo ponente no se cansaba en afirmar que su lucha adquirió un carácter político, no estaba mintiendo. Las luchas económicas también pueden adquirir ese carácter, pero no un carácter político revolucionario de enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía, asumiendo éste su deber histórico. Sólo tendrán carácter reformista en los marcos estrictamente económicos (digna de mención resulta su dicotomía economicista obrero-patrón, frente a la contradicción política proletariado-burguesía), bajo una conciencia obrera aburguesada y alienada (propia de la aristocracia obrera, que ellos no reconocen como existente, o de la pequeña burguesía), y que no aspira a destruir ni superar los marcos que producen y reproducen su miseria. ¡Incluso en medio de manifestaciones corrigen que se lucha contra el patrón mientras otros cantan contra la burguesía! Sin embargo, estamos de nuevo frente al común problema de una mala concepción de lo que significa ser comunista y desarrollar la revolución. Y es que las mejoras salariales, la paralización de los ERE, etc, no constituyen un logro para la emancipación proletaria. Las luchas parciales no nos llevan a destruir la condición de la explotación, si no a dar vueltas y vueltas sobre la misma sin saltar a un plano superior a través de la destrucción del capitalismo para poder crear un nuevo mundo bajo un nuevo modo de producción, el comunismo, en el que la explotación no sea posible. Evidentemente, esto es mejor que nada… si hablamos en abstracto y para lo más inmediato. Pero si lo que pretendemos es realizar la revolución y subvertir lo que hay, hablar de ella no puede quedar más que en palabrería. Esto puede terminar por quemar a las masas y hacer que terminen aceptando discursos muy peligrosos, como el discurso de los sectores fascistas de la sociedad.

Sin embargo, si se hubiese quedado en eso, en una mera reunión de líderes sindicales, el acto hubiese sido cuanto menos correcto. Sin embargo, hacia el final del mitin, Sócrates Fernández y Carmelo Suárez dieron la tonada con un discurso completamente alejado de lo que los líderes sindicales reflejaban (… o quizá no del todo). Para empezar, Sócrates Fernández, secretario general de los CJC, afirmó que estaban planteando un “ambicioso plan de formación de cuadros”. Teniendo en cuenta que ellos esperan a una crisis revolucionaria a raíz de la crisis económica, y que el Estado español está en plena salida de la misma, ¿no es un poco tarde para empezar a generar cuadros dirigentes? La cuestión de la formación de cuadros no es una cuestión táctica, ni puede ser supeditada a la táctica, es una cuestión de estrategia que se debe mantener de un modo permanente en función de las condiciones del momento (es decir, los contenidos de formación varían en función del desarrollo revolucionario, y hoy, en condiciones de reconstitución del PC y sin guerras a la vista, debe primar lo teórico frente a lo práctico, y hablamos de práctica revolucionaria). Diría Lenin: “¡Estudiar, estudiar, estudiar! Y asegurarse de que lo estudiado no quede en letra muerta”. Luego nos encontramos con un encendido discurso de Carmelo Suárez, el secretario general del PCPE, que pese a toda la palabrería revolucionaria, sobre lo subjetivo y la lucha ideológica contra la burguesía, no plantea (lo que resulta desesperante) absolutamente nada que no sea la eterna táctica de la acumulación de fuerzas pacífica en sus órganos sindicales en el marco del capitalismo. Como diría Rosa Luxemburgo contra Kautsky, y Lenin espiritualmente lo asumiría en la realización de Octubre, si van a esperar a que se produzcan las condiciones objetivas, esperarán siempre. Han salido de la “estrategia” frentepopulista para desarrollar otra igual de inoperante. Por tanto, hay que plantear una táctica-plan frente a la táctica-proceso, y trabajar las condiciones subjetivas, un PC que no existe. La acumulación de fuerzas (e incluso las luchas parciales de modo circunstancial y secundario) deben realizarse, claro está, pero entendida dentro de un proceso revolucionario activo en base a una práctica consciente que se enfrente al Estado por el poder político en base al Nuevo Poder, y no fuera del proceso, esperando a que una insurrección surja de la nada. Además, el propio partido llegó a autodenominarse “el Partido de la clase obrera”. Aquí, salta a la vista la errónea visión que tiene el PCPE sobre la noción del Partido Leninista de Nuevo Tipo, ya que éste es una relación social contradictoria entre la vanguardia y las masas en base a muy diversas mediaciones entre ellas. El PC es la fusión de la teoría revolucionaria y la práctica revolucionaria. Y si un partido (u organización) de vanguardia no es capaz de hacerse valer con su propia teoría sobre las masas para la realización de la revolución e ir más allá de una práctica sindical y promesas propias del cretinismo parlamentario que ya han sido ampliamente tratadas, no puede ser el PC por mucho que lo cante. Esta clase de errores es habitual en una organización que entiende el socialismo como un desarrollo sistemático de las fuerzas productivas, y no como una necesidad histórica que tiene la clase trabajadora para hacer frente al capitalismo.

Por si esto no fuera poco, el PCPE y los CJC no dejan de sorprendernos con su más que chocante folklorismo soviético. Lejos de concebir las manifestaciones de cultura como algo temporal, inherentes a la propia transformación dialéctica de la Historia, no faltaron ni las canciones populares ni los ya ampliamente conocidos desfiles de banderas. Su forma de entender nuestro pasado revolucionario se reduce a verlo como algo muerto que recordar, y no como algo vivo de lo que hay que estudiar y criticar para hallar lo mejor de él, y crear una nueva ofensiva revolucionaria.

Somos conscientes de los casos denunciados de machismo dentro de las CJC, y de la cantidad de militantes que han salido o están descontentas con la organización debido a este problema endémico. Uno de nuestros camaradas denunció la actitud machista de algunos de los militantes de las CJC que estaban en el acto, y sabemos que no es un caso aislado. Tenemos que reconocer que la vanguardia también es un aspecto que contiene contradicciones dentro de sí, y puede cometer errores. El problema es que no podemos separar mecánicamente el problema de la cuestión de la mujer y relegarlo a la llegada del socialismo, como el socialismo soviético clásico ha pretendido históricamente, que mágicamente todo eso desaparezca con la transformación económica. La vanguardia somos el sector avanzado de la clase obrera, su forma potencial futura, y si pretendemos serlo tenemos que combatir estos errores en nosotros mismos incluso ahora en los marcos del capitalismo, pues si no, podemos caer en el campo de la reacción. Resulta cuanto menos grave escuchar algunas de las denuncias, en las que se muestra claramente como las CJC y el PCPE no pretenden luchar contra los problemas de machismo en el seno de su organización.

Como conclusión, cabe señalar el gran homenaje que le rindieron a la tergiversación de la táctica revolucionaria marxista-leninista al enarbolar la bandera del unionismo abstracto sin crítica y autocrítica. Y es que el proletariado avanzado debe unirse, sí, pero bajo la lucha interna en torno a un Partido Revolucionario dirigido por la teoría de vanguardia, algo a lo que el PCPE no es capaz de responder. Esperamos lo mejor de su militancia de base, pero sus burócratas superiores demuestran cada vez más que no están por la labor de realizar la revolución.

[ÍNDICE] La Cuña Roja, Enero 2015

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ÍNDICE

Post Scriptum

Reformemos, ¿Así se puede?

Hace más de un siglo, en el seno que los primeros continuadores de la obra que Marx y Engels habían iniciado se abrió la polémica. ¿No era posible llegar al socialismo poco a poco? ¿No era posible llegar a resolver el conflicto de clases ganando una mayoría en el parlamento?

A los defensores de que no era necesario subvertir todo el orden social existente de manera violenta se les llamó revisionistas, siendo Eduard Bernstein la personalidad mas destacada. La etiqueta aún hoy sigue confundiendo a muchos comunistas, que no terminan de entender su significado.

¿Acaso los comunistas no pueden revisar las ideas sobre las que se basa su praxis? ¿Acaso Marx era un profeta y nosotros somos simplemente fieles? Engels fue muy claro hace ya más de un siglo, cuando respondiendo a una carta del revolucionario ruso Plejánov dijo “Ante todo le ruego que deje de llamarme ´maestro´. Yo me llamo simplemente Engels”.

El revisionismo no es pernicioso por cuestionar las bases sobre las que se alza nuestro análisis de la realidad, es pernicioso porque precisamente no analiza esa realidad de manera materialista. Porque responde a otros intereses distintos a los de la transformación revolucionaria de la realidad.

En aquellos tiempos la pugna, que era entre revisionistas y socialdemócratas, hoy se traduce entre reformistas y comunistas. Aún hoy seguimos empleando el término revisionista, pero solemos emplearlo para los que se reclaman falsamente comunistas. Los que eran revisionistas en aquel momento dejaron mayormente de reclamarse comunistas gracias al triunfo de los bolcheviques, gracias al desarrollo de la III Internacional tras la bancarrota socialchovinista de la II Internacional.

El reformismo hoy aún tiene momentos en los que vuelve al pasado, en los que se acuerda de Marx, de Lenin, de Gramsci… pero no se trata de ningún interés revolucionario. No se trata de “adaptarse a las condiciones concretas” para la lucha revolucionaria del proletariado. Sino al contrario, de adoptar del marxismo lo que pueda servir a los intereses de la aristocracia obrera en su lucha por conseguir tener mayor peso en el Estado burgués.

Debemos desterrar ya algunas ideas que continuamente se repiten, por parte de algunos que han perdido la memoria (siendo generosos). No deja de ser sorprendente que algunos de los mayores defensores a capa y espada de Podemos sean antiguos comunistas (incluso algunos siguen creyendo compatible una cosa y la otra).

El hambre y la lucha contra el hambre

El año pasado la Fundación FOESSA, relacionada con Cáritas, publicó un informe de cerca de 700 páginas sobre la situación social en el Estado. El informe concluye de su análisis y más en concreto sobre los sectores peor parados en la realidad del capitalismo lo siguiente:

De la extensión de la precariedad social que trajo consigo en un primer momento la destrucción de empleo hemos pasado a la intensificación de los procesos de exclusión: la exclusión severa se ha incrementado en un 82,6% y afecta ya a 5 millones de personas en España.

El informe muestra una situación social no simplemente crítica para un sector cada vez más amplio de la sociedad, sino también una tendencia al empeoramiento que continúa en la actualidad.

No se trata del único informe social existente, igualmente en 2014 se presentó un informe de Save the Children, en el que se afirma lo siguiente:

En España, el 29,9% de los niños y niñas viven bajo el umbral de pobreza relativa.

Y además se añadía:

En España, el 33,8% de los niños y niñas viven en riesgo de pobreza o exclusión social.

Con ello el Eurostat nos situaba en segundo lugar, solo superados por Rumanía, entre los estados en los que más niños viven bajo el umbral de la pobreza relativa.

Nadie puede dudar del empeoramiento de las condiciones generales de vida, especialmente en algunos sectores sociales. Mucha gente precisa ayuda para poder tener algo que llevarse a la boca a diario. Pero ante esta situación social, no podemos dejarnos llevar por la simple empatía espontánea, no podemos caer en pensar que lo único en lo que debemos pensar es en dar de comer a esa gente que pasa hambre.

La caridad es parte integrante del problema de la pobreza, no es solución. El hambre existirá siempre en un mundo donde impera el capitalismo, donde impera el imperialismo. La caridad jamás podrá solucionar el problema, porque el problema no es realmente el hambre, sino el sistema social que la causa. Y es el mismo sistema social que causa el hambre el que también fomenta la caridad. Cada cierto tiempo se nos presenta una noticia del estilo “millonario dona XX millones a una organización benéfica”. ¿Nadie se ha planteado que en ese titular lo negativo supera a lo positivo? ¿Nadie se ha planteado que la existencia de millonarios es la causa de la pobreza?

Frente al horizonte de una renovación de los partidos burgueses en el parlamento suenan muchas voces que dicen “pero por lo menos la gente que pasa hambre…”. Esperando que bueno, quizá no nos traiga Podemos un régimen con banderas rojas, hoces y martillos, pero ¡la gente dejará de pasar hambre! Como si los que no apoyamos el reformismo en realidad solo nos importe revivir ese sentimiento de romanticismo soviético, de volver atrás a tiempos que no vivimos en lugar de construir los tiempos que debemos vivir.

A los comunistas no nos valen las reformas, no por un sentimiento romántico, no por pensar que las reformas no son posibles, sino porque tenemos muy claro que lo que hoy se otorga como concesión, mañana se retira en forma de recortes. Porque las concesiones de la burguesía tienen fecha de caducidad, porque como decía el pueblo ruso revolucionario, “salvo el Poder todo es ilusión” (y no se confunda Poder con ganar elecciones).

Pero por otra parte, los comunistas no nos negamos a las reformas, no estamos a priori en contra de ellas por “principios”. Los comunistas valoramos en cada momento la utilidad táctica que podría tener una reforma, y en base a ello decidimos si la apoyamos o no.

Hoy en día los comunistas pintamos bien poco en la sociedad, cuanto antes nos demos cuenta de ello antes podremos ponerle solución. Debemos hacernos a nosotros mismos la primera crítica despiadada.

¿Qué sentido tiene valorar por nuestra parte las supuestas reformas que podría hacer Podemos, si a todas luces van a servir para calmar la situación social? ¿Acaso es posible en la situación actual que una lucha por alguna reforma sea encabezada por los comunistas? ¿Acaso es posible que la influencia de los comunistas hoy transforme una lucha por cambiar algo dentro del sistema capitalista en una lucha revolucionaria, refuerce el espíritu de lucha y la organización de la clase?

Lo único que los comunistas estamos haciendo hoy en día respecto al reformismo es apoyarlo, creyendonos que nuestras ideas significan algo cuando realmente son una anécdota y defendiendo las ilusiones ingenuas de que con ello se está germinando la semilla de alguna revolución futura.

Reforma o revolución

Aquellos que antes eran comunistas y ahora aún no saben lo que son, suelen referirse a su apoyo de Podemos desde el punto de vista de que quizá no sea revolucionario Podemos, pero que servirá en un futuro para crear las condiciones necesarias para la revolución.

Desde luego, tonto el que no se consuela. Arriba hemos dicho que los comunistas no nos negamos tajantemente a defender las reformas. Sino que analizamos en cada momento lo que significan dentro de un plan revolucionario definido. Igualmente que no nos negamos dogmáticamente, tampoco podemos caer en defender cualquier reforma a cualquier precio.

Nadie duda de que todas las reformas podrían traer mejoras en las condiciones de vida de la clase obrera de manera inmediata. Pero tampoco se debería dudar de que las mejoras inmediatas y la limitación a ellas es también el camino a perpetuar la dictadura de la burguesía como clase.

La lucha reformista es el camino más sencillo para sofocar el espíritu de lucha espontáneo, es la vía a reintegrar cualquier conflicto social en el marco político del propio sistema. Ahí sin duda deberíamos felicitar a la dirección de Podemos, por haber sabido analizar tan bien la realidad a la hora de conseguir la reintegración del estallido de espontaneidad iniciado con el 15M. Indignaos, pero dentro de estos límites.

La lucha reformista, incluso suponiendo que la burguesía no va a ceder ni la más mísera reforma, no va a llevar mágicamente a la lucha revolucionaria del proletariado. Faltan las condiciones subjetivas, falta la conciencia revolucionaria.

Aquí también merece la pena aclarar que esa cosa que todo el mundo repite, “hay que crear conciencia de clase”. ¿Qué es eso de conciencia de clase? No, darse cuenta de que el capitalismo es malo no es conciencia de clase. Rechazar las consecuencias del capitalismo tampoco es conciencia de clase. Y saber que el problema es el capitalismo, no, tampoco es conciencia de clase. La conciencia de clase es la comprensión de las condiciones para terminar con el capitalismo, para la emancipación de la humanidad. En resumen, no llega con rechazar el capitalismo, hay que comprender y abrazar la solución, hay que abrazar y defender la lucha por el socialismo, por la Revolución.

¿Quién está creando verdaderamente conciencia de clase?

Recordemos hoy a Rosa Luxemburgo

Quienes creen hoy que Podemos va a solucionar los problemas del trabajo de los comunistas y que nos van a facilitar el trabajo deberían recordar que fue bajo un gobierno socialdemócrata cuando se fusiló a Rosa Luxemburgo, a Karl Liebknecht y a muchísimos más comunistas anónimos.

Para bien Rosa nos dejó entre su legado una de las primeras críticas desarrolladas al reformismo burgués. Aunque hay cosas que en las palabras de Rosa deberían puntualizarse hoy, nos parece importante destacar brevemente algunos fragmentos de su obra archiconocida. Recordemos que debemos entender que a la hora de hablar de “revisionismo” es comparable hoy al reformismo y a la hora de hablar de “socialdemocracia” lo traducimos por comunismo.

Contradicciones capitalistas

El socialismo no surge automáticamente y bajo cualquier circunstancia de la lucha cotidiana de la clase obrera, sino que sólo puede ser consecuencia de las cada vez más agudas contradicciones de la economía capitalista y del convencimiento, por parte de la clase obrera, de la necesidad de superar tales contradicciones a través de una revolución social. Si se niega lo primero y se rechaza lo segundo, como hace el revisionismo, el movimiento obrero se ve reducido a mero sindicalismo y reformismo, lo que, por su propia dinámica, acaba en última instancia llevando al abandono del punto de vista de clase .

Esta consecuencia también es evidente si estudiamos el carácter general del revisionismo. Es obvio que el revisionismo no descansa sobre la misma base que las relaciones de producción capitalistas y no niega las contradicciones del capitalismo, como hacen los economistas burgueses; al contrario, al igual que la teoría marxista, parte de la existencia de esas contradicciones. Pero, sin embargo, el punto central de la concepción revisionista —y a la vez su diferencia fundamental con la concepción socialdemócrata hasta el momento— es que no basa su teoría en la superación de esas contradicciones como resultado del desarrollo inherente al capitalismo .
La teoría revisionista equidista de dos extremos: no pretende elevar las contradicciones del capitalismo al máximo para poder eliminarlas mediante la acción revolucionaria, sino que quiere atenuar esas contradicciones. Así, los cárteles empresariales y la desaparición de las crisis disminuirán la contradicción entre producción e intercambio, la mejora de la situación del proletariado y la preservación de las clases medias debilitará la contradicción entre capital y trabajo, y el aumento del control público y el progreso de la democracia suavizarán la contradicción entre el Estado de clase y la sociedad .

La táctica habitual de la socialdemocracia no consiste en esperar la agudización extrema de las contradicciones capitalistas hasta que se produzca un cambio, sino que la esencia de toda táctica revolucionaria consiste en, apoyándose en la dirección del desarrollo capitalista una vez ésta es conocida, extraer las orientaciones necesarias para la lucha política, a fin de llevarla a sus últimas consecuencias. Así, la socialdemocracia combate en todo momento el proteccionismo y el militarismo, sin esperar a que hayan demostrado de forma evidente su carácter reaccionario. Bernstein, en cambio, no basa su táctica en la perspectiva de agudización de las contradicciones a resultas del desarrollo del capitalismo, sino en la perspectiva de su dulcificación. Él mismo lo expresa del modo más acertado cuando habla de la “adaptación” de la economía capitalista.

Ahora bien, ¿cuándo sería correcta esta concepción? Todas las contradicciones de la sociedad actual son el resultado del modo de producción capitalista. Si el capitalismo se sigue desarrollando en la dirección en que lo ha hecho hasta ahora, sus contradicciones inherentes, lejos de atenuarse, se agravarán. Las contradicciones del capitalismo sólo se podrían atenuar si el propio modo de producción capitalista frenase su desarrollo. En una palabra, la premisa fundamental de la teoría de Bernstein es la interrupción del desarrollo capitalista.

Diferentes objetivos

Como se ha comprobado, la suerte de la democracia está ligada a la del movimiento obrero. ¿Quiere esto decir que, en el mejor de los casos, el desarrollo de la democracia hace innecesaria o imposible una revolución proletaria, en el sentido de apropiación del poder del Estado, de conquista del poder político?

Bernstein contesta a esta cuestión ponderando minuciosamente el lado bueno y el lado malo de la reforma y de la revolución, y lo hace con tal mimo y parsimonia que parece estar despachando especias en una de sus cooperativas de consumo. Para Bernstein, si el desarrollo histórico transcurre por el curso legal, será consecuencia de la “inteligencia”, y si transcurre por el revolucionario, del “sentimiento”. En la actividad política reformista ve un método lento de progreso histórico; en la revolucionaria, uno rápido. En la legislación ve una fuerza metódica; en la revolución, una fuerza espontánea.

Es sabido que el reformador pequeñoburgués ve en todo una parte “buena” y otra “mala” y que le gusta picar de todos los platos. Pero la marcha real de los acontecimientos no se ve afectada por tales combinaciones y, de un manotazo, manda a los cuatro vientos los montoncitos cuidadosamente hacinados de “lados buenos” de todas las cosas del mundo. Históricamente, la reforma legal o la revolución se producen por razones más profundas que las ventajas o los inconvenientes de un procedimiento u otro.

En la historia de la sociedad burguesa, la reforma legal sirvió para fortalecer progresivamente a la clase ascendente, hasta que ésta se sintió lo bastante fuerte como para conquistar el poder político, derribar la totalidad del sistema jurídico existente y crear uno nuevo. Bernstein truena contra la conquista del poder político, a la que considera como una violenta teoría blanquista, e incurre así en la desgracia de considerar como un error blanquista lo que no es más que la piedra angular y fuerza motriz de la historia humana durante siglos. Desde la aparición de la sociedad de clases, cuyo contenido esencial es la lucha entre esas clases, la conquista del poder político siempre es el objetivo de toda clase ascendente. Este es, al mismo tiempo, el principio y el final de cada período histórico. Así, en la antigua Roma vemos la prolongada lucha del campesinado contra los financieros y la nobleza; en las ciudades medievales, la lucha de los artesanos contra la nobleza; y en la Edad Moderna, la lucha de la burguesía contra el feudalismo.

La reforma legal y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado.
Todo ordenamiento jurídico no es más que un producto de la revolución. En la historia de las clases, la revolución es el acto político creador, mientras la legislación sólo expresa la pervivencia política de una sociedad. La reforma legal no posee impulso propio, independiente de la revolución, sino que en cada período histórico se mueve en la dirección marcada por el empujón de la última revolución y mientras ese impulso dure. O dicho más concretamente: sólo se mueve en el contexto del orden social establecido por la última revolución. Este es el punto crucial de la cuestión. Es absolutamente falso y completamente ahistórico considerar las reformas como una revolución ampliada y, a su vez, la revolución como una serie de reformas concentradas. La reforma y la revolución no se distinguen por su duración, sino por su esencia. Todo el secreto de los cambios históricos a través de la utilización del poder político reside precisamente en la transformación de cambios meramente cuantitativos en una cualidad nueva; dicho más concretamente, en la transición de un período histórico —un orden social— a otro.

Por lo tanto, quien se pronuncia por el camino reformista en lugar de y en contraposición a la conquista del poder político y a la revolución social no elige en realidad un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo objetivo, sino un objetivo diferente: en lugar de la implantación de una nueva sociedad, elige unas modificaciones insustanciales de la antigua. De este modo, siguiendo las concepciones políticas del revisionismo se llega a la misma conclusión que estudiando sus teorías económicas: no busca la realización del socialismo, sino la reforma del capitalismo, no busca la supresión del sistema de trabajo asalariado, sino la disminución de la explotación. En resumen, no busca la supresión del capitalismo, sino la atenuación de sus abusos.