La práctica y el practicismo

En su obra “¿Qué hacer?”, Lenin comenta:

«Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario. Jamás se insistirá bastante sobre esta idea en unos momentos en que a la prédica de moda del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad práctica. Y para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría es mayor aún, debido a tres circunstancias que se olvidan con frecuencia. En primer lugar, nuestro partido sólo empieza a organizarse, sólo comienza a formar su fisonomía y dista mucho de haber ajustado sus cuentas con las otras tendencias del pensamiento revolucionario que amenazan con desviar el movimiento del camino justo. Por el contrario, precisamente los últimos tiempos se han distinguido (como predijo hace ya mucho Axelrod a los “economistas”) por una reanimación de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas. En estas condiciones, un error “sin importancia” a primera vista puede tener las más tristes consecuencias, y sólo gente miope puede considerar inoportunas o superfluas las discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices. De la consolidación de tal o cual “matiz” puede depender el porvenir de la socialdemocracia rusa durante muchísimos años.»

(Las negritas son nuestras)

Merece la pena recordar estas palabras de Lenin en un tiempo en el que, al igual que entonces, “la prédica de moda del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad práctica”. Vivimos una época de ascenso de la lucha espontánea de las masas, lucha que el revisionismo establecido no hace más que seguir con esperanzas de llegar a ser meramente algún día su vanguardia orgánica, práctica.

Nuestra casi machacona insistencia por la teoría revolucionaria no es un capricho “teoricista”, es una necesidad marcada por los principios de la teoría marxista del conocimiento, que el revisionismo olvida.

El criterio es la práctica.

Dice Marx en sus Tesis sobre Feuerbach:

«El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.»

Y de esto algunos extraen: ¿Para qué estudiar la teoría si es “un problema práctico”? ¿para qué debatir cuestiones candentes de importancia cardinal para nuestra lucha si “no es un problema teórico”?… Así piensan gran parte de las luminarias revisionistas, así desprecian a Marx en nombre de Marx.

Esto sucede cuando el socialismo científico no se toma como la base para investigar un problema, sino como la forma para justificar (a base de citas tomadas aisladas de todo contexto y del conjunto del socialismo científico) una postura tomada como cierta a priori de toda investigación.

Marx no se confunde al decir que el criterio para determinar lo objetivo de determinado pensamiento es ponerlo en práctica, que la certeza de algo se demuestra en la realidad material y no en gruesos libros. Pero este no es el único aspecto de la teoría marxista del conocimiento, tomarlo como el único es caer en el empirismo y desarrollar con ello una praxis practicista.

En su litigio con los empiriocriticistas rusos, Lenin reflexionaba sobre el tema lo siguiente:

«El primer postulado de la teoría del conocimiento es, indudablemente, que las sensaciones son el único origen de nuestros conocimientos. Reconociendo este primer postulado, Mach embrolla el segundo postulado importante: el de la realidad objetiva, que es dada al hombre en sus sensaciones, o que es el origen de las sensaciones humanas. Partiendo de las sensaciones se puede ir por la línea del subjetivismo, que lleva al solipsismo (“los cuerpos son complejos o combinaciones de sensaciones”), y se puede ir por la línea del objetivismo, que lleva al materialismo (las sensaciones son imágenes de los cuerpos, del mundo exterior). Para el primer punto de vista – el del agnosticismo o, yendo un poco más lejos, el del idealismo subjetivo – no puede haber verdad objetiva. Para el segundo punto de vista, es decir, el del materialismo, es esencial el reconocimiento de la verdad objetiva. Esta vieja cuestión filosófica de las dos tendencias o más bien de las dos conclusiones posibles que se desprenden de los postulados del empirismo y del sensualismo, no está resuelta, ni desechada, ni superada por Mach, sino que está embrollada por sus escamoteos con la palabra “elemento”, etc La negación de la verdad objetiva por Bogdánov es el resultado inevitable de todo el machismo y no una desviación de él.»

V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo (Las negritas son nuestras)

Es decir, que aún partiendo de la práctica (las sensaciones) se puede terminar en una interpretación subjetiva de ella, en el idealismo. Esto es lo que hace en gran medida el practicista, que rechaza la teoría en nombre de la práctica, las contrapone con más que sonadas expresiones, a saber, “yo te digo lo que hay en la calle”.

Lo histórico y social del conocimiento

¿Pero qué es lo que nos permite desarrollar cada vez una praxis más elevada? ¿Es acaso el reduccionismo practicista? Los practicistas consideran que la teoría es algo innecesario o cuanto menos algo para dejar en segundo plano. Ellos tienen la idea de que la práctica les dará todas las claves para hacer la Revolución. Por ello ven un crimen teoricista simplemente imaginar una actividad revolucionaria que no sea principalmente en la calle.

Se olvidan de que la actividad humana avanza de generación en generación precisamente por la concatenación con la actividad anterior. Que si hoy existen ordenadores es porque ayer se hicieron calculadoras, que si Octubre triunfó es porque fracasó La Comuna de Paris. ¿Y como se produce tal concatenación? ¡Estudiando la actividad pasada, señores!

Los practicistas no tienen problema alguno en aceptar que “la práctica es la base de la teoría” (¡cosa que es cierta!), pero luego se olvidan de que la teoría “a su vez, sirve a la práctica” (Mao Tse-tung, Sobre la práctica). Se olvidan de que la práctica de una época determinada debe realizarse sobre toda la práctica anterior, y esa práctica anterior es lo que se refleja en la teoría.

¿Cómo se pueden superar los errores sin estudiarse? ¿Cómo podemos hacer hoy la Revolución sin estudiar el fracaso pasado? Simplemente no se puede, creerlo es ignorar lo histórico del conocimiento, no entenderlo de manera dialéctica (como el desarrollo de la contradicción teoría-práctica) sino de manera metafísica, de forma aislada la práctica de hoy de la de ayer.

Pero además (y para colmo), los practicistas ignoran que el conocimiento en tanto que histórico también es social. Se permiten el lujo de hacer oídos sordos a todos los que (a diferencia de ellos) no despreciamos la teoría de forma tan descarada, ni hacemos de ella letra muerta ni un credo. Quizá, si en lugar de despreciar la labor de otros que “no están en la calle” la tomaran un poco más en consideración no tendríamos que repetir errores (incluso los ya superados hace 100 y 200 años).

Sí, efectivamente el éxito de la práctica es el criterio para determinar lo cierto de un pensamiento. Pero, ¿podemos afirmar el éxito absoluto de la praxis revolucionaria pasada? No. Por ello no queda otra que estudiar el pasado de forma crítica antes de poner en marcha la nueva praxis, justa con las lecciones de la experiencia pasada y a la altura del desarrollo actual de la sociedad capitalista y las ciencias.

El que no quiera comprender esta necesidad, no hará más que caer en una praxis incapaz y en el idealismo de la utilidad de esa praxis.